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Tema 37 – El debate historiográfico sobre la revolución francesa.

1. INTRODUCCIÓN.

2. BALANCE SINTÉTICO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA.

3. HISTORIOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA A LA REV. FRANCESA.

3.1. LA FIGURA DE JOSEPH DE MAISTRE.

3.2. EDMUND BURKE.

3.3. OTROS: BARNAVE, HEGEL, GOETHE, FICHTE, KANT

4. HISTORIOGRAFÍA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA DURANTE LAS OLEADAS REVOLUCIONARIAS LIBERALES.

5. LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN LA HISTORIOGRAFÍA DE LA SEGUNDA MITAD DEL XIX.

5.1.LA FIGURA DE ALEXIS DE TOCQUEVILLE (1805-1859)

5.2. INTERPRETACIÓN SOCIO-ECONÓMICA (MARX)

5.3. OTROS: TAINE, AULARD

6. LA HISTORIOGRAFÍA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL SIGLO XX.

6.1. EL TRÁNSITO ENTRE EL XIX Y EL XX: JAURES, MATHIEZ, SAGNAC

6.2. LA NUEVA HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN FRANCESA.

7. CONCLUSIONES

7.1. DIFERENTES RESPUESTAS A UN MISMO PROBLEMA.

7.2. OTRAS CONTROVERSIAS. 7.3 LA HISTORIOGRAFÍA ACTUAL

8. BIBLIOGRAFÍA

1 INTRODUCCIÓN

La revolución que se desencadena en Francia en 1789 será considerada como el modelo de revolución política. Supone la conquista del poder por la burguesía y el desplazamiento de la aristocracia. Pero no se reduce a una mera transferencia de poder; cada grupo social presenta unos problemas peculiares, de ahí que se haya hablado de varias revoluciones. En sus orígenes aparecen concepciones políticas, problemas económicos, crisis institucionales. Pocos hechos históricos han tenido la resonancia producida por la Revolución Francesa, hasta el punto de que en una cincuentena de años del presente siglo se ha llegado a contabilizar alrededor de 40.000 publicaciones específicas sobre este tema. Materia que, por otra parte, cuenta con una cátedra en la Sorbona y varias revistas especializadas. Estos datos son por sí mismos altamente elocuentes, poniendo de manifiesto el interés despertado entre investigadores e historiadores, pero que a su vez dificulta el estudio del proceso revolucionario, dada la imposibilidad física de abarcar tanta información. Constituye, quizás, junto con la II Guerra Mundial, el tema más estudiado de la historia universal.

La Revolución Francesa es uno de los más apasionantes dramas de la Historia de la Humanidad, significando a su vez la culminación de una larga etapa desarrollada durante el transcurso de los siglos en la que la burguesía, debido a su expansión y progreso económico, va a alcanzar el poder político en dura pugna con la aristocracia. En ella se forjaron los fundamentos del mundo actual, y es por ello considerada como línea divisoria entre el Antiguo Régimen y la Época Contemporánea.

Comenzaremos con una breve síntesis de las consecuencias se la Revolución, que son las desencadenantes del interés que tendrá el tema en la historiografía. Posteriormente realizaremos un repaso de los principales enfoques, corrientes y teorías historiográficas con respecto al mismo. Realizaremos un estado de la cuestión actual y concluiremos con unas referencias bibliográficas donde se amplía el tema.

2 BALANCE SINTÉTICO DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

La Revolución Francesa ocurrida en la transición del siglo XVIII al XIX, supuso, una verdadera transformación en las mentalidades y en la vida en general. Aunque las fechas de este acontecimiento son generalmente aceptadas por casi todos los historiadores, es un hecho, que a la hora de su interpretación, la visión que se tiene de ella va variando a lo largo de la historia, y conforme el tiempo y la ideología cambia. Al igual que la determinación de sus causas; según la escuela y el periodo histórico en el que se viva, el historiador, acentuará una visión sobre la otra. La mayor parte de los historiadores consideran que se extiende durante 10 años, hasta el acceso al poder de Napoleón, momento a partir del cual se estabiliza todo el desarrollo revolucionario. Será esta la concepción que nosotros asumamos.

En su «haber» muchos son los logros a anotar: Supresión del sistema privilegiado señorial, hiriente supervivencia de restos feudales todavía a finales del setecientos; la solemne proclamación de los principios de libertad e igualdad, recogidos en los Derechos del hombre y del ciudadano, una y mil veces repetidos, y aún hoy día de actualidad; establecimiento definitivo del Estado constitucional y parlamentario, cimentado en la soberanía nacional y en el equilibrio de la división de poderes; nuevo concepto de nación unificador de voluntades. Consecuencias de estas conquistas, entre otras muchas, fueron la desaparición de la monarquía absoluta; el nacimiento de los partidos políticos, surgidos del principio de libertad y del espíritu de tolerancia ante la multiplicidad de pareceres; la desaparición de los estamentos y configuración de una nueva sociedad de clases; y por último, ciertos avances sociales, aunque tímidos y poco efectivos, como el hacerse cargo el Estado de la educación para que ésta se extendiese a todos los ciudadanos, pero que van a representar la función de semilla que no tardará en convertirse en abundantes frutos durante la siguiente centuria.

El nuevo modelo de Estado salido de la Revolución no podía ser otro que el burgués, en el cual se van a salvaguardar todas las prerrogativas de la nueva clase dominante, hasta el punto de hacer girar el nuevo ordenamiento político sobre el eje económico de la propiedad privada, arrebatándole de esta manera sus derechos civiles a la gran mayoría con el establecimiento del voto censitario, por lo que cayó en palmaria contradicción con el tan coreado principio de igualdad. La defensa de la libertad económica allanó el terreno al capitalismo, modo de producción que llevó a la burguesía a imponerse primero en Europa y, posteriormente, a la hegemonía mundial.

El concepto de revolución lleva consigo también el de ruptura, más o menos violenta, con un orden establecido para operar un cambio en las estructuras que conforman la sociedad. Hoy es comúnmente aceptado por los historiadores el papel de protagonista asumido por la burguesía francesa en la alteración desequilibrio político y social del Antiguo Régimen, si bien es reconocida asimismo la relevancia de un movimiento popular paralelo, tanto campesino como urbano, en el desarrollo de los acontecimientos cruciales de la Revolución, unido coyunturalmente con el de los máximos representantes del Tercer Estado por móviles afines de hacer tabla rasa con los vestigios feudales derivados de la situación de privilegio de que gozaba la nobleza y el clero.

3 HISTORIOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA A LA REV. FRANCESA

Bajo el punto de vista de la óptica liberal, muchos son los historiadores que han saltado a la palestra en apasionada defensa de los valores de la Revolución, resaltando sus acontecimientos más culminantes, entre los que destacan con especial énfasis la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, junto con la Constitución de 1791. Ya los mismos protagonistas de los sucesos (Mirabeau, Sieyés, etc.) realizaron una primera valoración de los frutos conseguidos en las diversas etapas revolucionarias. El entusiasmo despertado por las conquistas de la burguesía sobrepasó las fronteras galas y suscitó numerosas adhesiones en los círculos intelectuales, pero que no tardaría mucho en convertirse en rechazo al tenerse noticias del expansionismo bélico de los girondinos y la dictadura de los jacobinos.

En los primeros escritos llevados a cabo por los protagonistas de los hechos o por los autores contemporáneos a los mismos, así como los realizados durante toda la centuria decimonónica, se observa una toma de posición respecto a su valoración, que se traduce en interpretaciones cargadas de parcialidad en sentido conservador o liberal, generalmente bajo un concepto histórico marcadamente narrativo. Los primeros estudios de cierta importancia atienden preferentemente a su aspecto catastrófico: matanzas, guillotina…

La historia conservadora ofrece su versión que obedece a un cliché en el cual se cantan las excelencias del Antiguo Régimen gustosamente aceptado por todos los grupos sociales, a quienes les venía dada la categoría estamental por una especie de consentimiento general, basado casi exclusivamente en el hecho del nacimiento del individuo. La crisis revolucionaria se produjo, según esta visión, cuando el Tercer Estado decidió constituirse en Asamblea Nacional, bajo las manipulaciones de activistas abogados sin escrúpulos. Ven también en la Revolución un castigo de lo alto por haber atentado el pueblo contra las normas divinas, arrastrado por la perniciosa influencia de los filósofos ilustrados. Entre otros, siguen esta línea interpretativa el inglés Burke, los escritores emigrantes franceses conde de Ferrand y el abate Barrael, así como los teóricos de la Restauración de Maistre y de Bonald. En no pocos casos dichos autores acuden al supuesto de una conspiración tramada por logias masónicas, clubes políticos y sociedades de pensamiento; teoría que, ya en el siglo XX, ha sido reforzada con argumentos más científicos por Cochin.

La interpretación liberal insiste, por otra parte, en las causas ideológicas y reconoce la aportación intelectual de los ilustrados, quienes fueron los que con más ahínco denunciaron las injusticias del Antiguo Régimen, derivadas todas de la situación de desigualdad y privilegio reinante en la sociedad de la época.

3.1. LA FIGURA DE JOSEPH DE MAISTRE

Los hermanos De Maistre formaron parte de la emigración política. Perteneciente por cuna a la nobleza y a la magistratura, Joseph De Maistre formó parte del Senado de Saboya. Fue embajador de Cerdeña en San Petersburgo nombrado por Víctor Manuel I. En sus escritos se opuso rotundamente a la filosofía racionalista del siglo XVIII. Destaca por su apasionamiento hacia el realismo. Entra sus obras principales: Du pape de 1819 y De l’Église gallicane. Sobre todo hay que destacar sus Considerations sur la France publicadas en 1790. Fue un gran defensor del Rey, de la monarquía regeneradora por la teocracia, y por tanto, detractor de la Revolución francesa, durante la que él mismo vivió. Acusó al pueblo francés de haber acabado con su gran monarca. Para él, la Revolución es ilegítima, y por tanto lo será igualmente cualquier cosa que de ella nazca.

3.2. EDMUND BURKE

Escritor y estadista de origen ingles. Nació en 1729 y murió en 1797. Contribuyó activamente en el ámbito político. Destaca su colaboración en el Annual register. Adversario acérrimo de los principios de la Revolución Francesa, esto se verá reflejado en su pensamiento político; provocó la división de los conservadores de su país. Entre sus obras, cartas y ensayos, destacamos: Sociedad Natural, Ensayo sobre lo Bello y lo sublime y, sobre todo, Reflections on the Revolution in France, 1790. Nunca llegó a vivir los acontecimientos, pues vivía en Inglaterra, aunque su vida se desarrolla al ritmo de los cambios que darían paso a la Revolución. Como buen inglés, creía en el respeto a la monarquía y a la tradición, y por tanto rechazó los movimientos revolucionarios. Cree, que la desigualdad social es algo natural, resultado del modo de vida, y que en cierta manera, esto debe ser así. Murió antes de que la Revolución culminase. Sitúa en paralelo la revolución inglesa del XVII y las transformaciones francesas. Considera que los ingleses fueron más prudentes al mantener la herencia de la tradición nacional, transformándola, mientras que los franceses las ideas ilustradas radicales ejercieron siniestras influencias en el pueblo.

3.3. OTROS

Barnave (De la Revolution et de la Constitutiori) se preocupa de la historia social de la revolución fundamentalmente. Se centra en las trabas que los estamentos privilegiados ponen en el advenimiento del nuevo sistema. En Alemania los inicios de la revolución levantaron grandes esperanzas. Hegel llama a la revolución “aurora radiante” y Goethe la denomina “las primeras luces de un nuevo sol”. Pero la radicalización hace que pronto la historiografía alemana cambie de opinión, permaneciendo sólo fieles a los posicionamientos revolucionarios Fichte (Consideraciones destinadas a rectificar los juicios del público sobre la Revolución Francesa) y Kant, que impregna su pensamiento histórico a partir de su filosofía. Defensor de la Revolución como el momento en el que el hombre llega a su “mayoría de Edad”, consideró la República como el sistema más idóneo. Hay que detenerse en Hegel que fue también defensor de los acontecimientos revolucionarios en principio, como un paso positivo en el desarrollo del ser humano, pues es la llegada de la Razón al campo de la política. Además, moralmente, es la expresión de la voluntad general, y por tanto merece un enorme respeto, aunque sus consecuencias sean criticables.

4 HISTORIOGRAFÍA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA DURANTE LAS OLEADAS REVOLUCIONARIAS LIBERALES

En esta época (1a mitad del XIX) se desarrolla la historia mítica de la revolución. Thiers va ser el primero que rompa el fuego en favor de la versión progresista, ya en el año 1823, bajo la férula de la Restauración, con su Histoire de la Revolution frangaise, en cuyos diez volúmenes reúne gran cantidad de datos, ofrecidos al público con sugestivo estilo periodístico. Dentro de esta versión burguesa nos encontramos con un grupo de historiadores quienes, muy acordes con el movimiento romántico de su tiempo, resaltan tanto el protagonismo del pueblo como el de los héroes revolucionarios. Son sus principales intérpretes Michelet, Lamartine, el escocés Carlyle y el socialista Luis Blanc.

Thiers, como periodista intenta hacer frente a la oleada antirrevolucionaria y reúne una enorme cantidad de datos para elaborar una obra monumental sobre la Revolución, pero no supera el relato de los acontecimientos Observa tres aspectos básicos de la Revolución: las luchas políticas parisinas, las operaciones militares y los problemas financieros. La historiografía liberal presenta a la burguesía como la autora de la Revolución. Así Mignet (Histoire de la Revolution, 1824) construye el mito patriótico de la burguesía. Habla de fatalidad en el encadenamiento de las fases revolucionarias que concluirían en Waterloo. Ambos historiadores hacen hincapié en las causas políticas, considerando que la revolución era fruto de los errores del despotismo. Igualmente deberíamos destacar la aparición de las Memoires apócrifas de Robespierre en 1830 y la Conspiración de la Igualdad de Buanarotti un año antes. Las obras de Thiers y Mignet fueron muy populares en la Francia de Luis Felipe.

A finales de los años 40 del siglo XIX los historiadores románticos, Lamartine, Michelet, Carlyle, centran su atención en el pueblo, siguiendo la sensibilidad del romanticismo, de considerar al pueblo protagonista de la historia. Michelet (Histoire de la Révolution franjarse, 1847) asocia estrechamente nación y libertad, nación y revolución. Se alza contra el fatalismo que aparece en los autores anteriores y considera la verdadera revolución la de la libertad, por tanto, la de 1789. Para él el protagonista es una nación casi personificada. Pese a la extensa documentación utilizada su visión es muy subjetiva. El origen de la revolución lo sitúa Michelet en la miseria del pueblo.

Por otro lado Louis Blanc publica en 1847 Histoire de la Révolution incidiendo sobre todo en 1793, cuando se realiza un gran esfuerzo para llevar a la práctica la verdadera libertad, completando la revolución individualista con la social. De todos modos su historia es esencialmente política.

5 LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN LA HISTORIOGRAFÍA DE LA SEGUNDA MITAD DEL XIX

La aparición del positivismo y el deslizamiento de la revolución del 48 hacia el Segundo Imperio supuso una revisión desmitificadora de la revolución. La historiografía de la contrarrevolución se desarrolla con Granier de Cassagnac (que defiende el bonapartismo), Renán, e incluso bajo el planteamiento republicano de Edgar Quinet, para quien los acontecimientos de 1793 constituyeron un acto de contrarrevolución dentro de. la Revolución pues la doctrina de la salvación pública no era para él más que una forma de la razón del Estado monárquico y de la Inquisición católica en el sentido de que el Terror convertía a los hombres en seres del Antiguo Régimen. El fracaso de la Revolución del 48 causó problemas a los partidarios del radicalismo revolucionario. Los republicamos moderados, partiendo del positivismo, rehabilitan al descentralizador Danton frente a la ambición monárquica de Robespierre.

5.1. LA FIGURA DE ALEXIS DE TOCQUEVILLE (1805-1859)

Publicista y político francés. Juez del tribunal de Versalles, fue encargado junto a Beaumont, de estudiar el régimen político de los Estados Unidos, publicando esta obra en 1832, a su regreso. También trabajó investigando en Inglaterra y aprendió su sistema. Se interesó por la investigación de la Enseñanza, etc. Fue nombrado ministro de Relaciones Extranjeras. Finalmente fue encarcelado y desterrado a Italia.

Tocqueville ofrece su visión, con una metodología moderna, impropia de mediados del siglo XIX, rebasando la mera descripción de los hechos para dar una explicación de los mismos. La obra que le dio mayor fama y prestigio fue La Democracia en América, que en dos partes, le valió el acceso a la academia de las Ciencias Morales y políticas. En su destierro escribió El Antiguo Régimen y la Revolución, (1856). Introduce los datos de los archivos, los registros de las comunas, los «cahiers», y se plantea hipótesis previas que los documentos han de confirmar. En esta obra queda reflejado su pensamiento sobre esta cuestión histórica. Para él, la causa principal de la Revolución fue el progresivo enriquecimiento burgués; La burguesía, apoyada por el propio campesinado que evitaba quedar aislado de los acontecimientos, fue el factor básico. La situación de crisis e inestabilidad que se vivió en Francia los años previos a la revolución, provocó a la burguesía y la incentivó a dar un paso en su propia defensa; esto, junto con el pensamiento que la propia ilustración había tolerado, desembocó en el estallido revolucionario. Así pues, fue el mismo proceso de desarrollo ilustrado, el que al entrar en crisis dio lugar a la Revolución.

5.2. INTERPRETACIÓN SOCIO-ECONÓMICA

Aunque Marx (1818-1883) no escribió una historia específica sobre la Revolución Francesa, son numerosas las alusiones que hace a ella a lo largo de sus escritos. Le corresponde, pues, el primer puesto en la explicación social de los hechos, si exceptuamos la visión romántica-socialista ya citada de Louis Blanc. La línea por él trazada será seguida y completada por la escuela marxista-leninista para la cual los verdaderos móviles revolucionarios fueron los intereses de clase, no las ideas en cuyo nombre se luchó. Para el materialismo histórico el motor de la evolución humana radica en el contraste entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, por ello el viejo y reaccionario sistema feudal frenaba la expansión de las nuevas técnicas y métodos productivos empleados por la burguesía, derivando así el enfrentamiento en lucha de clases. La masas populares se sumaron momentáneamente al movimiento desencadenado por la burguesía con la finalidad de derribar, conjuntamente, las estructuras feudales. La nueva clase dominante supo aprovechar la situación para allanar el camino al modo de producción capitalista. Por todo ello, la Revolución Francesa es para el marxismo el paradigma de revolución burguesa consumada.

Marx criticará los primeros pasos de la revolución, pues consagraban no los derechos del hombre sino los del hombre burgués. Con ello culminaba una lucha de poder que para él había tenido ya su origen en el siglo XVI. Marx no puede explicar como en la Francia del momento se pudo dar un acontecimiento de semejante importancia. A pesar de su rechazo al poder en las manos de la burguesía, lo importante para él fue el gran paso y el cambio que se produjo, aunque trajo consigo de nuevo tremendas desigualdades sociales, en las que dinero y poder se concentraban en las manos burguesas, que una vez con ello, se volverían inoperantes y tradicionistas.

El método marxista utilizado en la interpretación de la historia ha encontrado numerosos adeptos, aunque, no siempre y en todo, muchos de ellos se encuentren identificados con la ideología de la corriente ortodoxa, como le ocurre a la escuela francesa socialista, cuya máxima aportación al campo histórico consiste en el análisis científico de los diversos factores que determinaron la Revolución.

5.3. OTROS

Muchos fueron los escritores e historiadores preocupados en su obra o pensamiento por los acontecimientos que tuvieron lugar en Francia. Ingleses y Franceses, junto a algunos alemanes, son los que principalmente usaron este motivo para el desarrollo de su pensamiento filosófico y político.

En 1876 dio comienzo a la aparición de la voluminosa obra Les origines de la France contemporaine, escrita por Taine, ferviente admirador de la monarquía parlamentaria inglesa, el cual emite su juicio condenatorio a todo el proceso revolucionario, si bien es justo reconocerle sus nuevas aportaciones al conocimiento de la complejidad del mismo. Su minuciosidad en la investigación de los detalles es similar a la del novelista Zola; la revolución se presenta como obra de una minoría; la hostilidad de Taine se desata especialmente contra los jacobinos, los exaltados. Para Taine, el jacobinismo fue el motivo principal del caos. Los jacobinos fueron una minoría perversa. La revolución tiene su origen en la burguesía.

El triunfo de la III República y el cercano centenario hicieron que se crease en la Sorbona la cátedra de Historia de la Revolución en 1885. Alphonse Aulard la ocupó. Considera la Revolución como la culminación del Siglo de las Luces. Su interpretación se sitúa a caballo de la versión polémica-narrativa y del enfoque científico. Gran admirador de Danton, su figura se halla asociada a la publicación de numerosos documentos y a la renovación metodológica, además de su Histoire politique de la Révolution Franqaise, verdadero mosaico de hechos, situada muy lejos de la síntesis esclarecedora.

6 LA HISTORIOGRAFÍA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA EN EL SIGLO XX

6.1. EL TRÁNSITO ENTRE EL XIX Y EL XX

La historiografía del siglo XX se caracteriza por una mayor diversidad de enfoques y escuelas. Fue Jaurés (1859-1914) quien recogió la antorcha, encendida por Louis Blanc, de escribir una historia social; así, el año 1901, en su Histoire socialiste de la Révolution frangaise, trazó con detalle el marco de la situación de Francia en vísperas de la Revolución, concluyendo sorprendentemente que no fue la miseria la que originó el estallido de la revuelta, sino la clase media, consciente de su potencia económica, y ávida de alcanzar también el poder político. La revolución no es un fenómeno homogéneo desde el punto de vista social. Dirigente socialista e historiador francés, de brillante carrera, en términos políticos, podemos decir que en su pensamiento y vida fue lentamente evolucionando, del republicanismo moderado hacia el socialismo. Fuerte defensor de la problemática de la minería y de las huelgas que estos llevaban a cabo en este momento, hacia 1893 fue elegido diputado. Por su elocuencia y claridad en sus discursos, se erigió líder del partido socialista.

Fue un discípulo de Aulard, A. Mathiez, quien devolvió a Robespierre el protagonismo de la Revolución. En 1908, junto a un grupo de investigadores galos, fundó Société des Etudes Robespierristes y, contando con su propia revista, Ármales révolutionaires materializó una versión social de los violentos cambios ocurridos en Francia a finales del siglo XVIII.. Unos años después, Methiez relacionó la Revolución Francesa con la Revolución Rusa y, en su ferviente admiración por Robespierre, llegó a compararlo con Lenin, opinión rechazada posteriormente por sus compañeros de escuela. Su mérito principal consistió en haber introducido el estudio de las fuerzas económicas en el juego de los acontecimientos. Mathiez introduce el estudio de las fuerzas económicas; «la vida cara es el terror», escribe. A Mathiez replican, desde posiciones conservadoras, Gaxotte y Bainville.

A la misma generación que Mathiez perteneció Ph. Sagnac, que consagró su tesis a la Legislarían civile de la Revolution Franqaise (1898). Demostró de esta manera que la historia de la sociedad se podía sacar del examen profundo de las instituciones. Posteriormente escribió una colaboración en la Histoire de France Contemporaine, bajo la dirección de E. Lavisse y se dedicó a estudiar los efectos exteriores de la revolución.

Desde el momento en que el pueblo ha sido considerado protagonista de la historia, desbancando a los héroes de otros tiempos, se ha despertado un especial interés por el conocimiento de la sociedad en general, objetivo inalcanzable sin el estudio paralelo de la historia económica. Por este motivo la escuela socialista ha estimulado la investigación de las estructuras y coyunturas económicas. En cuanto a las fluctuaciones cíclicas referentes al siglo XVIII francés, han sido tratadas con gran acierto por Labrousse, discípulo de Jaurés. El extenso aparato estadístico por él utilizado ha servido para reconstruir los movimientos de precios y salarios, precisando la influencia de éstos en el proceso revolucionario.

6.2. LA NUEVA HISTORIOGRAFÍA SOBRE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

La misma trayectoria anunciada por Mathiez la seguirán Georges Lefebvre y Albert Soboul, el primero de los cuales ha puesto de relieve la importancia del campesinado en el desarrollo de la Revolución, mientras que el segundo destaca por el estudio social completo de los diversos elementos que influyeron en la misma. Todo los autores de la versión socialista consideran la Revolución Francesa como resultado a la lucha de clases, y más concretamente, del enfrentamiento entre la nobleza feudal y la burguesía, pero entendiendo ésta a la formada por los pequeños productores, y no por la de los grandes comerciantes y rentistas. Los nuevos métodos de investigación historiográfica, que pretenden llegar a conclusiones de validez científica, son introducidos en el tema con Escuela de los Ármales. Lefebvre demuestra que no es solamente una revolución de la burguesía; el movimiento campesino contribuye de manera decisiva a desmontar las estructuras feudales de Francia. Georges Lefebvre sucedió a Mathiez en los Annales historiques de la Revolution Franqaise. Publicó las obras de Robespierre entre 1950 y 1959. Otras obras suyas son Questions agraires au temps de la Terreur (1932), La Grande Peur de 1789 y La Revolution Francaise (1951).

Uno de los máximos historiadores del siglo XX, Labrousse, con una precisión estadística admirable, comprueba que el estallido de la revolución coincide con la cota máxima de los precios; se vuelve a insistir en la importancia del factor económico (La crise de l’économie francaise á la fin de I’Anden Régime et au debut de la Revolution, 1944). En las últimas síntesis, Soboul, Godechot, tratan de integrarse todos los aspectos: políticos, económicos, sociales, mientras fuera de Francia, otros historiadores, Cobban, Hampson, se consagran, con mayor o menor fortuna, al análisis de los factores estrictamente sociales.

Detengámonos en la figura y obra de Albert Soboul (Les sansculottes parisiens en l’An II, 1968), que considera que la Revolución es típicamente burguesa ya que acabó con el feudalismo, permitió el acceso de esta clase social al poder y estableció un poder nacional centralizado. Soboul se interna en la búsqueda de las causas de la Revolución (en Introducción a La Revolución Francesa (PUF, 1981)

A partir del segundo tercio del siglo XX, y particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, se han realizado grandes esfuerzos por ofrecer una interpretación independiente de postulados ideológicos, siguiendo una metodología de tipo estructural. Aunque ha habido intentos de retornar a la tesis conservadora, tal es el caso de Gaxotte, va cobrando fuerza una tendencia con aires de renovación: Brinton, Perrero, Vovell, Gottschalk, Taylor, Rude, Peronnet. Insisten en la reinterpretación de determinados fenómenos. En general, parten de la inmensa complejidad del problema revolucionario, para cuya comprensión consideran necesario el empleo de una terminología lo más exacta posible, así como el análisis y estudio de las diversas capas y elementos que forman el entretejido histórico, distinguiendo y precisando el valor de los distintos factores y su influencia en la marcha de los acontecimientos. Dentro de esta corriente, que podríamos denominar revisionista, Palmer y Godechot han acuñado la denominación Revolución Atlántica o Revolución Occidental. Afirman ellos que se da un proceso revolucionario desarrollado en un espacio geográfico mucho más amplio que el territorio francés, pues afectó también a las colonias inglesas de Norteamérica, Inglaterra. Francia, Italia, Alemania Occidental, Países Bajos y Suiza. La coordenada temporal en que tuvieron lugar las convulsiones políticas y sociales, aunque con ciertas diferencias, la sitúan dichos autores en los últimos treinta años del siglo XVIII. Según esta hipótesis, formulada a través del método comparativo, los movimientos revolucionarios, ubicados en los lugares citados, reúnen ciertos elementos comunes: Un fuerte crecimiento de la población, consecuente a los inicios de la revolución demográfica, el cual ha repercutido en las estructuras sociales y económicas; el extraordinario enriquecimiento de la burguesía, deseosa también de alcanzar el poder político; y por último, unos presupuestos ideológicos, encarnados en la Enciclopedia, que han proporcionado la justificación teórica para atacar frontalmente al Antiguo Régimen. Entre las obras de R. R. Palmer podemos destacar The Age of Democratic Revolution (1956). Por su parte, de J. Godechot hay que citar Le Grande nation, I’expansión révolutionaire de la France dans le Monde (1956). Gottschalk (The Era of the French Revolution (1715-1815) en 1929, ya lo había apuntado.

Dentro del revisionismo sajón, Alfred Cobban (El mito de la Revolución francesa), en un intento desmitificador, cuestiona ciertas afirmaciones rotundas sobre el denominado «orden feudal» y la «burguesía capitalista», que según él no responde totalmente a la realidad. Concluye que la revolución no fue ni burguesa ni capitalista, se hecho se habría limitado a darle la administración y el gobierno aquellos funcionarios a los que el Estado monárquico debía su funcionamiento. Este planteamiento dio lugar a una segunda línea revisionista representada por Elisabeth L. Eisenstein, que arremete contra Lefebvre, y George V. Taylor, que concluye que la revolución francesa no pudo ser una lucha de clases enfrentadas por formas diferentes de riqueza e intereses económicos distintos, si no una revuelta esencialmente política.

La reacción crítica contra este supuesto no se hizo esperar por parte de los historiadores de la escuela socialista francesa, pues han visto en peligro el concepto de Revolución Francesa como un acontecimiento singular y único, con su propia personalidad de caso aislado. Por otra parte, se ha esgrimido el argumento de la búsqueda de justificación ideológica, asociada a determinada coalición militar de la actualidad posbélica.

Furet y Richet (La Révolution, 1965), vinculados a la escuela de los Anuales, han revisado éstos y otros problemas con el objetivo de una nueva reinterpretación, sosteniendo, por ejemplo, la hipótesis de las tres revoluciones superpuestas (Asamblea Constituyente, la parisiense, y la campesina), presupuesto que equivale al rechazo de la tesis del bloque compacto formado por todos los componentes de la Revolución Francesa, comúnmente aceptada. Edgar Faure (La disgráce de Turgot, 1961), afirmaba que la revolución había sido un producto de la Ilustración aristocrática y burguesa, seguida, sin vinculación necesaria, de una revuelta popular, violenta y retrógrada.

Dada la complejidad del fenómeno revolucionario, en cuyo estudio se están roturando constantemente nuevos terrenos, especialmente en la investigación demográfica y de las mentalidades colectivas, y teniendo en cuenta la superabundancia de publicaciones de fuentes e historiográficas, se está imponiendo entre los estudiosos, cada vez con más fuerza, una interpretación basada principalmente en la utilización de la amplia bibliografía existente. Es un tema que parece inagotable. En los estudios que se le han dedicado se refleja claramente la evolución de las concepciones y los métodos de los historiadores en los últimos ciento cincuenta años.

7 CONCLUSIONES

7.1. DIFERENTES RESPUESTAS A UN MISMO PROBLEMA

“Casi todo está por hacer o por rehacer” decía P. Carón en la conclusión de su Manuel practique pour I ‘histoire de la Révolution francaise (2a edición, 1947). Más de medio siglo después puede concluirse lo mismo. Pese al eclecticismo dominante, y simplificando quizás en exceso, las grandes corrientes contemporáneas pueden resumirse a tres o cuatro actitudes fundamentales.

La posición contrarrevolucionaria, condena global del fenómeno revolucionario, prejuicio favorable al antiguo régimen, representada por P. Gaxotte.

La actitud marxista-leninista, muy expansiva en las décadas centrales del siglo, con Lefebvre y Soboul en Francia, Cobb y Rudé en Inglaterra, Saitta en Italia, Takahashi en Japón.

La interpretación marxista libertaria inspirada tanto en Bakunin como en Marx, más en Trotsky y Rosa Luxemburgo que en Lenin y representado por el libro de D. Guérin La lutte des classes sous la I République, (1946).

El revisionismo liberal o neoliberal que pretenden una alternativa, por diversos caminos, a las interpretaciones marxistas. Algunos han intentado desmitificarla como H. Arendt (Essai sur la Révolution, 1967); otros diluyéndola en un conjunto de movimientos más liberales que igualitarios, como Palmer desde USA a Godechot en Francia; otros a través de un proceso analítico y crítico que ataca directamente los conceptos básicos de la historiografía marxista, como Cobban (The social interpretation ofFrench Révolution, 1964)

A pesar de que todos los autores que hemos tratado tengan como punto de referencia el mismo hecho, los resultados como vemos son bien distinto. Cada uno aporta y realza aquello que más se adecúa a su manera de pensar y al momento en el que vive. Unos buscan causas económicas como origen, otros acentúan la importancia de la división social, otros, las razones morales e intelectuales que lo provocaron…, dando lugar en ocasiones a interpretaciones distintas. A su vez, la lectura de los resultados, será más o menos positiva, según la base de su pensamiento, si es más liberal o más tradicionalista, etc.

7.2. OTRAS CONTROVERSIAS

¿Revolución francesa o revolución occidental? La polémica está servida a partir de las tesis de Gottschalk y de Palmer y Godechot que presentaron una interesante aportación en este sentido al X Congreso Internacional de las Ciencias Históricas en Roma (1955).

Otra cuestión sobre la que se polemiza bastante es acerca de la naturaleza del propio fenómeno revolucionario. ¿Fue un fenómeno aberrante o ejemplar? Cada corriente historiográfíca dará una respuesta. Otras preguntas que tienen diversas respuestas según las corrientes y los análisis históricos son: ¿fue la revolución realmente un producto de la coyuntura?, ¿es el feudalismo francés del XVIII un mero mito, o constituyó una realidad? ¿Fueron la burguesía y la aristocracia clases antagónicas o “élites” concurrentes? ¿Fue realmente la burguesía el elemento motor de una revolución que aspiraba a instaurar en provecho el sistema capitalista moderno o por contra fue una revolución de “élites”? Estos son debates que se basan aparentemente en equívocos de vocabulario.

En líneas muy generales deberíamos citar la polémica en torno a los orígenes. M Goehring (Geschichte der grossen Revolution, 1951) considera que la revolución es una anomalía que sólo se produce en Francia como consecuencia de que no conoció el despotismo ilustrado y la aristocracia había mantenido el dominio sobre el aparato del Estado. Richet plantea el mismo problema en el prólogo a la obra de Leo Gershoy L ‘Europe des princes éclairés (1966). Sobre La misma cuestión de los orígenes también trabajó J.P. Bertaud (Les origines de la Revolution franqaise, 1971). Algunos historiadores han insertado la revolución dentro de un conjunto de desórdenes que se iniciaron con la independencia norteamericana y que responden a una serie de factores muy variados. Apuntar a la policausalidad no es rehuir el debate sobre los orígenes. G. Rudé, en Gran Bretaña, De Peyster en los Países Bajos, Chapuisat en Suiza, son algunos de los historiadores que han estudiado la extensión del fenómeno revolucionario a otras áreas.

En cuanto a la propagación de las ideas revolucionarias y al protagonismo de cada uno de los grupos socioeconómico e ideológicos que aludir a los estudios de Serge Hutin y Jean Palou sobre el papel de la francmasonería, a los de E. Dard y Duc de Castries sobre las responsabilidades del poder monárquico.

El dinamismo revolucionario y las masas también ha sido motivo de controversia. Las etapas y las fases: una o varias revoluciones (¿Desviación, profundización o desdoblamiento de la revolución burguesa?), el papel del campesinado, los sans-culottes parisienses (¿vanguardia o retaguardia de la revolución?) -campo en el que destacan los trabajos de Rudé, Cobb, Soboul y del noruego K.D. Tónnesson. ¿Cómo participó la masa de la nación en la revolución desde la oscuridad de las provincias y al ritmo de éstas? Algunos estudios de R. Gérard, B. Plongeron y E. Leroy-Ladurie se orientan en esa línea. La misma figura de los revolucionarios ha sido motivo de debate. En este campo, Robespierre ha alumbrado los mayores filias y las mayores fobias. La confusión es tal que Marc Bloch escribió una vez “Robespierristas, antirroberpierristas, os lo suplicamos; por favor, decidnos simplemente: ¿quién fue Robespierre?”

7.3 LA HISTORIOGRAFÍA ACTUAL

Recientemente, en el bicentenario de la revolución se ha puesto de manifiesto la pervivencia de tres escuelas:

La historiografía conservadora, con poco peso académico (Universidada París VIII), contraria a la revolución y que insiste en los sufrimientos de la familia real, los campesinos de la Vendee, el Terror, etc. (Fierre Chaunu).

La historiografía revisionista (Furet) centrada en la Asamblea Nacional Constituyente, evita los temas conflictivos.

La escuela jacobina-marxista (Vavelle), con gran peso académico en los ochenta y que ha entrado en crisis en los noventa.

En las dos últimas décadas del XX se ha suavizado la polémica e incluso se ha dado una cierta convergencia entre las distintas corrientes historiográficas. El estudio se ha vuelto más complejo al intentar reflejar el carácter diverso, difuso y anárquico del proceso revolucionario. Las temáticas más investigadas en estos estudios recientes son: el estudio político, no ya sólo de los acontecimientos sino también de la cultura política; el estudio de las mentalidades (religión, comportamientos sociales, violencia, visión contemporánea del proceso…); la diversidad regional de la revolución, rompiendo la visión unitaria centrada en París.

Toda esta labor historiográfica actual ha hecho avanzar el conocimiento sobre el ciclo revolucionario francés en diferentes aspectos, como el mejor conocimiento del medio urbano y rural. Las principales conclusiones comunes de la historiografía actual son:

Que en la comprensión del fenómeno histórico tan importante hay que tener en cuenta el proceso del mismo tanto como sus resultados.

Que la revolución acabó con arcaísmos que el siglo XVIII mantuvo y puso las bases de la moderna organización social y económica.

Que el proceso es fundamentalmente político, pero afectó directamente a lo económico y social, produciendo en ambos transformaciones revulsivas.

Que surgió un Estado que fue alga más que un mero instrumento al servicio del desarrollo del capitalismo y de la burguesía. Hay que tener en cuenta la amplia participación popular en la construcción del nuevo estado, que impuso una determinada modalidad de luchas políticas y sociales que tuvieron lugar durante todo el proceso revolucionario.

8 BIBLIOGRAFÍA

Para terminar nos centraremos básicamente en la bibliografía más actual que tenemos en el ámbito español, que es el que podemos manejar más fácilmente. Existe la obra de Ramón Maíz Suárez, Nation and Representation, en el que recoge la teoría de E. J. Sieyes, y critica su teoría sobre el Estado y la Revolución Francesa. Emmanuel Joseph Sieyes escribió ¿qué es el Tercer Estado?, obra recogida y criticada a lo largo de los dos últimos siglos. También la aborda dos historiadoras españolas, como Marta Lorente Sariñena y Lidia Vázquez. En España, en la actualidad existe una interesante investigación sobre este tema. Así lo demuestran los conocidos Congresos Internacionales sobre Literatura, Lengua y Pensamiento en le Revolución francesa, de los que se publican las actas.

Villaverde y Barny también tratan sobre el tema en Alcance y Legado de la Revolución Francesa; un compendio sobre este momento histórico, reflexión realizada desde diversos puntos de vista, también se refleja en la obra de Morales y Castro Ayer y Hoy de la Revolución Francesa.

Con un carácter más internacional, la obra de A. Soboul, Compendio de la Historia de la Revolución Francesa, que nos puede servir como punto y final del tema.

Un repaso más general sobre la evolución histórica del tema en la historiografía y un resumen de las controversias contemporáneas en Alice Gérard Mitos de la Revolución Francesa de ediciones Península, o en la N. Hampton Historia Social de la Revolución Francesa, en Alianza, 1984.

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La revolución francesa (1789-1799), en catalán: http://www.buxaweb.com/historia/temes/contemp/revoluciofrancesa.htm

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