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Tema 6 – El proceso de comunicación.

La situación comunicativa.

1.- El proceso de comunicación.

1.1.- Consideraciones generales.

La neurolingüística se ocupa de las bases neurológicas del comportamiento lingüístico, fundamentalmente a partir de las patologías afásicas cerebrales. Sus resultados se pueden complementar con los de la sicología cognitiva como la de Piaget, que se ocupa de las maduraciones cerebrales. De hecho la sicología del enunciado es una subdisciplina de ella, y estudia, desde un punto de vista sicológico, la codificación y decodificación de enunciados en la comunicación. Hay dos grandes teorías acerca del procesamiento del lenguaje: la realista y la hipotético –  deductiva.

El modelo realista de Luria propone un proceso de codificación basado en cuatro pasos: en el hemisferio izquierdo se produce una motivación que ha de ser codificada. Esta motivación equivale a una proposición con sujeto y predicado lógicos, que se toman con matriz semántica. En un segundo momento, el predicado lógico se traduce en una palabra, que trata de desglosarse para construir un sujeto y un predicado gramaticales. Luego la zona anterior del hemisferio izquierdo añade las valencias sintácticas y semánticas para su correcta sintaxis. Por último el cerebro comprueba si el resultado se corresponde  con la motivación primera y, si es así, se procede a la emisión del enunciado. Lógicamente, el proceso de decodificación seguirá el camino inverso al descrito.

El modelo hipotético – deductivo de Chomsky expone que al lenguaje le corresponde una unidad mínima, la palabra, la combinatoria de éstas se da en la frase, que tiene una forma gramatical que comprende sujeto y predicado gramaticales; cuando varias frases se combinan se da el texto en la estructura superficial. El pensamiento tiene como unidad mínima al concepto, que tiene una forma lógica con sujeto lógico, o expresión retenida[1], y predicado lógico, o expresión añadida[2]. Cuando los conceptos se relacionan forman proposiciones: la combinatoria de proposiciones es el pensamiento propiamente dicho en la estructura profunda. Para él forma lógica y forma gramatical no siempre coinciden por lo que la decodificación supone que el hablante – oyente ideal descubre la forma lógica que subyace a la gramatical.

No obstante, al margen de estas dos posturas, cabe apuntar que forma gramatical y forma lógica no siempre coinciden. La filosofía del lenguaje define la proposición como un acto de cognición dirigido a un objeto determinado del pensamiento. Este modo de conocer se organiza en un sujeto lógico que expresa el concepto acerca del objeto de pensamiento y un predicado lógico que manifiesta el concepto de las propiedades que se le asignan al sujeto lógico.

1.2.- La teoría de la información.

Partimos de la idea de que la comunicación es la transferencia de información a través de mensajes, entendidos éstos como sustancias que han recibido una forma material perceptible por los sentidos y que se transforman en señales. Estos mensajes pasan de un emisor a un receptor, que es quien en última instancia añade el sentido del mensaje. Si tal actividad es circular se da el feedback, o bucle de retroalimentación, por el que la información precedente mejora y regula las posteriores en el diálogo.

Estas son las bases de las que partió Wiener en su obra Cibernetics, y que tomaron en cuenta los creadores de la teoría de la información, Shannon y Weaver, en The Mathematical Theory of Communication, para la compañía telefónica estadounidense Bell Telephone. Estos autores son los verdaderos pioneros en el estudio de la comunicación contemporánea. Estos autores tratan de mejorar la velocidad de transmisión de mensajes reduciendo las pérdidas de información. Para ello no tratan la información como significado, sino como magnitudes estadísticas, abstractas y cuantificables.

La unidad para medir la información es el bit binary unit o digit -. El bit es la cantidad de información que se asocia a un mensaje o a un suceso con una posibilidad de aparición de uno sobre dos, es decir, un bit se transmite cada vez que sólo son posibles dos mensajes igualmente probables, a lo que sucede una elección elemental binaria. Así, la teoría de la información toma del estructuralismo la idea de sistema y la del binarismo de Jakobson: todo código es un número limitado de  oposiciones entre dos elementos fundada en la presencia o ausencia de un rasgo; igualmente toman de la lógica algebraica de Bool el juicio disyuntivo por el que s es o p o q. De este modo cualquier información se puede codificar como una sucesión de unos y ceros. La información depende de la que tenga previamente el receptor, en cuanto supone la reducción de incertidumbre sobre las respuestas posibles: si la respuesta se conoce de antemano, la información se reduce a cero.

Para ellos, el mensaje parte de una fuente, que es la que motiva el mensaje. Envía el mensaje intencionadamente a un receptor a través de un transmisor, que transforma el mensaje en señal. El destinatario recoge el mensaje a través del receptor y entiende el mensaje. En la comunicación verbal y oral humana, el transmisor es el aparto fonador y el receptor, el oído. Para que la comunicación funcione, transmisor y receptor han de compartir el canal – las ondas sonoras en el lenguaje -, los mismos sistemas de codificación y decodificación del mensaje y el código. El código debe responder a los principios de operatividad y economía: un código es superior a otro si es adecuado al contexto y  si, en las mismas condiciones, permite transmitir un mayor número de información por unidad de tiempo con el menor número posible de elementos y sin aumentar el riesgo de pérdida de ésta.

No obstante varios factores pueden intervenir en el proceso comunicativo: cualquier elemento que obstaculice la comunicación es ruido. Un tipo especial de ruido es el canal sobrecargado, por portar demasiadas señales al mismo tiempo. Por el contrario, la redundancia es una forma de evitar la sobrecarga del canal o cualquier otro tipo de ruido, aumentando, por ejemplo, el número de canales o la fuerza de una señal. Hay códigos no redundantes o de baja redundancia , como el numérico – por ejemplo, si en un número de tres cifras perdemos una de ellas, la posibilidad de aparición será muy amplia, es decir, de 0 a 9 -; mientras que existen otros que ofrecen una alta redundancia, como la lengua, porque sus elementos tienen una posibilidad de aparición restrictiva – así, no es difícil adivinar la palabra Andalucía en la secuencia AndalucØa-. En este sentido, cuanto más probable sea la aparición de una unidad, menor es su contenido informativo: en la lengua, las consonantes son más informativas que las vocales porque éstas tiene una probabilidad de aparición mayor que aquéllas, de ahí que el árabe, por ejemplo, precinda de ellas en la escritura.

Estos autores, además, añaden dos factores que también pueden interferir: la comunicación fática y la entropía. La primera es la que se preocupa de mantener abierto el canal y garantizar su funcionamiento; la entropía, por su parte, supone una información impredecible e inesperada en un contexto. La extrañeza que produce la entropía en el destinatario puede dificultar la comunicación, pero también es cierto que puede aumentar la posibilidad de que éste repare en el mensaje y lo retenga en la memoria.

Ellis y McClintock les criticaron, por un lado, por el hecho de que la comunicación no intencionada existe – el hombre no puede dejar de comunicar ni de interpretar su entorno – y, por otro, por no haber aludido suficientemente al feedback, por el que el destinatario recoge señales que le informan de que su mensaje está siendo recibido y que le hacen reajustar su emisión según lo que acaba de recibir.

Gerbner les añade que el emisor percibe de una forma determinada y única un acontecimiento dado – la fuente, antes mencionada – y de él selecciona subjetivamente lo que quiere transmitir. Esta selección influye en la elección del canal y éste, a su vez, la cantidad de mensaje que puede ser emitido. Por su parte el receptor otorga el sentido, o plus de significado añadido, al mensaje que recibe.

2.- La situación comunicativa.

2.1.- La pragmática.

El estudio del contexto de la comunicación ha sido estudiado en la contemporaneidad por la pragmática, que aborda las emisiones en el contexto de sus emisión. Para Habermas, el discurso se desarrolla siempre en una situación determinada y está sometido a condiciones pragmáticas. Esta condiciones desvelan un entendimiento metacomunicativo: emisor y receptor comparten una serie de intersubjetividades que provienen no sólo de la cosmovisión de su lengua, sino del uso que de ella hace su comunidad lingüística. Como afirmaba Quine, lo objetivo es lo común a subjetividades distintas y ello se refleja en el uso de la lengua. Por eso para Austin el fin de la pragmática es el estudio de los actos de habla en contextos empíricos y clasificar tales enunciados por su validez respecto a las convenciones sociales.

El segundo Wittgenstein argumentó que no hay un lenguaje con una sola intención, sino múltiples fenómenos lingüísticos con sus propias funciones: el lenguaje sirve como instrumento ante todo, de modo que no hay que estudiar qué significan las palabras sino cómo se usan y con qué intención. No obstante, estimó que hacer una tipología del uso y las intenciones sería imposible porque éstos son infinitos y, además, diacrónicamente, unos mueren mientras que otros se van generando. Austin le replicó que no es cierto que sean infinitos y que también la lengua es cambiante y, sin embargo, se puede estudiar en sucesivos cortes sincrónicos. De esta última postura surgirá la clasificación de los actos de habla.

2.2.- La clasificación de los actos de habla.

Habermas explica que los actos son comunicativos si su fin es el entendimiento. Los actos comunicativos son constatativos si pueden reducirse a verdadero / falso; expresivos si son veraces; y regulativos si su verdad depende del contexto. Los actos estratégicos tiene como fin el éxito, no están sometidos a validez, y de ellos se ocupa la retórica. Esto último fue negado muy pronto: Carnap estima que el significado expresivo se ocupa de lo emotivo y de lo retórico: la pragmática también se ocupa de con qué intención se usan los actos en una determinada situación comunicativa.

En una segunda etapa, Austin, reformuló la idea de la clasificación de los actos, debido a las interferencias de algunos de ellos y postuló que en cada emisión hay potencialmente tres actos:acto ilocucionario: se realiza al decir algo y tiene el sentido de fuerza persuasiva; acto locucionario, es lo que se dice; mientras que el acto perlocucionario es el resultado, la acción que produce el acto ilocucionario, por lo que depende del éxito de éste.

Searle continúa esta tipología y establece que el concepto de acto ilocucionario es equiparable al de intención del hablante. Si ello es así, un hablante actualiza verbalmente sus intenciones comunicativas dependiendo de una serie de reglas que su sociedad le impone a través del uso de su lengua, si no fuera así, los receptores no comprenderían la intención del emisor. Estas reglas son regulativas si regulan una actividad preexistente a ellas, como el imperativo; mientras que son constitutivas si los actos de habla son parte imprescindible de esa actividad, por lo que ésta no es anterior a aquéllos: por ejemplo en las ceremonias nupciales o en las declaraciones juradas: tales actividades no existen si no es con una serie de actos.

Los enunciados que se agrupan en este último apartado conforman lo que Austin llamó actos realizativos en cuanto más que decir cosas, se hacen cosas con ellos. Los indicadores de fuerza ilocucionaria son los elementos lingüísticos y contextuales de los que se vale un emisor para actualizar sus intenciones comunicativas: el orden de palabras, el tono, el énfasis, el contexto en que se emiten los enunciados,…

Por su parte, hace análogos los conceptos de acto locucionario y de proposición: un determinado contenido se puede expresar con diversas intenciones, es decir, son actos de habla distintos pero un indicador proposicional común. Searle sigue a Grice en que  proposición e intención son inseparables, de modo que toda emisión puede formularse como “a intentó que la emisión de x por medio de p produjese algún efecto en el auditorio y que éste reconozca tal intención”.

2.3.- La competencia comunicativa.

Para Badura, la competencia comunicativa se infiere a través de la competencia lingüística. Aquélla se define como las condiciones que una determinada situación comunicativa impone en la performance, o actualización del lenguaje en emisiones, por tanto se refiere a las capacidades de comunicación en un determinado contexto sintópico – o del espacio, especialmente en dialectos y similares -, sinfásico – o adecuación de estilo – y sinstrático – dependiendo del estrato social en que se desarrolle la comunicación -. Tal competencia se divide en dos componentes. De un lado se encuentra el componente hermenéutico – analítico, es decir, la capacidad de comprender adecuadamente emisiones realizadas en una determinada situación comunicativa . Es este componente el que garantiza la transformación y elaboración de informaciones necesarias para desarrollar una comunicación satisfactoria con los interlocutores de una determinada situación comunicativa. De otra parte tendríamos el componente táctico – retórico, por el que se procura que los actos de habla estén dotados de una cierta efectividad comunicativa.

En una línea similar Hymes define la competencia comunicativa como la capacidad de dominar situaciones de habla, de emplear adecuadamente subcódigos sociolingüísticos diferentes del código estándar de la norma particular.

Steger completa en cierto modo a Hymes: para él la competencia lingüística se define como competencia social, en cuanto no es más que el conjunto de normas de conducta lingüística del que se derivan de los diferentes usos diastráticos y diafásicos. Este conjunto de normas, como es una convención social, dirige las estrategias de planificación lingüística en la producción y las expectativas en la comprensión. Hartig y Kurz añaden que la competencia social es igualmente dinámica y generativa porque cambia con la evolución de la sociedad al tiempo que adecua sus emisiones a las nuevas situaciones.

Habermas, por su parte, entiende que la distinción chomskiana de competencia y actuación no tiene en cuenta que las mismas estructuras generales de las posibles situaciones de actos de comunicación son producidas por actos de habla. Estas estructuras sirven para situar pragmáticamente expresiones generadas por la competencia y son clasificables como universales pragmáticos que responden al sistema de reglas que las generan.

Tales reglas transforman las frases, o unidades lingüísticas, en enunciaciones, o unidades pragmáticas del discurso, que además de un componente lingüístico tiene otro institucional y social que establece el verdadero sentido pragmático. Por tanto, una teoría de la competencia comunicativa habrá de estudiar las enunciaciones elementales abstraídas de las componentes variables de las situaciones concretas, cuyo estudio queda a cargo de la pragmática empírica.        


[1]También llamada presuposición o tema.

[2]Denominada también foco o rema.

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