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Tema 64 – La generación del 14, o el novecentismo.

t1. EL MARCO HISTORICO-SOCIAL.

Estamos ante una de las épocas más complejas de nuestra reciente historia ya que, tras la burguesa Revolución Gloriosa de 1868, las diversas etapas de las guerras carlistas, la instauración de un régimen republicano, después de varios pronunciamientos y distintos titubeos constitucionales, que conducen, incluso, al nombramiento de un rey extranjero y a la posterior Restauración de la dinastía borbónica, se produce el tránsito de siglo con la entronización del rey niño Alfonso XIII (1902) y la tortuosa línea histórica fundamental proseguirá con una alternancia civilizada de gobiernos conservadores y liberales, seguirá con la Dictadura de Primo de Rivera (1923), con la “Dictablanda” del general Berenguer (1930), con el advenimiento de una nueva República (1931), que exacerbara los consabidos intentos separatistas de algunas regiones, con el Levantamiento militar de junio de 1936 y su consecutiva Guerra Civil, seguida de una posguerra sangrienta de represiones a cargo de los vencedores y de sangrientos episodios de lucha revolucionaria.

2. EL MARCO LITERARIO.

Hay un clima de ebullición en el arte y en la literatura, el Modernismo, el espíritu de la Generación del 98, la Generación del 14, la Generación del 27, las Vanguardias… que propiciaron el desarrollo de la novela hasta unos límites entonces desconocidos. El XIX se cierra con el Realismo y el Naturalismo y en el XX vemos: la continuación del Realismo (sin determinismo ambiental) y la continuación del Naturalismo (que se decanta por lo erótico: Novela Sicalíptica). Tambien vemos una vocación de innovación: el Modernismo, la Generación del 98, la novela novecentista y los nuevos narradores.

3. MODERNISMO Y NOVELA. NOVELA FORMALISTA

El Modernismo nace con la sensibilidad fin de siglo y, en la novela, origina una tendencia que se suele denominar formalista, muy similar a la propia del Novecentismo. Aunque la novela formalista aparece como reacción al Realismo y al Naturalismo del XIX, hereda parte de su estructura novelística. El nuevo modo de narrar es similar al de expresar el mundo poético de sensaciones, colorido y musicalidad de sus poetas. El universo esta siempre presente en la obra, pero nunca es determinante, porque las palabras se hacen universo, tienen dimensiones, peso, color, olor, sabor…, de modo que las sensaciones no se logran por la historia o las situaciones, sino por las propias características del estilo o lenguaje, un universo así no puede condicionar en modo alguno a los personajes (no hacen nada, están siempre por debajo del estilo, como un aditamento mas, sirven de excusa para la descripción del ambiente). No hay relación entre el ambiente (universo) y el personaje.

Si queremos encontrar antecedentes podemos remontarnos a un poeta, Salvador Rueda, escritor de poemas modernistas antes que Rubén, y de novela formalista (El patio andaluz, La cópula) antes que Valle. Sin embargo, la novela formalista recibe influjos también de la propia intelectual ya que, al empezar jugando con las palabras, se puede terminar, con facilidad, haciéndolo con las estructuras interiores de la obra, como sucede en la novela deshumanizada.

Al margen de la obra de Valle-Inclán, existen también otros cultivadores coetáneos de la novela formalista, aunque de menor enjundia y, en muchas ocasiones al final del primer cuarto de siglo, fundida con las nuevas tendencias vanguardistas. Entre ellos se puede mencionar a José María Llanas Aguilanedo, Isaac Muñoz y a Cipriano Rivas Cherif.

3.1. VALLE-INCLÁN (1866-1936): Su vertiente novelística ha sido menos estudiada y es menos conocida que la teatral, a pesar de haber contribuido de un modo especial a la renovación de la narración en lengua castellana en nuestro país y en Hispanoamérica. En su trayectoria como novelista (desde 1894 hasta su muerte), se aprecia una clara evolución, desde unos orígenes netamente modernistas, hasta la creación personal de la novela esperpéntica.

· Novela formalista. En esta etapa modernista, se dedica escribir las Cuatro Sonatas (Sonata de primera, Sonata de estío, Sonata de otoño y Sonata de invierno, entre 1902 y 1905), que son las “memorias amables del Marques de Bradomín”. La de otoño contiene la prosa más bella del modernismo español. Son la expresión mas pura de los postulados formalistas, dotadas de un universo constituido por una hermosa fraseología amalgamada de sutiles metáforas, un protagonista indolente al máximo, hasta el punto de que el lector ignora siempre cuales son sus afanes y desconoce siempre la línea vital, y unas relaciones entre personaje y universo que permanece siempre en el terreno de lo nebuloso. Su protagonista, desprovisto de hondura psicológica, “es feo, católico y sentimental”, frío, cínico y egoísta, galán amoroso incapaz de amar que, mas que sufrir, asiste a una serie de aventuras oscilantes entre lo sensual, lo sexual y lo perverso.

· Novela historicista. Se enclava tambien en el Modernismo, pero tiende a superarlo al historizar sus novelas, quizá por una cierta insatisfacción que le ha producido el formalismo puro. Usa de nuevo a Bradomín en una especie de aproximación a al realidad histórica, mucho más objetiva, aunque sin renunciar a las características formalistas que no entran en contradicción con lo anterior. Así, escribe su trilogía sobre la Guerra Carlista (Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño) entre 1908 y 1909. En este caso, el protagonista, más vital, y el narrador ya se encuentran distanciados, hay más trama, más acción y más movimiento y el mundo metafórico, que continua persistiendo en igual proporción que en su obra anterior, se despoja de los elementos puramente sensuales y de perversidad.

· Novela dramatizada. La clara evolución de Valle le conduce a las obras dramatizadas (Comedias bárbaras), escritas en 1907 (Águila de blasón), 1908 (Romance de lobos) y 1922 (Cara de Plata), a las que, incluso, les niega la denominación de novelas. La virtualidad de estas obras consiste en un acercamiento a la realidad para representar en escena y, a la vez, novelar, la disolución de la pequeña nobleza terrateniente gallega a través de los Montenegro. El lenguaje, más preciso, renuncia a la metáfora sensual, al tiempo que la prosa se reparte entre los parlamentos de los personajes y las acotaciones escénicas de la dramatización.

· Novela-esperpento. En la obra de teatro Luces de bohemia (estrenada en 1924), el autor formula la definición de su hallazgo más preciso y genial, el esperpento: “el esperpentismo lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos, reflejados en el espejo cóncavo, dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”. Se entra en la cuarta y ultima fase de Valle, la de la novela esperpéntica, que se inaugura con Tirano Banderas (1926) y concluye con la trilogía inacabada del Ruedo Ibérico iniciada con La corte de los milagros (1927) y Viva mi dueño y terminada con Baza de espadas (inconclusa y póstuma, publicada en 1958). En estas obras, el autor no ve mejor camino para acercarse a la realidad que deformarla hacia el dominio de lo grotesco y de lo humorísticamente negro. En Tirano Banderas, Valle condena el abuso del poder personal omnímodo, legado a las tierras americanas por los dominadores españoles, al narrar la trayectoria vital y la caída de un tirano iberoamericano impreciso al que toma como arquetipo, de modo que ha servido para iniciar una serie de novelas de este tipo, ya propiamente americanas, como las de M. A. Asturias o García Márquez. No es que Valle realice un abuso del arte al rebajar la realidad de los dictadores, sino que el autor considera que su existencia e historia es ridícula y grotesca y, por ello, solo puede ser atendida desde el esperpento, desde el dominio de lo grotesco y ridículo.

Por consiguiente, la andadura del autor, evadido al principio de cualquier viso de realismo e inmerso en el movimiento modernista, sin renunciar en absoluto a la estética, sin abandonar la forma, se introduce progresivamente en la historia y la objetividad, en la realidad objetiva y en la realidad social, para llegar a poderla explicar en todos sus términos, a través del prisma aparentemente deformador del esperpento.

4. NOVENTAYOCHO Y NOVELA.

La novela intelectual aparece paralelamente a la modernista o formalista y arranca, como ésta de las estructuras ya existentes del Realismo y del Naturalismo. Sin embargo, se diferencia porque, en detrimento del mismo protagonista, el universo novelesco es susceptible de convertirse en la problemática de la obra y puede tener existencia por sí solo, tanto si se identifica con el mundo objetivo como si no lo hace, e, incluso, puede identificarse con la propia idea.

De todas formas, ya es el momento de indicar que ningún novelista escribe una novela pura de ningún movimiento. Así, encontramos realismo, formalismo e intelectualismo en Pérez de Ayala y en Azorín podemos avizorar incluso un formalismo casi puro. Solamente Unamuno, al final de su evolución, a base de descarnar la estructura novelesca, consigue llegar a escribir novelas intelectuales sin mixtificación, sin convertirlas, como sí hacen otros autores, en lirismo antinovelesco o en ensayo narrativo. La novela intelectual, al igual que la formalista, se encuentra también en la base de la novela deshumanizada y combina bien con formalismos, lirismos, humorismos y experiencias deshumanizadas de cualquier clase, hasta el punto de poderse encontrar también a gusto con las vanguardias.

Si se trata de señalar algún antecedente, es inevitable hacerlo con La conquista del reino Maya, de Ángel Gavinet, a pesar de la novedad que significa la invención de Unamuno. Sus consecuentes son más fáciles de encontrar y así los hallamos en algunos títulos de Pérez de Ayala y Eugenio d´Ors, y en los de Ramón María Tenreiro, Manuel Azaña y, sobre todos ellos, por sus primeras y últimas obras, el genial Azorín.

4.1. MIGUEL DE UNAMUNO (1864-1936): El vasco, guía ideólogo de la Generación del 98, es, a un tiempo, filósofo y periodista, intelectual y polemista, catedrático de griego, político apasionado y contradictorio y literato que cultiva el verso, el teatro, la novela y el ensayo.

– Con Amor y pedagogía (1902) rompe con todas las reglas del realismo novelesco y aparece una nueva estructura en la que el realismo se trueca en farsa, el universo, evanescente e incapaz de suscitar acción en el protagonista, se reduce a pocas anotaciones escénicas, los personajes quedan convertidos en marionetas en manos del autor que no puede deslindarse del narrador. El problema filosófico: demuestra el absurdo del integrismo en la pedagogía.

– El proceso de novelar (“nivola”) culmina con Niebla (1914), la materialización de la duda de la metafísica nihilista en la novela. Como busca lo esencial, no lo significativo del mundo, la duda debe plantearse en abstracto, no como resultado de una situación en que el universo novelesco pueda venir a dar la explicación y, por ello, el protagonista no es un ser que duda, es la duda misma, un ende nebuloso que constituye y da cuerpo a la duda del autor. El problema filosófico: fronteras difuminadas entre autor-personaje-ambiente.

– En Abel Sánchez (1917), subtitulada una historia de pasión, Unamuno desciende de sus alturas filosóficas para abordar el mundo circundante desde una posición más próxima y cercana, a través de la novelación de la envidia, el vicio nacional y el único pecado capital que no conlleva un disfrute. La originalidad consiste en el punto de vista, ya que el protagonista no es que da titulo a la obra sino J. Montenegro, que es quien le envidia. El relato es tan lineal y predeterminado que el lector llega con facilidad a la conclusión de que A. Sánchez es un ser anodino e insustancial que no puede suscitar envidia y, en cambio, el “envidiador” si es una persona envidiable por su bondad, fidelidad, lealtad… El problema filosófico: el carácter español y la envidia.

– En La Tía Tula (1921) el autor pinta el relato de una madre ideal o esencial, el de la madre-virgen. En el fondo, se trata de postular que el hombre es un animal que debe ser depurado por la acción domestica a cargo de la mujer. Así, le niega a Tula la acción de fundar un hogar y la erige en protectora en el de su hermana muerta. El problema filosófico: la madre perfecta, es decir, la virgen.

– La novela corta de 1930 San Manuel Bueno, mártir constituye la mejor obra del novelista puesto que añade sus más elevadas cotas artísticas a su itinerario intelectual. Se narra la intima tragedia de un sacerdote, incapaz de creer en Dios, que siente la necesidad de que los demás crean “para que sueñen”, a lo que dedica su vida, de modo que sacrifican su negativa verdad, su vida y su muerte, a la perseverancia de la fe ajena. Por primera vez, hay un distanciamiento entre Unamuno y el narrador.

4.2. AZORIN (1873-1967): Mantiene de común con la mayoría de los hombres del 98 su aristocratismo, escepticismo y agnosticismo, la preocupación por España y el interés por el paisaje de Castilla, con el que se identifica, así como los influjos recibidos de Nietzsche, Schopenhauer y Rilke. Dedicado fundamentalmente al ensayo hasta el punto de casi anular su vertiente narrativa, su técnica y estilo son de tipo impresionista, capaces de trasladarnos la impresión del paisaje global a base de la acumulación de pequeños fragmentos o detalles destacados, descritos con un lenguaje en el que la frase retórica queda anulada por una sucesión de oraciones cortas. Publica en 1902 su primera novela, La voluntad, que inicia una trilogía compuesta, además, por Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filosofo (1904).

El autor comienza su andadura bajo la estructura de una novela intelectual para, progresivamente, convertirla en una reflexión. Tambien hay innovaciones en su estilo, producto de una depuración constante de la oración lo que, al suprimir los adjetivos y, por supuesto, las metáforas (por su manía inmovilizadora y des-relacionadora), determina la obtención de una prosa muy personal. Esta vertiente de su obra, la preocupación por la forma y el estilo lo aproxima a los formalistas; no obstante, ello sucede al final de su obra, como resultado de una evolución, cuando la estructura narrativa ya se ha perdido. También pudiera ser, como se ha postulado, que el proceso transcurriera exactamente a la inversa y que fuera el estilo de Azorín, el tránsito de lo general a lo concreto, la inmovilización de la frase, sobre todo, lo que acabara destruyendo la estructura novelesca.

Tras un largo paréntesis de veinte años, en que se dedica con una gran intensidad al ensayo regresa a la novela. Si en la trilogía anterior se narraba la vida casi inexistente de Antonio Azorín, en sus obras Don Juan (1922) y Doña Inés (1925) se difumina aún mucho más la acción, como un paso más en la evolución o depuración de la técnica o, tal vez, como logro de otra fórmula nueva ya que, si bien existe un protagonista evanescente, sobre el que centrar teóricamente la muy vaga y ambigua historia, ésta se descompone en una serie de cuadros independientes que reflejan momentos, como fotografías instantáneas, de otros personajes. Con las Nuevas Obras (1928-1930) se produce un nuevo giro en la estructura novelesca. Ahora existe un protagonista que va encarnándose en distintas personalidades sin motivo alguno aparente, se diluyen otra vez la historia y la acción, al tiempo que la prosa se recrea en las descripciones abstractas de objetos, sonidos, colores, etc.

De las novelas escritas con posterioridad a la contienda (El escritor, El enfermo, La isla sin aurora, etc.), quizá la más importante para revelar la estética del autor es Capricho (1942), obra en la que se enfrenta lo real con lo imaginario a través de un argumento inexistente.

La evolución personal de Azorín, pues, parte de una estructura intelectual, que va destruyendo a lo largo de su periplo, para volverla a erigir de nuevo; sin embargo, no se trata de esto sólo, ya que añade a este proceso su concepción de que la realidad no tiene existencia por sí misma, sino en cuanto a que se debe crear, y su propio y particular estilo, que inmoviliza todo cuanto roza, rompiendo la trama, ya débil de por sí, en mil fragmentos que la destruyen, y que se recrea en lo pequeño y concreto, sin relacionarlo nunca con lo demás.

5. UN CASO APARTE: BAROJA.

Cultivó brevemente el verso, el cuento, las memorias y practicó diversas incursiones en el polémico y removido mundo del periodismo de la época; sin embargo, las dos terceras partes de su centenar de títulos están formadas por novelas, género en el que su huella ha sido considerable en escritores posteriores como Camilo José Cela, Luis Martín Santos o Ignacio Aldecoa. Defendió una novela abierta a todas las posibilidades y proclamó la libertad absoluta para el novelista.

El mismo Baroja indicó las dos posibles divisiones de su obra: bien por trilogías, bien por etapas cronológicas. Según este segundo criterio, se pueden distinguir dos momentos, antes y después de 1912.

A) Primera etapa. Se caracteriza por ser de marcada creatividad y bastante variedad, e incluye las mejores obras del autor. En Camino de perfección (1902) y El árbol de la ciencia (1911) logró, a través de sus dos protagonistas –Fernando Osorio y Andrés Hurtado-, arquetípicas etopeyas generacionales que han recibido con posterioridad multitud de análisis por parte de la crítica. Su más lograda, trabada y unitaria trilogía es La lucha por la vida, compuesta por La busca (1904), Mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). Se trata de novelas de corte revolucionario en las que reflejó la peculiaridad vitalidad del mundo marginal madrileño. Adquieren su unidad por el tema: la zona de interferencia, los ambientes comunes del “golfo” madrileño y del proletariado anarquista, materializados en la fluctuación entre vago y trabajador del protagonista, Manuel.

B) Segunda etapa. Escribe Baroja a partir de 1912 novelas de ambientación. En ella se encuentran las Memorias de un hombre de acción. Estructuralmente, reitera moldes anteriores. También destaca en esta etapa la trilogía “El mar”, cuya obra principal, Las inquetudes de Shanti Andía pasa por ser una de las más amenas de nuestro autor.

Su copiosa producción (66 novelas) es el resultado de haber elegido la literatura como único medio de vida, lo que le empujaba a publicar, por ejemplo, tres o cuatro obras al año y causaba la amarga y reiterado quejido de su penuria económica, aunque al final de su vida, sin dejar nunca de quejarse, logró una cierta estabilidad económica. Esta característica de novelista integral es también una nota distintiva frente a los hombres del 98 (entre los cuales se suele encuadrar) ya que éstos cultivaron casi por igual el ensayo, la novela, el teatro, la poesía, etc.

Las novelas barojianas se inician en el último año del siglo XIX y coexistieron, pues, con las de algunos autores del Realismo del 68, así como con las primeras experiencias formalistas e intelectualistas, pero el autor vasco, individualista al máximo, se mantuvo ajeno a todos los movimientos, sin afiliarse a ninguna de las nuevas formas de narrar, ni siquiera a las realistas de las que, en último término, procedía y a las que renovó bajo una óptica personal. Sin embargo, el propio novelista reconoció sus influencias, que fueron Byron, Leopardi, Bécquer, a las que podríamos añadir sin temor a equivocarnos a Dickens, Tolstoi, Dostoievsky y Gorka, entre los extranjeros, a Cervantes y Galdós, entre los españoles y, quizá, a través del título de Camino de perfección a Santa Teresa.

Sublima el Realismo para depurarlo de lo que considera postizo y reivindicar solamente lo que considera verdadero, el tipo y la acción. Dado que, gracias al predominio de lo accional, el universo solamente es sugerido y el carácter de los personajes apenas esbozado, no existe en las novelas de este autor ni hondura psicológica, ni descripciones, solamente aventuras, con el consiguiente peligro de caer en lo folletinesco. Para comprender mejor la estructura narrativa de Baroja, debemos unir a ello el peculiar estilo barojiano. No gustó de los artilugios esteticistas, sino que buscó siempre la sobriedad y la sencillez, y ante todo la autenticidad. Aunque muchos le han acusado de fácil, hoy predomina la idea de que su estilo está forjado en la precisión.

6. NOVENCESTISMO Y NOVELA.

Se llama Novecentismo o Generación del 14 a un grupo de escritores, nacidos entre 1881 y 1892, que inician sus andaduras entre la desaparición del Modernismo y del Noventayochismo y el advenimiento de las primeras obras de la Generación del 27. Su deseo de integración de lo extranjero condujo, tanto a una actitud frívola (cosmopolitismo), como a una idea de nacionalidad por encima de las naciones. Eugenio d’Ors y Ortega y Gasset caracterizaron a los hombres del movimiento, provistos de una sólida formación y defensores de los valores del trabajo y de la disciplina, muchos abandonaron el periodismo para dedicarse a la investigación científica. Las dos tendencias novecentistas, europeismo y nacionalismo, se unen en su rechazo del Ochocentismo y exhiben una serie de rasgos comunes con el 98, como la búsqueda de la belleza por una vía mas intelectual que vital, el aprovechamiento de la musicalidad modernista, usando para ello una gran riqueza lingüística obtenida por la ampliación del vocabulario por composición y derivación de palabras. Destacan G. Miro (1879-1930), R. Pérez de Ayala (1880-1962) y R. Gómez de la Serna (1888-1963).

Gabriel Miró. Es uno de los autores fundamentales de la Generación del 14. Miró creó una novela de poderoso lirismo, que lo ha llevado a ser considerado como uno de los máximos representantes de la narrativa en las primeras décadas del siglo. Su obra ha suscitado tanto detractores, que lo acusan de excesos, como defensores, que lo elogian como artífice de la lengua castellana.

Su formación es netamente modernista, pero se va alejando progresivamente de sus tendencias al abandonar los aditamentos ornamentales no necesarios y publicar su primera gran obra, Las cerezas del cementerio (1910). Con él prosigue la renovación novelística iniciada ya por los noventayochistas poniendo su mayor énfasis, aún a riesgo de diluir el argumento, en una prosa cuidada con esmero, de modo similar al que el poeta hace con el verso. Sus protagonistas son inactivos, decadentes y fracasados y pasan por el argumento sintiendo y sufriendo, pero siendo incapaces de actuar, situados dentro de una estructura formalista en la que no tienen importancia las relaciones entre el personaje y el universo. También son destacables Nuestro Padre San Daniel, El obispo leproso, El libro de Sigüenza y Figuras de la Pasión.

Ramón Pérez de Ayala. Es el más claro representante de la novela intelectual. Su primera obra es lírica, La paz del sendero, pero su fama le llegará como novelista, terreno en el que logra sus éxitos principales. Comienza escribiendo en una estética noventayochista para pasar después a la novela “intelectual”. Andrés Amorós divide su obra en tres etapas:

1. Tetralogía que narra la vida de Alberto Díaz de Guzmán, personaje barojiano, “alter ego” del autor. Tinieblas en las cumbres (1907), A.M.D.G., La Pata de la raposa (1912) y Troteras y danzaderas (1913). Pérez de Ayala pretende relejar la crisis de la conciencia hispánica desde principio de este siglo. En las tres primeras, predomina la crisis individual, la del protagonista Alberto Díaz de Guzmán, sobre la colectiva, más patente en la última obra.

2. En 1916 se publican Prometeo, Luz de domingo y La caída de los limones, reunidas en un volumen bajo el título genérico de Novelas poemáticas de la vida española. En ellas desaparece lo autobiográfico y ganan terreno las ideas. La primera aborda el problema de la educación de los hijos y guarda relación con Amor y pedagogía, de Unamuno. La segunda plantea el tema de la bandas caciquiles, y la tercera, el del crimen, a través de un suceso que ya había inspirado a Baroja.

3. En 1921 comienza su última y más lograda etapa. La acción disminuye; los personajes encarnan ideas o actitudes vitales. Abundan las disquisiciones sobre política, moral, estética. En ellas se intenta buscar una armonía o principio ordenador de un universo de contrarios. Estructuralmente las obras se basan en un relativismo perspectivista: la realidad se bifurca; de todo se nos da dos visiones. Su mejor obra, quizás, es Belarmino y Apolunio (1921), aunque también son dignas de mención obras como Luna de miel, luna de hiel, Los trabajos de Urbano y Simona o El curandero de su honra.

En cuanto a su estilo, es denso, con una hábil mezcla de ironía y gravedad, así como de palabras cultas y populares, siempre intentando conseguir una precisa trascripción de su pensamiento, de sus paradojas, de su complejidad.

Ramón Gómez de la Serna. Ramón, cronista, articulista y literato, autor muy prolífico y difícil de clasificar, representa el primer novelista europeo adscrito al movimiento vanguardista, creador de originales formas narrativas y de nuevos modos artísticos de expresión, a los que, en uso de su individualidad anárquica, bautiza con el nombre de ramonismo, tendencia próxima al dadaísmo, el cubismo y el surrealismo, sin coincidir con ninguno de estos movimientos, ya que no busca otra realidad bajo, sobre o tras la realidad, sino una realidad lateral, desde varias perspectivas insólitas y pretende, al mismo tiempo, la pura eliminación del sentimentalismo, generalmente a través del prisma del humor y de la investigación de los aspectos lúdicos del arte. De este modo, sumando el humor a la metáfora, es como nacen las greguerías, herederas en último término de la tradición de Quevedo, Gracián y Góngora y precursoras por sí mismas del surrealismo europeo.

Bajo el epígrafe de la novela, Gómez de la Serna publicó más de una docena de libros en los que, dentro de un escepticismo general y radical, más que trama existe acumulación de temas, multiplicación de situaciones, desdibujamiento de personajes y proliferación de greguerías, todo ello escrito de modo muy fragmentario, con numerosos puntos y aparte que hacen difícil la lectura.

Su vida y su obra son una constante ruptura con lo establecido, con las convenciones. Como novelista, Ramón rompe los moldes del género. En sus obras cabe de todo. La más famosa es El torero Caracho (1927). No podemos olvidar El Novelista, historia de un autor en busca de motivos para sus novelas, que supone un tremendo derroche de argumentos y de imaginación. Otras novelas del autor son El doctor inverosímil, La viuda blanca y negra, El incongruente o La Nardo.

Las novelas de Gómez de la Serna, inspiradas por su biografía, reflejan el mundo de su época. En ellas cobran relevancia los temas prohibidos, relacionados especialmente con los imperativos carnales, acompañados de la obsesión por la muerte. Lo sexual presenta un contenido crudo pero se ocultan los detalles, dejándolos a la imaginación del lector.

A diferencia de la novela preciosista y lírica de Miró y de la intelectualidad y realista de Pérez de Ayala, la novela de Ramón es un puro juego experimental, un estallido de anticipaciones y un alarido de evasión.

7. OTROS AUTORES

A partir del Novecentismo, algunos autores jóvenes cruzaron la pequeña distancia que les separaba de la novela deshumanizada para coincidir, en la búsqueda de una novela intelectual.

Dentro de la generación del 27 y como culmen de la llamada novela deshumanizada, podemos mencionar a Benajamín Jarnés, con Locura y muerte de nadie y Lo rojo y lo azul, obras de mínimo argumento, impreciso y confuso a la vez, y escritas desde la perspectiva deshumanizada del contemplador. Junto con Gómez de la Serna estructurará una novela vanguardista de la que es paradigma El profesor inútil.

Coexisten con los anteriores un grupo de novelistas preocupados por los temas sociales (novelistas sociales del 28), cultivadores de lo que hoy llamaríamos novela social, tendencia que cristalizaría, en los años 30, en lo que se ha dado por bautizar como rehumanización del arte. Entre ellos se puede mencionar al proletario Isidoro Acevedo, al revolucionario César Mª Arconada, al antiburgués y anticlerical Joaquín Arderías, al antiorteguista Manuel D. Benavides, al punzante crítico social Manuel Ciges Aparicio, a Ramón J. Sénder de la primera época y al periodista y director de El Socialista, Julián Zugazagoitia. También es digno de mención en este apartado el peruano César Falcón quién desarrolló su labor literaria en nuestro país.

Dedicado a la vez a la renovación de la novela realista (Volvoreta, El malvado Carabel), a la novela realista de humor (Relato inmoral, Por qué te engaña tu marido) a la novela de crítica social (El secreto de Barba Azul, Las siete columnas), a la novela poemática (El bosque animado) y a las novelas cortas (Unos pasos de mujer, La casa de la lluvia), el gallego Wenceslao Fernández Flores, que alternó el periodismo con los libros de crónicas y la loa a los vencedores de la guerra fraticida (Una isla en el mar Rojo), representa un caso muy singular e incapaz de clasificarse. Las novedades que ofrece su producción son el humorismo y la crítica filosófica o humorística, incluso en sus obras de tendencia social.

8. LOS AÑOS CUARENTA.

La Guerra Civil significó una interrupción profunda en la investigación de nuevos fenómenos novelescos sobre la amplia gama preexistente en los años 30 (novela deshumanizada, novela social y otras) y una creación de literatura de compromiso, con especial énfasis en el teatro y la poesía de circunstancias, seguidos, a bastante distancia, por una novela surgida de la propia contienda. Al “estallar” la paz, las condiciones eran otras y comienza un nuevo ciclo presidido por la represión cultural de los vencedores. Para vehiculizar y controlar las nuevas tendencias literarias dedicadas a ensalzar el nuevo régimen, se fundan revistas como El Español (1942) y La Estafeta Literaria (1944). La otra media España escribe desde el exilio (Aub, Ayala, Sénder…). Escritores con obra anterior al conflicto continúan escribiendo, como Azorín y Baroja, pero su producción, en ocasiones extensa, es menos significativa que antes. La lectura de escritores tradicionales, del tipo de Galdós, Clarín y Unamuno, se encuentra medio prohibida o prohibida del todo y solo perdura el trasnochado costumbrismo realista y alguna que otra caduca fórmula naturalista. No es nada extraño que la década de los 40 sea una etapa bastante estéril de la novelística española, que preside un panorama mediocre en el que solo parece existir una voz disonante, la de Cela, con La familia de Pascual Duarte.

8.1. CAMILO JOSE CELA (1916-2002): Si hubiera que dar un signo distintivo de este novelista, éste sería el del afán renovador, la profunda variación entre obra y obra, para cada una de las cuales investiga y pretende un molde y, aún, una estructura diferente. No es un autor fácil de clasificar puesto que no admite el encasillamiento. Alguna de sus novelas pueden considerarse tremendista, otras realistas u objetivistas, lo que siempre no será más que una sola de las muchas facetas de la verdad.

La publicación, en 1942, de su primer libro, La familia de Pascual Duarte, significa un hito para la novela del siglo XX al, inaugurar la denominada novela tremendista, fenómeno quizá solamente comparable, por su significación, con el de la edición de El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio, que tendrá lugar en la siguiente década. A pesar de que se ha dicho que tiene grandes deudas con Valle-Inclán, con la picaresca, con el romance de ciego y hasta con el existencialismo de Camus, que posee algunos fallos de construcción, etc. la obra consiste en la recreación de un tema naturalmente poco agradecido, como es el del drama rural, tratado de un modo nada habitual

Los siguientes libros van demostrando que ha nacido un gran novelista y que su primer éxito no ha sido producto de las circunstancias, así podemos citar Pabellón de reposo (1944) o Nuevas andanzas y desventuras de El Lazarillo. Hay que llegar a 1951 para encontrar otra novela de su calidad: La colmena. Es una novela con visos de crítica social que, según Cela, consiste en “un montón de páginas por las que discurre, desordenadamente, la vida de una desordenada ciudad

8.2. Los inicios de otros novelistas:

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