Toda la documentación que encontrarás en Oposinet la puedes tener en tu ordenador en formato word. De esta forma podrás modificarla y trabajar con ella con más comodidad.


Ponte en contacto con nosotros a la dirección y te la enviaremos. A cambio te pedimos que compartas tu información, enviándonos documentos interesantes para la preparación de estas oposiciones: temas, programaciones didácticas, exámenes... Es imprescindible que estos documentos no posean derechos de autor, que no existan ya en la web y que sean realmente interesantes para la preparación de las oposiciones.


Otra opción para conseguir los documentos en formato word es realizar un pago de 19,5 euros, con la cual mantendremos esta web y compraremos nuevos materiales para ponerlos al alcance del resto de la comunidad. Importante: con el pago te proporcionaremos TODOS los documentos que hayamos publicado de una de las especialidades de oposiciones. Los documentos publicados en formato pdf no te los proporcionamos en formato Word sino en pdf.




Tema 4 – Sentido y referencia. Teorías del significado.

4.0. INTRODUCCIÓN

4.0.1. Los términos “sentido”, “referencia” y “significado”; su relación con “signo”

El uso común de la palabra “significado” (cf. Diccionario RAE, segunda acepción) nos relaciona ya este término con el de “sentido”. El significado o “significación”, del verbo significar (significare), sería el “sentido de una palabra o frase”. También alude (acepción 3) a la “cosa” misma “que se significa de algún modo”. En lingüística, siempre según el Diccionario RAE (acepción 4), sería “el contenido semántico de cualquier tipo de signo, condicionado por el sistema y el contexto”. Significar es también (Diccionario RAE acepción 4) “representar”.

Por otro lado, el término “referencia” es “la acción y efecto de referirse” (Diccionario RAE acepción 1) que es “poner algo en relación con otra cosa o con una persona”.

La relación de estos tres términos es, como vemos, en torno a la capacidad humana de hablar, pensar… de realidades a través de otras realidades distintas a ellas mismas. Es decir la capacidad humana de simbolización o significación.

El signo es aquello que nos habla o remite, que “significa” o “refiere” a otra cosa distinta del mismo signo en sí. La capacidad de significación aparece en todas las dimensiones de la existencia humana: el amor, la fe, la amistad; pero es consustancial a una de ellas: el lenguaje.

El estudio del signo, del significado y de la significación puede llevarse a cabo desde diferentes perspectivas. Puede hacerse un enfoque multidisciplinar del tema: el lenguaje, y con él el significado, ha sido y es objeto de estudio para la psicología, sociología, teología, lingüística, antropología.

Nosotros tenemos que centrarnos en la perspectiva filosófica y, dentro de la filosofía, en su enfoque o tendencia analista. Es en la lingüística donde encontramos una reflexión filosófica sobre estos términos y será la Filosofía del Lenguaje la que abordará, de forma específicamente filosófica, los problemas derivados de la capacidad de significación del lenguaje humano, su sentido.

4.0.2. Filosofía del Lenguaje y Filosofía Analítica en el problema del significado

Las relaciones entre filosofía y lenguaje son muy antiguas, se remontan casi a los comienzo de la filosofía; sin embargo, la consideración del lenguaje como objeto autónomo del quehacer filosófico comienza su andadura a comienzos del siglo XX.

Se ha de distinguir entre “filosofía analítica” y “filosofía del lenguaje”. La primera es una corriente filosófica concreta que afirma la convicción de que los problemas filosóficos son problemas lingüísticos.

La Filosofía del Lenguaje es una rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es la lengua como sistema humano de signos y comunicación. Según Vicente Muñiz[1] la filosofía del lenguaje aborda tres grandes áreas: ontológica, deontológico y final. La ontología del lenguaje se ocuparía de descubrir qué es el lenguaje. Los estudios sobre la finalidad nos remiten a la función del lenguaje, a sus fines concretos. Finalmente, la deontología se encarga de clarificar las condiciones necesarias para que un lenguaje pueda ser calificado como tal, se intenta la consecución de un lenguaje ideal.

Sería equívoco sugerir que la filosofía del lenguaje, incluso cuando la practican los filósofos analíticos, se reduce al análisis conceptual, a la clarificación de los conceptos básicos del lenguaje. Hay otros tipos de tareas que, por lo común, se atribuyen los filósofos del lenguaje: está la clasificación de los actos lingüísticos, de los “usos” o “funciones” del lenguaje, de los tipos de vaguedad, de los tipos de términos, de las varias clases de metáforas. Están las discusiones sobre el papel de la metáfora en la ampliación de los lenguajes, sobre las interrelaciones del lenguaje, el pensamiento y la cultura; y sobre las peculiaridades del discurso poético, religioso y moral. Se han hecho propuestas para construir lenguajes artificiales con propósitos diversos. Están también las detalladas investigaciones acerca de las peculiaridades de tipos especiales de expresiones, tales como los nombres propios y las expresiones con referencia múltiple, y sobre formas gramaticales determinadas, tales como la forma sujeto-predicado.

Cuando digo que las manchas que hago sobre un papel, o los sonidos que emito al hablar con otra persona, tienen significado, ¿qué es lo que quiero decir?, ¿qué es lo que hace que determinadas palabras o expresiones tengan el significado que tienen y no otro?, ¿qué diferencia hay entre una ristra de marcas significativa y otra que no lo es?, ¿cómo soy capaz de reconocerla como tal aunque no la haya encontrado antes?, ¿cómo es posible que unas meras manchas se refieran a fechas, ciudades, países o, en general, a objetos?, ¿cómo puede una secuencia de signos significar algo verdadero o falso?. Éstas son algunas cuestiones centrales de la filosofía del lenguaje.

4.0.3. Plan del tema 4

Dado el título del tema y para no alterar el orden en el que se nos proponen los contenidos, presentamos en primer lugar el problema filosófico del significado, donde se abordará cuál es la materia interesante para la filosofía en esta cuestión.

Seguiremos sintetizando la doctrina fregeana del significado por resultar la clave histórica de la presentación del problema y el punto de partida de las actuales teorías. Asimismo abordaremos después, en una tercera parte, el llamado “giro lingüístico” y la importancia de la filosofía analítica en estos problemas desde Frege

En la cuarta parte tratamos estas diferentes teorías que sobre el significado y desde la filosofía se han realizado desde el siglo XX.

4.1. EL PROBLEMA DEL SIGNIFICADO. DIMENSIONES FILOSÓFICAS

El problema del significado aparece cuando queremos concretar qué cosa es significar de un modo riguroso. Se trata de hablar del significado de “significado” o de significar, con lo que en la exposición ya estamos presuponiendo el saber precrítico o prefilosófico sobre lo que es significar.

En el lenguaje cotidiano “significar” equivale a “querer decir”. Pero cuando preguntamos lo que “querer decir” expresa nos encontramos con varias respuestas: sentido, representación de una cosa o acontecimiento, connotación de un término, idea de algo, conjunto de vivencias individuales pero compartidas en su núcleo, entidad o cosa denotada, relación con algo significado por la expresión, etc.

El significado plantea al menos dos grandes cuestiones filosóficas. En primer lugar respecto a la esencia del significado (dimensión ontológica): ¿qué es el significado? ¿qué clase de entidad es? La respuesta a estas preguntas está determinada por la ontología defendida. En segundo lugar todo análisis del significado implica especificar el uso lógico del mismo (dimensión lógica). Este segundo aspecto ha sido el crucial para la “revolución” analítica.

La cuestión referente a la consistencia real del significado de una proposición, palabra y oración es una cuestión muy discutida en la historia de la filosofía, y una de las cuestiones centrales de la filosofía del lenguaje. Esta cuestión ha recibido en el siglo XX diferentes respuestas, en función de la corriente de filosofía del lenguaje de que se trata; pero el problema es prácticamente tan antiguo como la historia de la filosofía. Vamos a ver en este apartado algunas respuestas históricas a esta cuestión.

4.1.1 La identificación de la palabra con la cosa designada: teoría referencial del significado

En el Teeteto Platón identificaba el significado de una palabra con la cosa que designa. La palabra sería una especie de etiqueta fijada en el objeto, ya sea humano (“Sócrates”), o genérico (“mesa), o un proceso (“estudiar”). A pesar de su atractivo, esta teoría es, sin embargo, demasiado simple. Quizás valga para los nombres propios, pero estas palabras constituyen un pequeño grupo, cuya principal característica es no tener significado, ya que su única función es designar un objeto o persona individua, pero careciendo de significado “per se”. Por el contrario, con respecto a todas las demás palabras esta explicación confunde dos dimensiones de la palabra: las que podemos llamar “connotación” y “denotación”[2](o “sentido” y “referencia” en la terminología de Frege.. Es decir, dos palabras pueden tener la misma denotación (designar o mentar los mismos conceptos) y sin embargo tener distinta connotación (es decir, diferente significado). Así, las expresiones “animal racional”, “mono desnudo” y “bípedo implume” tienen diferente connotación, sentido o intensión, pero poseen una misma denotación, referencia o extensión.

4.1.2 El significado como apelación: teoría de los procesos mentales o conductuales

Esta teoría es más reciente (Skinner y la filosofía conductista) e identifica el significado de una palabra con la respuesta condicionada que la palabra produce en quien la escucha o, al menos, con la disposición a responder de una determinada manera. Por ejemplo, un objeto cualquiera (como un vaso de vino) produce en nosotros una determinada respuesta (beberlo, repudiarlo…), o al menos una disposición a la respuesta (a beberlo, si nos apetece). El vaso de vino, al ser “nombrado”, produce en nosotros un estímulo y también una respuesta apropiada. Pero ese estímulo inicial puede ser sustituido por cualquier otro (un sonido, por ejemplo) que aparezca asociado frecuentemente con él; y entonces este estímulo sustitutivo produce una respuesta igual o semejante a la que producía el estímulo primitivo. Entonces, estos estímulos sustitutivos son signos de los estímulos propios; y su significado consiste precisamente en esta respuesta anticipatoria, en esa preparación del organismo para la aparición del estímulo adecuado. Su significado no consiste, como se suele pensar, en ningún concepto, en ningún “signo mental” que se dé en la mente del que habla o del que escucha, sino simplemente en una disposición para responder de una forma determinada. Al escuchar la palabra “¡fuego!”, me dispongo a actuar como si realmente hubiera fuego (me sobresalto, me pongo a huir, a apagarlo, etc.); tal disposición mía es lo que constituye el “significado” de la palabra, según esta corriente behaviorista del lenguaje.

Esta concepción ha sido fuertemente criticada. ¿Sentimos ganas de estornudar al escuchar la voz “pimienta”? Según esta crítica, la teoría conductista del lenguaje ha comenzado la casa por el tejado. Es decir, para que la palabra “caliente” produzca en nosotros la disposición de retirar la mano de un objeto es preciso previamente que hayamos comprendido su significado. Pero, ¿en qué consiste “comprender” una palabra sino en captar “lo que significa”? Por tanto, el significado no es una disposición a responder de un modo determinado, aunque esto acontezca frecuentemente.

4.1.3 El significado como idea

Esta teoría, propuesta por todos los que han combatido el psicologismo (Meinong, Husserl, etc.) considera que el significado de una palabra (al menos, de las descriptivas, que constituyen la base de un idioma) es una idea o un concepto, que se encuentra en la mente del que habla y en la del que comprende tras escucharnos. Esta teoría tiene dos puntos a su favor:

a. no pone una relación directa entre la palabra y el objeto mentado

b. admite la necesidad de una intencionalidad, de un proceso mental interpretativo, para que la palabra, que considerada en sí misma no es sino un conjunto de sonidos, adquiera un significado.

El concepto o la idea no debe ser comprendido como una especie de objeto mental suprasensible, sino que debe comprenderse como la capacidad mental de usar las palabras de manera “humana”, inteligente y adecuada, capacidad que se realiza y actualiza en nuestras proposiciones. Conocemos el significado de una palabra cuando somos capaces de comprender lo que significa y de utilizarla correctamente. Pero esta capacidad del uso correcto implica la existencia de determinados procesos mentales, eidéticos; por ejemplo, la captación de relaciones de semejanza o analogía entre los objetos que pertenecen a un conjunto determinado. E igualmente implica la capacidad de explicar, aunque sea de un modo aproximado, las reglas que gobiernan el uso correcto de esa palabra. Dicho de otro modo, implica la capacidad de dar definiciones de nuestras palabras.

4.1.4. El significado como uso

El significado de un término o palabra no existe; sólo hay uso o usos de ese término o palabra. Ello concierne tanto a nombres propios como a proposiciones, etc. Para ninguna de tales expresiones lingüísticas hay un universo aparte que sean los significados; sólo ocurre que tales expresiones lingüísticas son usadas en varios contextos.

Esta teoría tiene la ventaje de suprimir las cuestiones relativas a la referencia, a la naturaleza de los procesos mentales y a las entidades “platónicas” llamadas significados. Tiene también el inconveniente de que puede acabar por disolver todos los significados en usos lexiocográficos, y éstos en situaciones lingüísticas concretas y determinadas. Para evitar este riesgo, los defensores de la teoría proponen la elaboración de una “lógica del funcionamiento de las expresiones”. El problema es si semejante “lógica” requiere algo más que una clasificación de usos.

4.2. SENTIDO Y REFERENCIA EN GOTTLOB FREGE

4.2.1. Introducción a Frege

Gottlob Frege (1848-1925), nació en Wismar (Pomerania, Alemania), estudió en Jena y fue profesor de matemáticas en esta universidad. Es el fundador de la lógica moderna y uno de los pensadores que más ha contribuido a conformar la filosofía del siglo XX. Tuvo una influencia decisiva en autores como Russell, Carnal, Wittgenstein y Husserl.

Su evolución filosófica se puede dividir en cuatro etapas, de las cuales es la tercera la que más nos interesa, puesto que es cuando desarrolla sus idea sobre semántica.

Su primera obra sobre Lógica matemática le hace merecedor del nombre de fundador de esta disciplina. Su primera obra importante, Begriffschrift (Escritura de conceptos, conceptografía o ideografía) (1879), inicia una nueva era lógica: el programa logicista o fundamentación lógica de la matemática. Frege presenta en esta obra una teoría de la deducción como sistema formal de lógica de enunciados, como cálucolo proposicional. En ella desarrolla los conceptos y métodos fundamentales de la lógica de enunciados y predicados. Quizás su contribución más importante sea la introducción de los cuantificadores. Frege afirma que todo lo que hay o es “objeto” o es “función”; se trata de las dos categorías fundamentales de la ontología fregeana. En Grundlagen der Arithmetik (1884) se realiza la fundamentación lógica de la aritmética.

Frege se acercó también a la semántica y filosofía del lenguaje a partir de 1891. Sus principales aportaciones en este terreno son la distinción que establece entre sentido y referencia y entre objeto y función, y el tratamiento de los conceptos y predicados como funciones.

Frege piensa que las cosas o son objetos o bien son funciones. Un objeto es, por ejemplo, una silla o una mesa, pero también lo verdadero, lo falso, así como los números. En cambio, “raíz cuadrada de”, “más alto que” y la “implicación” son ejemplos de funciones. A los objetos les corresponde lingüísticamente un nombre (expresión de objeto o “expresión saturada” según Frege) y a las funciones, una expresión de función (“expresión no saturada”). “París” es un nombre, mientras que “la capital de Francia” es una expresión de función, no saturada

El concepto es “una función cuyo valor es lo verdadero o lo falso”. Así, añadiendo el argumento “César” al espacio no saturado de la función “el emperador romano que conquistó las Galias”, la expresión recibe valor de verdad, se hace verdadera. Los conceptos son, pues, una clase de funciones. El objeto al que se refieren, Frege lo llama su REFERENCIA, mientras que al modo de referirse lo denomina SENTIDO.

Los nombres poseen sentido y referencia. Por ejemplo, tres expresiones nominales distintas, “Venus”, o “el lucero del alba” o “la estrella de la mañana” son tres maneras distintas de referirse a lo mismo, y tienen, por tanto, la misma referencia (el planeta Venus), aunque distinto sentido. Para los enunciados su referencia (su significado) es su valor de verdad; y su sentido, la idea que encierra

4.2.2. “Sobre sentido y referencia”

Nos detenemos en el artículo de Frege titulado Ueber Sinn und Bedeutung[3] (1892) que ha sido traducido como Sobre sentido y referencia o, también, Sobre sentido y significado[4]. Frege parte en este artículo del planteamiento y análisis del que denomina “paradoja de la identidad”[5] que consiste en preguntarse si es lo mismo decir estos dos enunciados o, por el contrario, en qué difieren:

a) “X=Y” (“X” es idéntico a “Y”)

b) “X=X” (“X” es idéntico a “X”)

En principio hay una diferencia clara entre ambos enunciados. La primera identidad, si es verdadera, aporta una información (para Kant sería un “juicio sintético”); la segunda, por el contrario, no aporta ninguna afirmación y es meramente tautológica (para Kant, un “juicio analítico”). La primera es una verdad empírica, mientras que la segunda es una verdad necesaria por tautológica.

Cabe entonces la pregunta: ¿Cómo es posible que de una verdad empírica obtengamos una verdad analítica empleando expresiones que denotan, en ambas expresiones, el mismo objeto? La respuesta de Frege es que las expresiones no sólo designan, sino que lo hacen de una manera determinada, y es esta forma la que las hace diferentes. Aunque hay expresiones que denotan el mismo objeto, se distinguen por su manera de hacerlo.

Frege denomina “referencia” (Bedeutung) a la cosa designada por la expresión, y llama “sentido” (Sinn) a la manera de designar a esa cosa, es decir, al modo de darse la referencia[6]. El sentido sería el modo o manera de designar que tiene un enunciado u oración. El Sinn significa la connotación y la Bedeutung significa la denotación. La referencia de una palabra es el objeto que designa mientras que su sentido es lo que expresa y la forma de hacerlo.

El sentido no es algo subjetivo o individual. No es nuestra representación del objeto referido. Es algo objetivo e independiente de la mente subjetiva[7]. Para Frege el sentido es la condición necesaria para que el lenguaje tenga referencia. Es condición necesaria pero no suficiente, pues una expresión puede poseer sentido pero carecer de referencias (ejemplo: puedo hablar de “unicornios verdes” sin que existan)[8]. Una expresión tiene sentido en tanto en cuanto expresa un modo de designar a un objeto existente o no.

La determinación de la referencia es extralingüística, pues se necesita recurrir a la realidad extramental y comprobar si nuestros modos de designación aluden o denotan efectivamente a objetos[9].

La teoría fregeana sobre sentido y referencia funciona muy bien en el caso de los nombres, sobre todo de los nombres propios. Su referencia es el objeto y su sentido es el contenido objetivo del pensamiento producido por ese nombre. El problema surge en los enunciados.

Frege comienza con los enunciados u oraciones asertivas que considera completos y continentes de pensamientos. Una oración declarativa o asertórica puede descomponerse en dos partes: sujeto y predicado; y éstas se diferencian en que el sujeto es completo o “saturado” mientras que el predicado es incompleto o “no saturado”. Un nombre tiene sentido completo por si mismo mientras que un predicado (p.e.: “es de color rojo”) no, es una expresión que se queda incompleta pues le falta un sujeto. El predicado lleva consigo un lugar vacío, pues sólo adquiere sentido cuando un nombre ocupa ese lugar vacío. Para Frege el predicado es una “función” que tiene como argumento el objeto designado por el sujeto y que adquiere como valores los dos valores veritativos: verdad o falsedad. La referencia de un predicado es, por tanto, un concepto, y éste es una función de un argumento cuyo valor es un valor veritativo. ¿Cuál es el sentido del predicado? No está claro, se podría decir –pero Frege no llega a decirlo- que es el criterio que nos permite dedicir si la función designada es verdadera o falsa.

En cuanto a la oración, Frege se pregunta también por su sentido y referencia. Hay oraciones cuyo sujeto carece de referencia, pero esto no nos impide saber lo que quieren decir, es decir, tienen sentido. El sentido de una oración es, dice Frege, el pensamiento que expresa, entendiendo por pensamiento “no la actividad subjetiva de pensar, sino su contenido objetivo, que es apto para ser propiedad común de muchos”. La referencia de una oración es su valor veritativo. Todas las oraciones verdaderas tienen una misma referencia: la verdad; y las oraciones falsas tienen como referencia la falsedad[10]. Los valores veritativos, verdad y falsedad, son objetos, y las oraciones son sus nombres.

Es en este punto cuando Frege se pregunta qué ocurre cuando la expresión sustituida es todo un enunciado; aquí entran en juego las diferencias en la estructura significativa de los enunciados del estilo directo e indirecto. Para Frege la referencia de un enunciado en estilo directo es otro enunciado, mientras que en estilo indirecto el enunciado se refiere a un pensamiento[11]. Ejemplos:

– “Me preguntó: ¿Qué quiere usted?”; Referencia: el enunciado que se hizo en su momento. Sentido: el pensamiento que acompaña a tal enunciado.

– “Pensó que podría hacerlo de ese modo”; Referencia: un pensamiento. Sentido: el sentido de las palabras componentes

Si Frege ha afirmado para los enunciados declarativos el valor de verdad como referencia, ahora cabe preguntarse si para los enunciados subordinados (los que aparecen en el estilo indirecto) hemos de considerar la misma referencia. Frege, apoyándose en la gramática, afirma que los enunciados subordinados son tales porque sustituyen a un nombre, a un adjetivo o a un adverbio; su referencia, por tanto, es aquello que designan, no un valor veritativo. Ejemplo: “Él creía que la tierra no era redonda”; la referencia de la subordinada “que la tierra no era redonda” no puede ser el valor de verdad de la afirmación y de hecho su falsedad no afecta a la verdad de la oración principal cuya referencia sí es el valor de verdad; si lo creía o no. La referencia de la subordinada es el”pensamiento” que creía él[12].

Al final de su ensayo, Frege retoma la paradoja de la identidad y la resuelve, ahora, sencillamente. La afirmación “X=Y” difiere de “X=X” en que expresan pensamientos distintos, en tanto que “X” e “Y”, aunque tengan la misma referencia, tienen sentidos distintos. Es lo que Frege llama diferencia en el “valor cognoscitivo”. Una afirmación tautológica o analítica no añade conocimiento mientras que una sintética o empírica sí. Las afirmaciones sintéticas se producen sustituyendo una expresión (nombre) en enunciados cuya referencia es la verdad, por otros de igual referencia. El valor veritativo del enunciado no varía, aunque el sentido sí[13].

4.2.3. Consideraciones críticas a Frege

a) La referencia (Bedeutung) no es parte intrínseca del significado de una oración. Las entidades designadas por las expresiones lingüísticas no son parte de lo que las expresiones en si mismas significan o connotan; es decir, que lo denotado no es una parte intrínseca de lo connotado.

b) El concepto de Sinn o sentido queda bastante confuso, incluso con la paradoja de que el sentido es lo que precisamente debe contribuir a determinar la referencia. En Frege se da una subjetivización del sentido, con lo que puede desembocar en el riesgo de un lenguaje subjetivista e individual.

c) Tampoco queda claro que la referencia de una oración sea su valor veritativo.

d) No se ve la necesidad de hacer de las oraciones declarativas un caso aparte, diferente de las oraciones no declarativas o de aquellas cuyo sujeto carece de referencia.

4.3. EL “GIRO LINGÜÍSTICO”: LA FILOSOFÍA “ANALÍTICA”

4.3.1. El “giro lingüístico”

Esta célebre expresión de “giro lingüístico” es de R.Rorty[14] y con ella se quiere expresar el cambio de perspectiva realizado en la mayoría de las corrientes filosóficas del siglo XX en las que el lenguaje y su análisis filosófico adquieren una gran importancia.

Es la corriente llamada “filosofía analítica” la que más ha tenido en cuenta el giro lingüístico. Los primeros filósofos analíticos conceden una importancia extraordinaria al análisis del lenguaje como método filosófico y llegan así a la convicción de que la mayoría de los problemas filosóficos desaparecen mediante el análisis del lenguaje.

El problema sacado a la luz por Frege sobre las limitaciones del lenguaje natural es uno de los factores que producen este giro lingüístico. Un lenguaje natural es un instrumento complejo y sofisticado, fruto de la evolución histórica, que utilizamos de modo satisfactorio para multitud de usos. Pero el lenguaje natural, por los prblemas que surgen en torno a su imprecisión, ambigüedad, polisemia, elipsis, etc., no es un lenguaje adecuado en determinados contextos como el científico.

Los lenguajes artificiales, como el de la lógica, aparecen como una solución científica a estos problemads de imprecisión del lenguaje natural. Estos lenguajes artificiales se caracterizan por estar expresamente construidos en un momento determinado para solucionar problemas concretos y están perfectamente definidos.

El giro lingüístico consiste fundamentalmente en entender que también para la filosofía el lenguaje natural es inapropiado. Si el pensamiento filosófico se expresa, como la lógica y las disciplinas científicas, en un lenguaje artificial y formal, será más fácil avanzar en dicho pensamiento. Frege es el primero que expone un lenguaje formal para la lógica lo suficientemente desarrollado.

Los posteriores filosófos analíticos como Russell y el Wittgenstein del Tractatus llegarán a afirmar que los mismos problemas filosóficos tienen su origen en un uso imperfecto del lenguaje que lleva a ciertas confusiones y al planteamiento de problemas que sólo son lingüísticos, que son inexistentes en la realidad, falsos problemas. Con la construcción de un lenguaje lógicamente perfecto se llegaría a la desaparición de los problemas filosóficos y, por tanto, a un cambio radical con respecto a la filosofía tradicional.

Para Wittgenstein el problema es que la filosofía tradicional intenta en muchas ocasiones traspasar las barreras de lo que se puede decir, del mismo lenguaje, hablando acerca de cosas de las que no se puede hablar. Hay que trazar unos límites al lenguaje, y para ello Wittgenstein propone que la única función del lenguaje debe ser describir la realidad y que hay una correspondencia entre lenguaje bien empleado y realidad. Por tanto, estudiando qué elementos componen un lenguaje lógicamente perfecto sabremos de qué elementos está compuesta la realidad. Las expresiones filosóficas son expresiones sinsentido pues utilizan el lenguaje sin mantener esta referencia a la realidad, sólo expresan cosas acerca de la naturaleza del mismo lenguaje y de la posible estructura del mundo. la filosofía debe ser una actividad que consista en el análisis lógico del lenguaje para distinguir entre lo que se puede decir y lo que no.

4.3.2. La Filosofía “Analítica”

El también llamado “análisis filosófico” es el conjunto de tendencias de filosofía del lenguaje resultado del giro lingüístico producido en las primeras décadas del siglo XX, que como característica común sostiene que los problemas filosóficos consisten en confusiones conceptuales, derivadas de un mal uso del lenguaje ordinario y que su solución consiste en una clarificación del sentido de los enunciados cuando se aplican a áreas como la ciencia, la metafísica, la religión, la ética, el arte, etc.

Para la mayoría de los analíticos la filosofía es una actividad, terapéutica o clarificadora, cuyo objeto es esclarecer el significado de los enunciados. Como dice Habermas se ha producido un “cambio de paradigma” (en términos de Th. Kuhn), al pasar de una “filosofía de la conciencia” (la cartesiana o la kantiana) o “epistemología” (que se basa en la diferencia sujeto-objeto) a una “filosofía del lenguaje”, en la que lo que importa son las relacionesd entre los enunciados y el mundo. En definitiva, la filosofía se convierte en una “teoría del significado”. La filosofía no se preguntará ya ¿qué es conocer? sino ¿qué queremos decir cuando se dice que conocemos algo?

4.3.3. Etapas de la filosofía analítica

a) Primera etapa: Russell, Whitehead, primer Wittgenstein.

La primera tarea analítica fue la fundamentación lógica de la matemática, emprendida por Russell y Whitehead con la publicación sobre todo de la obra conjunta Principia mathematica (1910-1913) que, continuando la labor de Frege, funda el lenguaje riguroso de la lógica que permite evitar las ambigüedades y confusiones del uso del lenguaje ordinario.

L. Wittgenstein, en el Tractatus Logico-Philosophicus (1921), se dedica a la estructura lógica del lenguaje y se centra en la cuestión de “lo que podemos decir” o “lo que podemos hablar”. Russell y Wittgenstein comparten el “atomismo lógico”, según el cual mundo y lenguaje muestran una misma estructura común o “figura lógica”, o “forma lógica”. La realidad sólo se comprende a través del lenguaje, porque éste es reflejo de la realidad[15]. El conocimiento no consiste más que en el análisis del lenguaje.

Este análisis del lenguaje se confía, en un primer momento, a la lógica sistematizada en los Principia mathematica, es decir, a un lenguaje formal de lógica de enunciados y predicados, con el que Russell reduce los enunciados compuestos a enunciados simples a fin de descubrir en ellos los elementos simples (átomos) que se corresponden con los hechos simples del mundo o con los hechos atómicos (Wittgenstein).

b) Segunda etapa: Carnap, Círculo de Viena

La segunda fase de la filosofía analítica nace con la profunda influencia ejercida por el Tractatus en el Círculo de Viena, donde surge el neopositivismo. Éste añade al movimiento analítico una clara postura antimetafísica al establecer la verificabilidad como criterio de significado, considerando que todo enunciado metafísico carece de sentido, una vez sometido al análisis lógico[16].

W.V.O. Quine habla de “ascenso semántico” en esta fase, es decir, en vez de hablar de cosas y objetos, se habla “del lenguaje con que hablamos de las cosas” para evitar las complejas cuestiones que se refieren a la misma existencia de las cosas.

c) Tercera etapa:

Con la vuelta de Wittgenstein a Cambridge en 1929 se comienaz el cambio en su filosofía conocido como el “segundo Wittgenstein”. La obra clave de este pensamiento y que inicia esta tercera etapa es Investigaciones filosóficas (obra póstuma de 1952), que se centra, no en el análisis lógico del lenguaje, sino en los usos cotidianos del llamado lenguaje ordinario.

Gödel critica también en estos años el formalismo lógico. Surge así una nueva filosofía analítica llamada del “lenguaje ordinario” que quiere tener en cuenta la pragmática del lenguaje y contempla a éste, no en su aspecto de reflejo especular de la realidad, sino en una perspectiva más amplia, como una actividad y hasta “una forma de vida”.

El análisis del lenguaje no ha de buscar su reinterpretación según un análisis o cálculo lógico, sino su esclarecimiento a través del reconocimiento de las características naturales del lenguaje vivo. El desarrollo de este esclarecimiento deja ver múltiples “juegos del lenguaje”, diversas funciones en el mismo, y la pluralidad de usos y contextos lingüísticos.

Este filosofía analítica, heredera del segundo Wittgenstein, se desarrolla en los años cincuenta, sobre todo, en la llamada Escuela de Oxford. Rorty, siguiendo a Quine, Putnam y Davidson, considera ya liquidado el supuesto fundamental de los analíticos: el carácter representacional del lenguaje mismo, el valor del significado.

La filosofía no tiene como misión fundamentar el conocimiento, tampoco analizar lógicamente el lenguaje, sino simplemente describir determinados problemas humanos y escribir acerca de ellos sin un perfil excesivamente definido, con la misión, no más esencial que la de las demás especialidades humanísticas (historia, crítica literaria, poesía, etc), de participar, como una más, en lo que Rorty llama la “conversación de Occidente” o “conversación de la humanidad”

4.4. PRINCIPALES TEORÍAS ACTUALES DEL SIGNIFICADO

4.4.1. Introducción: ¿qué es una teoría del significado?

Ferdinand de Saussure define al significado, en oposición al significante, como “el concepto o contenido del signo lingüístico”. El contenido de una palabra, su valor, es el resultado de su posición en el sistema, “esta determinado por el concurso de lo que existe fuera de ella”. L. Hjelmslev, en la Glosemática, sustituye “significado” por “contenido” y distingue entre sustancia y forma del plano del contenido.

En los años 50 y 60 del siglo XX se realizaron ataques muy duros a la noción tradicional de “significado”. Quine afirma que esta noción carece de criterios empíricos de aplicación y es, por ello, inaceptable en la elaboración de una teoría que nos proporcione conocimiento auténtico. Putnam[17] exige que se explique “significado” por otras nociones bien definidas. Tarski propone una teoría de la verdad cuya construcción depende de la empresa epistemológica de la interpretación radical. Davidson pierde ya el afán por un lenguaje lógicamente perfecto. Todo esto muestra la necesidad de concretar cuáles son las posturas filosóficas básicas en torno a la noción de significado.

Ferrater distingue cuatro concepciones o teorías del significado: la teoría referencial, la ideacional, la conceptualista y la teoría de los significados como usos. Ya abordamos estas concepciones más arriba, ahora vamos a encuadrar a los autores del siglo XX en estas posturas ofreciendo sus teorías

4.4.2. La teoría referencial

Se ha pensado que toda expresión significativa nombra a algo o a alguien o, por lo menos, que está en lugar de algo o de alguien, y tiene con ellos una relación del tipo de la de nombrar (designar, rotular, referirse a, etc.). Ese algo o alguien al que se hace referencia no tiene que ser una cosa particular concreta y observable, podría tratarse de una clase de cosas (por ejemplo de los “sustantivos comunes” como ‘perro’), de una cualidad (‘perseverancia’), de una situación (‘anarquía’), de una relación (‘poseer’), etc. En realidad lo que se supone es que, en relación con toda expresión significativa, podemos entender qué quiere decir que ésta tenga un cierto significado, sin más que observar que hay algo o alguien a los que se refiere: “Todas las palabras tienen significado, en el sentido simple de que son símbolos que están en lugar de algo distinto de ellas mismas”[18].

Hay una versión más elemental de la teoría referencial. Ambas versiones suscriben la afirmación de que para que una expresión tenga un significado debe referirse a algo distinto de ella misma, pero las dos versiones sitúan el significado en áreas diferentes de la situación referencial. La versión más elemental considera que el significado de una expresión es aquello a lo que esa expresión se refiere; el punto de vista más sofisticado es el de que el significado de una expresión debe identificarse con la relación entre la expresión y su referente, esto es, que lo constitutivo del significado es la conexión referencial.

Ninguna teoría referencial será suficiente para dar cuenta completa del significado a menos que sea verdad que todas las expresiones lingüísticas significativas se refieren a algo. Sin embargo, parece que las conjunciones y otros componentes del lenguaje que desempeñan una función esencialmente conectiva – palabras como ‘y’, ‘si’, ‘es’, ‘por cuanto’ – no se refieren a nada. Los teóricos de la referencia responden a esta objeción, por lo general, negando que los términos “sincategoremáticos” tengan significado “aisladamente”, o que estos términos puedan tener significado aisladamente, o que estos términos puedan tener significado en el sentido más tosco en que se afirma que los sustantivos, adjetivos y verbos lo tienen.

Las teorías de la referencia pueden dividirse en dos grandes grupos: teorías de la referencia directa (o teorías causales de la referencia; sus representantes más destacados son Kripke y Putnam) y teorías descriptivas de la referencia (sus representantes más destacados son Frege, el Wittgenstein del Tractatus y Russell). En las teorías de la referencia directa se defiende la posibilidad de la referencia como una relación entre el signo y el objeto, que no viene mediada pro ningún tipo de contenido descriptivo. El conocimiento del hablante no es suficiente, ni necesario, para explicar la referencia. La expresión lingüística consigue denotar el objeto de la realidad extralingüística directamente. Esta relación directa entre el lenguaje y el mundo viene posibilitada por las conexiones causales de los hablantes entre sí y con el mundo natural.

Por su parte, las teorías descriptivas de la referencia establecen un vínculo tal entre el nombre y las descripciones que éstas vienen a constituir su definición. De la misma manera que el predicado “soltero” se define como “persona no casada”, el nombre propio “Cleopatra” se podría definir como “última reina egipcia de la dinastía ptolemaica”.

a) Antecedentes de la teoría referencial: la teoría semántica de fray Luis de León

Para Fray Luis de León, las cosas, además del ser real que tienen en sí, poseen otro ser del todo semejante al real, pero más delicado que él y que nace, en cierta manera, de él. La verdad reside en el ser real; la imagen de la verdad, en nuestra boca y en nuestro entendimiento, cuando corresponde al ser real. Por ejemplo, si se juntan muchos espejos y los ponemos delante de los ojos, la imagen del rostro, que es una, reluce una misma y en un mismo tiempo en cada uno de ellos. El ser real en sí -en este caso, el rostro- es “uno e idéntico”, pero se multiplica como imagen en cada espejo. De igual manera acontece entre el ser real en sí y la mente de los hombres. En ésta, como en los espejos, se hacen “imagen” las cosas y, por ello, es “una” con dichas cosas, de modo que “la silla de la unidad venza y reine sobre todo”. La realidad -el ser real en sí- configura su imagen en la mente humana, su “eidos”, pero dicta, a la vez, su nombre a la boca. El nombre, entonces, contiene la imagen del ser real en sí. Fray Luis de León define el nombre como aquello mismo que se nombra, no en el ser real y verdadero que tiene, sino en el ser que le da nuestra boca y entendimiento. El nombre, pues, es una palabra breve, que se sustituye por aquello de quien se dice y que se toma en lugar del ser verdadero real al que remite o designa.

Hay dos tipos de nombre: los que son imágenes por naturaleza -que están en el alma- y los que fabricamos nosotros por arte. El nombre por naturaleza corresponde a la imagen y figura que en el alma sustituye al ser real en sí por la semejanza natural que con él tiene. En cambio, el nombre por arte es el que fabrican los hombres por medio de la palabra, al señalar para cada cosa la suya, sirviendo así de sustitutos de las mismas.

Las imágenes por naturaleza son los mismos objetos, en cuanto pensados, las copias de lo real que los objetos dejan en el espíritu. Estas imágenes por naturaleza son los verdaderos nombres en sentido riguroso y exacto. Sin embargo, las voces, las palabras -imágenes por arte– son también calificadas y conocidas como “nombres”. Pero su adecuación con lo real no está garantizada, pues es cosa puramente humana y, por tanto, sólo aproximativa; son obra del saber, la costumbre, educación y mil influencias artificiales y exteriores.

b) Bertrand Russelln y el “atomismo lógico”

Russell elaboró una teoría radicalmente referencialista, que supone que a cada categoría lógico-lingüística le corresponde una categoría ontológica. Sostuvo la doctrina conocida como “atomismo lógico”[19], que es una combinación de empirismo radical y lógica. La doctrina del atomismo lógico sostiene que la estructura de las frases (su gramática o sintaxis) guarda relación con la estructura de los hechos. Así como el lenguaje es descomponible en unos elementos últimos, también la realidad lo es. Tales elementos no tienen carácter físico, sino lógico; son entidades inanalizables por el pensamiento.

La relación semántica básica es una relación de correspondencia entre lenguaje y realidad. Esta relación de correspondencia se expresa a través de dos relaciones que ligan el lenguaje con el mundo: nombrar y representar. Nombrar es la relación propia de los nombres y representar la de los enunciados. Entre los enunciados y el mundo existe una especie de paralelismo o isomorfía: del mismo modo que los enunciados se componen de proposiciones atómicas, la realidad se compone también de hechos atómicos.

Las lenguas naturales son imperfectas e incluso engañosas, pero el filósofo puede poner de relieve su estructura o “forma lógica” descomponiendo los enunciados en sus elementos genuinos. Russell distinguió dos tipos de enunciados o proposiciones: atómicas y moleculares.

Mientras que las proposiciones moleculares se componen de atómicas, estas últimas se corresponden o representan hechos atómicos. A diferencia de las oraciones, los nombres no representan sino que tienen como función referir a entidades particulares. Esta tesis, de carácter semántico, es completada por Russell por una tesis epistemológica de carácter empirista: sólo conocemos las entidades particulares de modo directo, por familiaridad.

La semántica de Russell está ligada a su teoría del conocimiento, según la cual el conocimiento de la realidad es reducible a un conocimiento directo de los componentes de la realidad. Russell distingue dos tipos básicos de conocimiento: por descripción y por familiaridad. Casi todo lo que conocemos, lo conocemos por descripción. En este conocimiento partimos de datos sensoriales y construimos un conocimiento de las cosas, apoyados en la memoria y en el conocimiento de ciertas verdades físicas. A diferencia de este tipo de conocimiento, existe otro modo de conocimiento que es directo y que Russell denomina por familiaridad. Es el conocimiento de los datos sensibles y fundamenta el conocimiento por descripción. Se da cuando hablamos de “esto” referido al objeto inmediatamente presente, como cuando decimos “esto es blanco”.

Según Russell, hemos de distinguir entre los nombres propios ordinarios y los nombres lógicamente propios. Los nombres lógicamente propios designan entidades que son conocidas por familiaridad, es decir, de modo directo. Los nombres propios ordinarios nombran generalmente objetos conocidos por descripción. En realidad no son más que descripciones abreviadas. Su referencia es indirecta, a través de las descripciones abreviadas. Por último, el referente de las expresiones predicativas es la propiedad o relación que designan.

c) La teoría de las descripciones de Russell

Russell mostró que la versión elemental de la teoría referencial es inadecuada, ya que dos expresiones pueden tener diferentes significados pero un mismo referente. Russel pretende dotar al pensamiento de una herramienta lógica capaz de representar de manera fidedigna la realidad. Frege había abierto el camino en esta búsqueda, pero Russell encuentra obstáculos insalvables en la teoría fregeana. Russel pretende elaborar una nueva teoría del significado, en la que el sujeto lótgico no se confunda con el sujeto gramatical. Para este autor, Frege, en su definición de “nombre propio”, había identificado ambos sujetos. Russell considera que si se aceptan los nombres propios de Frege no pueden solucionarse las paradojas que se dan en oraciones como “el actual rey de Francia es calvo”.

Tomé para mi argumentación, dice Russell[20], el contraste entre el nombre “Scott” y la descripción “el autor de Waverley”. El enunciado “Scott es el autor de Waverley” expresa una identidad y no una tautología. Jorge IV quiso sabe si Scott fue el autor de Waverley, pero no quería saber si Scott era Scott. Si bien esto es perfectamente inteligible para todo el mundo, aunque no haya estudiado lógica, presenta un conflicto para el lógico. Los lógicos piensan (o solían pensar) que si dos frases denotan el mismo objeto, una proposición que contenga a una de ellas puede ser reemplazada siempre por una proposición que contenga a la otra, sin dejar de ser verdadera, si era cierta, o falsa, si era falsa. Pero, como acabamos de ver, podéis convertir una proposición verdadera en falsa sustituyendo “el autor de Waverley” por “Scott”. Esto demuestra que es necesario distinguir entre un nombre y una descripción. Scott es un nombre, pero “el autor de Waverley” es una descripción ()

Las descripciones definidas están formadas por un artículo determinado seguido de un sustantivo o de una frase que funciona como tal, que corresponde a una cierta propiedad. Por ejemplo, «El autor del Quijote», que describe la propiedad de haber escrito el Quijote. Una descripción sirve para seleccionar un objeto de nuestro universo de discurso (del conjunto de cosas de que estamos hablando) al señalar una propiedad poseída en exclusiva por este objeto (Cervantes como autor del Quijote). Ahora bien, cuando pensamos que las descripciones tienen que referir inexorablemente a algo, pueden ser fuente de problemas.

Por ejemplo, si yo hablo del «actual rey de Francia» o del «cuadrado redondo», Meinong y Husserl dirían que si bien no existen del modo en que lo hace «el autor del Quijote», al menos estas entidades fantásticas subsisten. Russell piensa que la idea de objetos inexistentes, aunque subsistentes, es difícilmente admisible. De lo que se trataría es de encontrar un medio de obtener, sin ellas, lo que se obtiene con ellas; es decir, traducirlas y analizarlas como símbolos incompletos que son.

Otra objeción a la teoría de la referencia a objetos sería que, según Russell, amenazarían el principio de tercero excluso. Así, en la oración «El actual rey de Francia es calvo». Si enumerásemos las cosas calvas que hay en el mundo, no hallaríamos al actual rey de Francia, ni en ese conjunto ni en el conjunto de las cosas no calvas. Así, las oraciones A y B serían falsas:

A) El actual rey de Francia es calvo

B) El actual rey de Francia no es calvo

Hay, pues, que analizar estas proposiciones como símbolos incompletos. El uso del artículo determinado singular «el», para Russell, sería el siguiente: si tenemos la oración «El actual rey de Francia», lo que decimos es: la función proposicional «x es rey de Francia actualmente» es verdadera exactamente para una valor de la variable x. Si ahora sustituimos «El actual rey de Francia» por un valor real, obtendremos una función proposicional en la que se han eliminado los símbolos incompletos anteriores y se han sustituido por funciones proposicionales. La función proposicional

C) x es rey de Francia en la actualidad

es verdadera para exactamente un valor de x, y la función proposicional «x es calvo» es verdadera para ese valor de x.

En un primer momento, parece que hemos salido de la dificultad de que una descripción refiera a objetos al sustituirla por funciones proposicionales, pero veremos que no es así.

Tomemos B) (El actual rey de Francia no es calvo). Esto puede significar dos cosas:

B.1) De el actual rey de Francia es cierto esto: no es calvo

B.2) No es cierto esto: el actual rey de Francia es calvo

Pues bien, A) y B) son contradictorias cuando B) tiene el sentido de B.1). Ambas dicen que hay un individuo que es el actual rey de Francia, y mientras una dice que es calvo, la otra lo niega.

B.2) niega que se den conjuntamente las condiciones de que un individuo sea a la vez rey de Francia y calvo y, en ese sentido, es contradictoria con C) (que habíamos traducido a función proposicional). Pero puesto que c expone pormenorizadamente el contenido de B.1), B.1) y B.2) son contradictorias, con lo cual queda libre de duda el principio de tertio excluso.

En resumen, la teoría de las descripciones posibilita «la renuncia a entidades fantásticas tales como el cuadrado redondo o el actual rey de Francia». Introduce economía en nuestra imagen del mundo y en nuestro inventario de él, ya que imagina una vía para regular las conclusiones que acerca de las cosas inferimos del uso del lenguaje, nos ayuda a perfilar una idea de realidad.

El punto esencial de la teoría de las descripciones es que una frase puede contribuir al significado de una oración sin tener significado en absoluto aisladamente

En el caso de las descripciones hay una prueba clara de esto: si “el autor de Waverley” significara cualquier otra cosa en vez de “Scott”, “Scott es el autor de Waverley” sería falso, que no lo es. Si “el autor de Waverley” significa “Scott”, “Scott es el autor de Waverley” sería una tautología, que no lo es. Por tanto, “el autor de Waverley” no significa “Scott” ni cualquier otra cosa; es decir “el autor deWaverley” no significa nada, quod erat demostrandum[21] .

El punto esencial de la teoría es que, aunque una expresión sin significado pueda ser gramaticalmente el sujeto de una expresión con significado, tal proposición, cuando se analiza correctamente, deja de tener tal sujeto. Por ejemplo, la proposición “la montaña de oro no existe” se convierte en “la función proposicional ‘x es de oro y una montaña’ es falsa para todos los valores de x”.

d) La teoría figurativa del significado: el Tractatus de Wittgenstein

Según la teoría figurativa, una proposición es una figura o representación de una parte de la realidad. Más específicamente, una proposición es una figura -una maqueta- de una situación real o hipotética. Por ello, comprender una proposición es comprender la situación o estado de cosas que representa. Quien entiende lo que dice una proposición sabe qué hecho describe esa proposición en el caso de ser verdadera, pues su sentido es la situación que dibuja o de la que es figura.

Las proposiciones son entendidas como algo articulado lógicamente: expresan un “pensamiento” mediante un orden determinado. Una proposición es figura de una situación por compartir con ella la misma forma lógica. Lo que la proposición tiene en común con la realidad es la forma lógica o estructura común.

clip_image002 En el Tractatus hay una exigencia de isomorfía entre el lenguaje y el mundo. El constituyente último del mundo son los objetos o cosas; los objetos son simples y forman parte de los estados de cosas. Por eso dice Wittgenstein que “lo que acaece, el hecho, es la existencia de estados de cosas”. El conjunto de hechos constituye la realidad. El lenguaje debe reflejar esto y, con este fin, usa los nombres para los objetos; con las proposiciones simples describe los estados de cosas y con las proposiciones complejas los hechos.

Tiene que haber proposiciones elementales por razones puramente lógicas. Es la exigencia de determinación del sentido la que mueve este proceso. Por ello en el ámbito lógico se llega a unidades elementales, que contengan afirmaciones básicas acerca de la realidad. Estas unidades elementales se componen de signos simples como nombres de los objetos. El que lenguaje y realidad tengan la misma forma lógica posibilita la relación de los elementos de la proposición con las cosas de la realidad; y las relaciones entre elementos con relaciones entre las cosas de la situación representada.

Entre los elementos de la proposición y los elementos de la realidad hay una relación isomórfica: a cada elemento de la proposición debe corresponder un elemento de la realidad y uno sólo; y siempre que los elementos de una proposición guarden alguna relación entre sí, sus imágenes han de guardar la relación correspondiente. Los elementos de la proposición son los nombres y las constantes lógicas. Los signos simples o nombres representan objetos. Su significado es el objeto en lugar del cual están las proposiciones. Las constantes lógicas no son representantes de nada; no son nombres; no hay una lógica de los hechos, sino sólo de las proposiciones.

¿Y qué son los objetos a los que se refieren los nombres? Wittgenstein dice que son algo simple, los últimos constituyentes de todo. Se trata de átomos no físicos, sino lógicos del mundo, que se combinan y forman estados de cosas o situaciones. La admisión de los objetos responde al postulado de lo simple, lo fijo, lo existente, requerido como firme por un lenguaje absolutamente preciso. La verdad o falsedad de las proposiciones exige que los nombres tengan una referencia fija e inequívoca.

El lenguaje y el mundo no pueden entenderse como realidades separadas y contrapuestas. El lenguaje pertenece al mundo. No podemos vernos a nosotros mismos fuera del mundo y del lenguaje. «Las proposiciones pueden representar toda la realidad, pero no pueden representar lo que tienen que poseer en común con la realidad para poder representarla -la forma lógica. Para poder representar la forma lógica deberíamos poder situarnos nosotros mismos junto con las proposiciones en algún lugar que esté fuera de la lógica, es decir, fuera del mundo» (4.12).

De la imposibilidad de hablar con sentido de la forma lógica extrajo Wittgenstein multitud de consecuencias. La más importante es la ilegitimidad de cualquier disciplina que pretenda hablar del sentido de las proposiciones. De ají también la ilegitimidad del propio Tractatus en cuanto que pretende decir algo sobre la naturaleza del lenguaje.

Wittgenstein distingue dos funciones semánticas en una proposición. Por una parte lo que una proposición afirma, que los hechos son de un modo determinado. Por otro lado, lo que una proposición muestra, esto es, cómo son los hechos. Por ejemplo, en el caso del cuadro titulado La rendición de Breda, el título dice lo que en el cuadro es mostrado. El título describe el hecho que el cuadro muestra a través de su forma. Entre decir y mostrar no hay conexión: una proposición no puede decir nada de cómo se muestra un determinado hecho, no puede afirmar nada sobre su propio sentido. «La proposición no puede representar la forma lógica; ésta se refleja en aquélla. Lo que en el lenguaje se refleja, el lenguaje no puede reflejarlo. Lo que en el lenguaje se expresa, nosotros no podemos expresarlo por el lenguaje. La proposición muestra la forma lógica de la realidad, la exhibe» (4.121).

La imagen del lenguaje que late en esta concepción es el lenguaje como medio universal. La tesis característica es que no podemos adquirir una posición de privilegio desde la cual proceder a examinarlo. Es más, puesto que “los límites del lenguaje son los límites de mi mundo” y “la lógica llena el mundo; los límites del mundo son también sus límites”, el modo en que me represente el mundo dependerá de los recursos que el lenguaje ponga a mi disposición. El lenguaje viene a dictar entonces las condiciones bajo las cuales hablamos del espacio lógico.

e) El criterio empirista de la significatividad: el neopositivismo lógico

Son varias las razones por las cuales ha parecido aceptable, o incluso necesario, un criterio empirista. La más importante es quizá la siguiente: si consideramos que la significatividad depende en cierto modo de las expresiones que se conecten con aspectos del mundo extralingüístico al cual se refieren, ¿cómo es posible esa conexión?. No es que un determinado esquema de sonido esté más relacionado con un aspecto del mundo que con otro en virtud de sus características intrínsecas, y es difícil suponer que esos vínculos sean innatos a la mente humana. (Si así fuera, todos los hombres hablarían la misma lengua). La única alternativa parecería ser la de que esos vínculos se establecen por medio de la experiencia, a través de repetidos apareamientos de la expresión con aquello en cuyo lugar está, de acuerdo con la experiencia del que aprende.

Otra argumentación es esta: ¿qué razones podría tener yo para suponer que un tercero asigna el mismo significado que yo a una determinada expresión?. Cada uno de nosotros podría producir una definición verbal de la expresión, pero esto permitiría alcanzar la conclusión deseada sólo si suponemos que ambos usamos de la misma manera las palabras de la definición (y, también, que ambos entendemos de la misma manera la forma oracional ‘Dar una definición de…’). Y la cuestión de si este supuesto es o no verdadero es exactamente del mismo tipo que aquélla a la que pretendíamos dar respuesta. Habría quizá una manera de salir fuera de este círculo si, en algunos momentos, pudiéramos contrastar la hipótesis del significado común sin necesidad de apoyarnos en la comunidad de significado respecto de otras expresiones. Pero ¿cómo podría hacerse esta contrastación sino investigando la manera en que la expresión se apareja o no con los objetos experimentados en la actividad verbal de cada uno de nosotros? Esto significa, pues, que esas contrastaciones son posibles sólo si es necesario para la significatividad el que existan esos apareamientos.

La formulación clásica del criterio empirista de significado es la siguiente: una palabra adquiere un significado al asociarse con una determinada idea de manera tal que la aparición de la idea en la mente da salida a la emisión de esa palabra y, a su vez, la audición de la palabra tiende a provocar la aparición de esta idea en la mente del oyente. todas las ideas son copias o transmutaciones de copias de las impresiones de los sentidos. Por tanto, una palabra puede tener significado sólo si se ha establecido una asociación entre esa palabra y una idea derivada de la experiencia sensorial. En este sentido todo significado se deriva necesariamente de la experiencia de los sentidos.

En todas las formas del empirismo excepto en la más ingenua, el lenguaje se divide en niveles o estratos semánticos. El nivel fundamental está constituido por las palabras que adquieren su significado a partir de su asociación con elementos que pueden experimentarse directamente. Se sigue de aquí que, para poder adquirir un significado, las otras palabras deben poder definirse en términos de las palabras del primer nivel y, además, probablemente, en términos de otras palabras que hayan sido ya definidas. Algunas palabras adquieren su significado a partir de la experiencia más directamente que otras, pero en cualquier caso, directa o indirectamente, la experiencia es la fuente del significado para todas las palabras.

Los positivistas lógicos introdujeron en primer lugar el principio de que para que uno pudiese hablar con sentido se debería poder especificar una manera de verificar empíricamente lo que se decía; en otras palabras, debía ser posible especificar qué observaciones podían incidir en contra o a favor de la verdad de lo que se decía.

Cuando los positivistas imponen la verificabilidad como condición de la significatividad no están con ello afirmando que sólo sean significativas las oraciones que han sido verificadas. Los positivistas admiten que hay oraciones perfectamente significativas que no han sido contrastadas todavía, e incluso enunciados significativos cuya contrastación es de momento imposible. Al exigir verificabilidad, los positivistas exigen simplemente que sea posible especificar cómo podría ser esa prueba empírica, no pretenden que la prueba se haya llevado a cabo. Verificabilidad es posibilidad de verificación.

En tanto en cuanto podamos proporcionar una especificación inteligible de las observaciones que establecerían la verdad o la falsedad de ese enunciado, habremos satisfecho el criterio de verificabilidad del significado.

Del acuerdo con el uso que los positivistas hacen del término ‘verificabilidad’, verificabilidad es en realidad equivalente a la disyunción ‘verificable o falsable’, es decir, ‘susceptible de que pueda decirse que es verdadero o falso’. Por tanto, lo que realmente se exige es que una determinada oración sea susceptible de contrastación empírica.

Una oración es significativa si y sólo si puede contrastarse empíricamente.

Las primeras formas del criterio de verificabilidad exigían la completa verificabilidad, es decir, no podía admitirse que una oración fuera significativa a menos que fuese posible especificar una manera de mostrar conclusivamente, por medio de datos empíricos, que esa oración era verdadera o falsa. Enseguida se vio que esta exigencia era demasiado fuerte, puesto que excluía, por ejemplo, todas las generalizaciones que carecen de restricciones. Los positivistas modificaron este criterio de modo que requiriese tan sólo la especificación de observaciones que incidiesen en contra o a favor del enunciado, que sirviesen para confirmarlo o negarlo en alguna medida.

f) El verificacionismo en Ayer

Para Ayer, “un enunciado es literalmente significativo si, y sólo si, es analítico o empíricamente verificable”. Por literalmente significativo, Ayer entendía “susceptible de ser mostrado verdadero o falso”. Las proposiciones de la ciencia son de dos tipos: analíticas y empíricamente verificable. De este modo, la ciencia se constituye o bien en matemática y lógica formal, o en dato factual verificable.

¿Cómo una proposición carente de contenido empírico puede ser verdadera, útil e, incluso, sorprendente? Ayer, ante esta pregunta, se niega a buscar refugio en el racionalismo y mantener la tesis de este en su aseveración de que la razón sea fuente de conocimiento, independientemente de la experiencia y más válida, incluso, que ella. Por tal causa, intentará demostrar que las proposiciones analíticas o bien no son acerca del mundo, o bien no son verdades necesarias, ya que para él no se dan “verdades de razón”.

Los enunciados analíticos se verifican o falsan simplemente apelando a las definiciones de los signos usados en ellos. Si resultan ser tautologías, son verdaderos; si resultan contradictorios, son falsos. Se trata del mismo planteamiento kantiano. Las proposiciones analíticas no nos dicen nada sobre la realidad, ya que son independientes de ésta. ¿Por qué, entonces, estas proposiciones analíticas no resultan absurdas como las de la metafísica? ¿Cuál es su valor? Según Ayer, estas proposiciones poseen cierta capacidad de sorpresa y nos son valiosas en tanto en cuanto nos hacen caer en la cuenta sobre el uso de ciertos símbolos que antes no apreciábamos con claridad. No aumentan nuestro conocimiento, pero hacen más fácil el camino de la invención.

Todos los demás enunciados significativos pueden ser verificados o falsados mediante las observación empírica. Las proposiciones empíricas “son todas y cada una, hipótesis que pueden ser confirmadas o desautorizadas por la experiencia sensorial real […] no hay proposiciones finales”. Lo que la experiencia debe confirmar o refutar no es una mera hipótesis, sino todo un sistema de hipótesis que, por tanto, siempre se encuentra sometido a cambios posibles según las corroboraciones empíricas que se lleven a cabo. La función de tal sistema de hipótesis es la de predecir anticipadamente experiencias, sensaciones futuras. En caso de que nuestras expectativas respecto a dichas hipótesis se cumplan, se habrán verificado. Es decir, hecho verdad. En caso contrario, resultarán falsas. De este modo, nuestras verdades empíricas nunca serán absolutamente válidas. Siempre existirá la posibilidad de hallar una experiencia que las contradiga. Al menos, en teoría. Por ello, la observación aumenta el grado de confianza con el que es razonable mantener una hipótesis. Y, en consecuencia, “la racionalidad de una creencia se define no en relación a una norma absoluta, sino en relación a una parte de nuestra propia práctica real”. Nada que no sea verificable puede caer en el ámbito de la verdad. Pero, ¿qué es verificable? Lo verificable es aquello que entra dentro de los contenidos sensoriales. Entonces, los objetos materiales aparecen como construcciones lógicas a partir de lo sensorial.

g) Verificación y semántica en Carnap

El principio de verificabilidad

Hay que distinguir dos órdenes de verificación: directa e indirecta. Si un enunciado, por ejemplo, afirma algo respecto a una percepción actual, pongamos por caso “en estos momentos yo veo un cuadro rojo sobre un fondo azul”, entonces el enunciado puede probarse directamente acudiendo a mi percepción actual. En la verificación de tipo indirecto se trata de proposiciones que no son verificables en sí mismas, pero que sí lo son mediante verificación directa de otras proposiciones ya verificadas con anterioridad.

Por ejemplo: sea el enunciado E1: “Esta llave está hecha de hierro”. Entre los diversos modos de verificar E1 se encuentra el de índole magnética. Por experiencias anteriores está comprobado que un imán atrae a los objetos de hierro. Entonces puede inferirse que “esta llave es de hierro” siguiendo este modelo de razonamiento:

E1 Esta llave está hecha de hierro (Proposición, cuyo contenido quiere ser verificado)

E2 Si un objeto de hierro es colocado cerca de un imán es atraído por éste (Dato físico perteneciente ya a experiencias comprobadas, verificadas)

E3 Este objeto -una barra- es un imán. (Dato igualmente comprobado y verificado por experiencias previas)

E4 La llave es colocada cerca de la barra o imán (Dato que nosotros constatamos mediante observación directa)

E5 La llave es ahora atraída por el imán o barra (Conclusión que se verifica igualmente de modo directo)

Si se analiza este proceso, en seguida salta a la vista que no sale nunca de la dimensión experimental y que consta de dos clases de proposiciones: las ya verificadas y certificadas por experiencias previas de la ciencia (E2, E3) y las verificadas inmediatamente por nosotros (E4, E5). La proposición E1 no era directamente verificable. ¿No se construyen también llaves de oro, bronce o plata? ¿Cómo hacer verdadera -verificar- nuestra proposición E1? Los enunciados E2 y E3, pertenecientes de antemano a lo ya comprobado científicamente, posibilitan una constatación empírica que se expresa en E4 de la que se infiere que la llave está hecha de hierro. Caso contrario, el científico o habría de negar que el hierro fuera elemento constitutivo de la llave, o buscar alguna explicación plausible del dato negativo experimental. Y cuantas más sean las experiencias positivas tanto más se acercará el científico a una certeza “casi absoluta”.

De esta manera, toda aseveración científica debe afirmar algo acerca de percepciones actuales o acerca de otra clase de observaciones y, entonces, es verificable por ellas; o bien afirmar enunciados acerca de futuras experiencias que se infieren de la unión de datos científicos u otros que se someten a constatación empírica. Todo aquello que caiga fuera de esta dimensión, no pertenece a la ciencia. Su lenguaje no es significativo, científicamente hablando. La ciencia, pues, es un sistema de hipótesis verificables que, en última instancia, tocan la realidad. Y todas las proposiciones de su lenguaje expresivo son reducibles a “enunciados atómicos”, “juicios de percepción”, “proposiciones protocolares” que son propiamente las empíricas en sentido estricto.

La conclusión de este análisis añadía a la división clásica de proposiciones analíticas y sintéticas otro tipo de proposiciones, propias en particular de la metafísica: las carentes de significación que, como tales, eran meramente expresivas de pseudoproblemas. El lenguaje filosófico es de esta naturaleza vacío de significado e indecible según los cánones de la ciencia. ¿Cómo fue posible este grave equívoco multisecular de la cultura?. Según Carnap, tomando como punto de partida unas estructuras lógicas y gramaticales correctas, puede llegarse a proposiciones sin sentido en virtud de que su contenido es inverificable. Veamos el análisis carnapiano de la expresión de Heidegger “¿Cuál es la situación en torno a la nada? […] La nada anonada“. Carnap pone en dos columnas los posibles tipos de respuesta:

¿Qué hay fuera?

I

1. Afuera hay lluvia

2. La lluvia llueve

II

1. Afuera nada hay

2. La nada anonada

De estas dos columnas, sólo la I se atiene a la corrección tanto gramatical como lógica. Pero ello da pie a la formación de otras proposiciones en II, carentes de sentido y que, en consecuencia, ni siquiera son expresables en un lenguaje lógico. La sintaxis gramatical de “afuera hay lluvia” es plenamente correcta, pero hace posible la construcción sintáctica “afuera nada hay”, que carece de significado. Y esto porque “nada” no es término que pueda derivarse o retrotraerse a expresión alguna ligada con la experiencia. O lo que es lo mismo, “nada” no puede ser controlado ni verificado. Y, al no poder serlo, pierde cualquier interés científico. Por igual motivo, la proposición “la nada anonada”, aunque construida en conformidad con la estructura sintáctica de “la lluvia llueve” -expresión analítica o tautológica-, resulta también sin significado científico. Es pura poesía. Pero a la poesía no se le pregunta si es o no verdadera. Sencillamente, decimos que nos agrada o nos desagrada. Los problemas metafísicos y filosóficos son, para la doctrina carnapiana, todos de índole retórica o poética. Los filósofos, del mismo modo que los poetas, sistematizan elucubraciones que obedecen a estados emocionales frente a la vida. La filosofía debe ser sustituida por la lógica de la ciencia. Es decir, las ciencias que, fundamentalmente, consisten en la sintaxis formal de su lenguaje.

Carnap y el enfoque semántico

Carnap distingue entre semántica descriptiva y semántica pura. La primera versa sobre los lenguajes naturales e históricos. Puede referirse a una lengua concreta, a un grupo de ellas o a todas las que existen en general. Siempre se trata, aquí, de la descripción de datos empíricos. Por este motivo, es una ciencia de enunciados sintéticos. Y su campo de estudio compete a la lingüística. La semántica pura, en cambio, es de índole analítica y tiene como objeto la interpretación del significado de sistemas lógicos formalizados. Por tanto, su acción recae sobre lenguajes idealmente perfectos. La tarea del filósofo semantista consistirá, pues, en buscar definiciones exactas y adecuadas de los conceptos semánticos ordinarios y de otros nuevos a fin de elaborar una teoría basada en dichas definiciones.

Carnap realiza un análisis tridimensional de la semiótica dividiendo a ésta en sintaxis, semántica y pragmática. La sintaxis se preocuparía de las relaciones de los signos entre sí, haciendo abstracción de los objetos o de los usuarios de las diferentes formas simbólicas. El ámbito semántico estudiaría, entonces, las relaciones de los signos con sus designata. La semántica contiene reglas que nos señalan las condiciones en virtud de las cuales un signo es aplicable a un objeto o a una situación. Según estas reglas, un signo denota todo lo que se ajusta a dichas condiciones, determinando en concreto su designatum.

En la construcción de la semántica carnapiana se parte de la distinción entre metalenguaje y lenguaje-objeto. Aquí, los lenguajes-objeto son siempre sistemas formalizados. Para elaborar un sistema semántico S de primer orden con un número finito de constantes de individuo son necesarias, según Carnap, tres cosas: en primer lugar, se precisa una clasificación de los signos de S. Se trata de algunas nociones sintácticas que se presuponen, como las de constantes de individuos y predicados, variables igualmente de individuos y de predicados, signos lógicos y signos auxiliares. En segundo lugar, debe definirse qué es lo que se entiende por “termino en S”, “fórmula en S” y “sentencia en S”, señalando el modo de combinación de los signos para la construcción de expresiones correctamente formadas, sean atómicas o moleculares. Y, por último, se ha de llevar a cabo también la definición de “designación de individuos en S”, y “designación de atributos primitivos de grado n en S”.

Por otra parte, en conexión con el concepto de “designación” se dilucida la “determinación en S”, mediante la cual se indica qué entidades se especifican en las proposiciones funcionales y qué atributos se precisan en la funciones proposiciones. De aquí deriva lo que Carnap denomina “condición satisfactoria”. Por ejemplo, se dice que un objeto x satisface una sentencia o función sentencial de una variable dada, si y solamente si x posee la propiedad que esta sentencia o función sentencial determina. A todo esto, deben añadirse las “reglas de valores” y la definición de “verdadero en S”. Las reglas de valores indican el ámbito de las variables o su universo de discurso. La definición de “verdadero en S”, en cambio, nos enumera las condiciones necesarias y suficientes para que se pueda aplicar a una sentencia el predicado metalógico “verdadero”.

Carnap tiene, ante los ojos, el cálculo proposicional de dos valores o bivalente: toda sentencia ha de ser verdadera o falsa, y examina si dicho cálculo puede ser una formalización completa de la lógica. Con este fin, lo interpreta desde la semántica comprobando, así, que contiene en su sistema todas las proposiciones lógicas que intenta representar. Basta, para conseguir esto, aplicar las reglas de designación semántica que indican las entidades a las que se refiere el cálculo, y las reglas correspondientes de verdad.

El significado, en esta versión referencial carnapiana, queda reducido a su pura dimensión lógica. Y remite a un mundo construido por medio de la lógica, método de la ciencia y de la filosofía de la ciencia. La lógica, además es instrumento de unificación de las diversas ciencias.

h) La crítica de Quine a los “dos dogmas del empirismo”: holismo semántico

En Dos dogmas del empirismo Quine criticó las dos doctrinas puntales del empirismo lógicos (“dogmas” los denomina él. Estas dos doctrinas son:

1. Para cada proposición o enunciado existe el conjunto de las experiencias u observaciones que la confirmarían (y el conjunto de aquellas otras que la desconfirmarían)

2. Hay dos grandes clases de proposiciones: las analíticas, que son aquellas que resultan confirmadas o desconfirmadas, según sean verdaderas o falsas, por cualesquiera datos de observación, y las sintéticas, que son aquellas que resultan confirmadas, o desconfirmadas, por experiencias y observaciones específicas.

De estas dos doctrinas, la primera -el llamado por Quine dogma reductivista– tiene una versión fuerte que nos es más familiar: que para cada proposición con significado empírico (o cognitivo) existe su traducción a un lenguaje fenomenista. La versión (1) es menos exigente que esta última, pero igual de útil. Ambas versiones comparten lo que de hecho es objeto de la crítica de Quine: que es legítimo hablar del significado (cognitivo, empírico) de una proposición considerada aisladamente de las demás. Frente a esto, Quine arguye que, en general, no puede decirse que toda proposición tenga un fondo de experiencias confirmatorias que puede considerarse propio. La puesta en cuestión de (1) conduce, por lo tanto, a una seria modificación de la teoría verificacionista del significado.

El rechazo de (2) atenta, por su parte, contra otro de los pilares del empirismo lógico: aceptar que hay dos clases de proposiciones, las analíticas y las sintéticas, proporcionaba al filósofo empirista una salida a la hora de dar cuenta del estatuto de las proposición de la lógica y de la matemática. Si se renuncia a (2) los problemas que el filósofo empirista creía resueltos vuelven a hacer acto de presencia.

Según el Quine de “dos dogmas”, estos dos pilares son mucho menos sólidos de lo que podría parecer. El argumento de Quine puede desglosarse en dos pasos. El primero de ellos consiste en apercibirse de que (1) implica (2): si está justificado hablar del significado de una proposición, habrá que contar con el caso límite de proposiciones que sean verdaderas y cuyo significado empírico sea nulo. Una vez que hablamos de la posibilidad de que haya experiencias que confirmen una proposición, no podremos excluir el caso de esas proposiciones cuyo conjunto de consecuencias confirmatorias (o desconfirmatorias) sea vacío. Semejantes proposiciones serán verdaderas o falsas con independencia de qué experiencias se tomen como piedra de toque. (Estas serán las proposiciones analíticas).

El segundo paso consiste en ver cómo los intentos de definir criterios de distinción entre proposiciones analíticas y proposiciones sintéticas fallan sistemáticamente hasta un punto en que llegamos a convencernos de que el criterio buscado simplemente no existe. En ese mismo momento concluimos que (2) es un principio falso. Ahora bien, si (1) implica (2) y si éste es falso, el principio (1) también habrá de serlo (según un razonamiento en modus tollens). Con esto, los dos dogmas han sido rebatidos.

En Dos dogmas Quine examina detenidamente diversos criterios de distinción entre lo analítico y lo sintético. Veamos alguno de estos argumentos:

Una idea popular que parece estar de acuerdo con la distinción analítico-sintético es ésta: si deseamos saber si un enunciado es analítico -es decir, verdadero en virtud del significado de sus términos- basta con que consultemos en un diccionario el significado que poseen. Esa consulta permitirá determinar, sin investigar cuáles son los hechos del mundo, su verdad o falsedad. Así, por ejemplo, una ojeada de la palabra hombre, en un diccionario mínimamente completo, nos permitirá dar con la acepción oportuna que verifique el carácter analítico de la proposición:

a) Los hombres son seres dotados de razón

Sin embargo, semejante maniobra aplicada a la palabra araucaria será incapaz de establecer el valor de la verdad de la proposición

b) En Ibiza hay araucarias traídas por emigrantes isleños.

La diferencia se explica por la analiticidad de (a) y la sinteticidad de (b). La distinción parece, por tanto, impecable.

A este planteamiento Quine objeta que los diccionarios sean el tipo de obra que contiene los significados de las palabras, si por significado se entiende algo diferente de información empírica o información relativa a los hechos (es decir, al mundo). Por el contrario, los diccionarios recogen los usos de las palabras, y los lexicógrafos que los organizan y los redactan no entran en la cuestión de si sus definiciones plasman significados u otra cosa distinta. De hecho, raro será el diccionario que, en la entrada correspondiente a esmeralda no diga que las esmeraldas son verdes. Significa esto que la proposición (c) “Todas las esmeraldas son verdes” es una proposición analítica, es decir, con independencia de cómo es el mundo, de cómo son las esmeraldas? La respuesta es tajantemente negativa. (Es más, hay diccionarios que llegan a decir cosas tales como que las esmeraldas están formadas de silicato de alúmina y de glucina teñido de óxido de cromo. El que tales sustancias den lugar a un bello color verde cuando se tiñen de óxido de cromo no es, con seguridad, una circunstancia puramente lingüística, sino un afortunado accidente de la naturaleza). Por consiguiente, o bien admitimos que (c) no expresa un hecho del mundo, o bien renunciados a la idea de que los significados de las palabras son esas cosas que dan los diccionarios.

Una vez arruinada la doctrina de que hay verdades en virtud del lenguaje y verdades en virtud de los hechos, la concepción empirista del sistema del conocimiento humano ha de cambiar de un modo radical. Ya no hemos de admitir, para empezar, que las verdades lógicas y matemáticas estén a salvo de refutación empírica. Todas las proposiciones habrán de considerarse, a partir de ahora, sintéticas en un mayor o menor grado. Proposiciones como 7+5 = 12, que hasta ahora se han considerado necesarias, no tienen un estatuto diferente de (b) o (c). Esto no significa que haya en algún lado observaciones o experiencias que muestren que 12 no es el resultado de sumar 7 y 5. Significa que no hay nada que excluya, como posibilidad lógica, un vuelco tal en el sistema de todo nuestro conocimiento que quite a esas proposiciones el lugar que hasta el momento se les ha reconocido.

Esta idea se capta mejor si se tiene en cuenta que las proposiciones no se confirman una a una, sino en bloques o conjuntos. Esto es especialmente cierto en el caso de las afirmaciones de la ciencia con un contenido teórico más alto (es decir, de aquellas proposiciones que hablan de entidades inobservables). Ninguna de ellas está sujeta por sí sola a confirmación. Lo está en conjunción con otras proposiciones auxiliares de diverso tipo o incluso en conjunción con otras teorías científicas. Por ello, cuando una proposición queda aparentemente refutada, es posible mantenerla a salvo como verdadera efectuando cambios en -o renunciando a la verdad de- las proposiciones adyacentes o acompañantes. Cabe, además, la posibilidad de que estos cambios sean menos drásticos y mutilen menos el cuerpo de conocimiento acumulado si se efectúan sobre el aparato lógico o matemático de la teoría o teorías implicadas en el caso. El que una posibilidad como esta no pueda olvidarse es lo que permite a Quine afirmar que todas las proposiciones pueden ser objeto de revisión.

Para el empirismo clásico todas las verdades sobre el mundo derivan inductivamente de la experiencia. A esta visión opone Quine la de que todas las verdades (sin restricción) pueden ser confutadas por la experiencia. El matiz importante arrastra consigo la cláusula de que no se confirman (verifican) proposiciones una a una y por separado, sino en bloques o conjuntos de proposiciones. Esta doctrina recibe el nombre de holismo semántico. La renuncia a la distinción analítico-sintético y la adhesión al holismo semántico son pasos obligados en la adhesión a un empirismo sin dogmas.

i) Putnam

Las teorías descriptivas de la referencia aceptan la tesis según la cual los términos generales tienen tanto un sentido, o intensión, como una referencia, o extensión. De acuerdo con las teorías descriptivas, la intensión determina la extensión, es decir, si conocemos la intensión de un término podemos fijar con toda precisión su extensión. Dos hablantes competentes del castellano que tengan en su vocabulario la palabra “tigre” habrán “captado” el mismo concepto, y estarán en el mismo estado psicológico. Es por tanto indiferente partir de que la intensión determina la extensión, o considerar que el estado psicológico (que determina la intensión) es el que determina la extensión.

Putnam comienza su reflexión[22] pidiéndonos que imaginemos que en la galaxia se encuentra un planeta, idéntico en todo a la Tierra, excepto en aquellos aspectos relevantes para la argumentación, al que llamaremos Tierra-Gemela. Supongamos que una de las diferencias entre los dos planetas radica en que el agua de la Tierra-gemela, idéntica a la nuestra en todas las características superficiales, no es H2O, sino que tiene una fórmula química que representaremos como XYZ. Por supuesto que los hispanohablantes de la Tierra-gemela usan la palabra “agua” exactamente del mismo modo que nosotros, pero lo que allí se llama “agua” no es H2O, sino XYZ.

Consideremos un hablante terráqueo llamado Ángel y su réplica en la Tierra-gemela, Ángel-g. Situémonos en el año 1750, antes del descubrimiento de la química. Ángel y Ángel-g se encontraban en el mismo estado psicológico: ambos concebían el agua como el líquido incoloro, que llena los ríos, etc.; la intensión del término “agua” es idéntica. Sin embargo, cuando Ángel, en la Tierra, usa el término “agua”, de lo que está hablando es de H2O, mientras que cuando en la Tierra-gemela Ángel-g utiliza el mismo término está hablando de XYZ. Queda claro que el estado psicológico del hablante (y por tanto la intensión) no determina la extensión, aquellas cosas en el mundo de las que el término es verdadero. Esto es así aunque los hablantes y sus comunidades lingüísticas desconozcan la composición química del agua.

La razón por al cual el término “agua” tiene la misma extensión en 1750 que en la actualidad es su rigidez, el hecho de que en ninguno de los dos momentos históricos es sinónimo del conjunto de propiedades que definen el concepto agua.

Si se introduce el término “agua” mediante una definición ostensiva que utiliza una determinada muestra con una fórmula del tipo “a esto se le llama ‘agua'”, se presupone que este líquido es el mismo que aquel al que en mi comunidad lingüística se le llama agua. De este modo se establece la condición necesaria y suficiente que ha de cumplir una sustancia para ser agua: la de hallarse en la relación “mismo líquido” (mismoL) con la sustancia de la muestra. Ahora bien, precisar esta relación mismoL es algo que compete a la ciencia de cada momento histórico, y se pueden cometer errores. Pero estos errores no implican que el significado del término “agua” sufra variaciones a lo largo de la historia, puesto que la intención de los hablantes siempre ha sido la de aplicar el término a aquella sustancia que comparta la naturaleza de aquello a lo que realmente se considera tal, y nunca ha existido la pretensión de hacer el término sinónimo de las descripciones, científicas o no, de la sustancia en cuestión. El significado es constante, pero nos podemos equivocar al determinar la extensión.

Así, el hecho de que un hispano-hablante podría haber llamado “agua” a XYZ en 1750, aunque él o los que siguiesen no habrían llamado agua al XYZ en 1800 o en 1850, no significa que el “significado” de “agua” cambiara en ese intervalo para el hablante medio. En 1750 o en 1850 o en 1950 uno podría haber apuntado con el dedo al líquido del lago Michigan en tanto que ejemplo de “agua”. Lo que cambió fue que en 1750 habríamos pensado erróneamente que XYZ guardaba la relación mismoL con el líquido del lago Michigan, mientras que en 1800 o en 1850 habríamos sabido que ése no era el caso (ignoro, naturalmente, el hecho de que el líquido del lago Michigan era en 1950 un agua dudosa).

Con respecto a los deícticos (aquellas expresiones cuya referencia sólo puede determinarse en función de ciertas características del contexto de emisión, “yo”, “aquí”, etc.), tienen convencionalmente asignado un sentido, pero ese sentido no es suficiente para determinar la referencia. sólo el conocimiento del contexto de uso puede hacerlo. En este caso, también se puede afirmar que la intensión no determina la extensión. Pues bien, en la teoría de Putnam, el medio natural imprime a los términos de género natural una cierta indicabilidad en la medida en que proporciona el contexto en el que se fija la referencia y por tanto determina el patrón que sirve para juzgar la pertenencia o no a una clase de cualquier ejemplar:

Nuestra teoría puede resumirse diciendo que palabras como “agua” tienen un elemento indicador oculto: el “agua” es una sustancia que guarda con el agua de por aquí una cierta relación de similaridad. En un tiempo o en un lugar distintos, o incluso en otro mundo posible, el agua,si es que ha de ser agua, ha de estar con nuestra “agua” en la relación mismoL. Así pues, la teoría de que (1) las palabras tienen “intensiones”, que son algo parecido a los conceptos vinculados a las palabras de los hablantes; y que (2) la intensión determina la extensión, no puede ser verdadera en lo que toda a las palabras que designan clases naturales, como “agua”, por la misma razón por la que no puede ser verdadera para el caso de palabras obviamente indicadoras, como “yo”[23].

4.4.3. Las teorías conceptualistas

a) A. Meinong[24]: Teoría de los objetos

El pensamiento de este autor se halla relacionado con los orígenes de la fenomenología de Husserl. Su contribución más original es la llamada “teoría de los objetos”.

La teoría de los objetos es una auténtica ontología. Meinong admite como entidades cualquier objeto con tal de que pueda ser apuntado por el pensar descriptivo e intencional. Objeto es todo lo que puede ser sujeto de un juicio sin importar que este sea real, ideal, posible o imposible.

Meinong es consciente de la paradoja semántica a la que conduce su concepción metafísica y distingue, por ello, en el concepto de objeto, dos formas: por un lado, el objeto de la representación, y por otro, el objetivo, en tanto que objeto de un juicio.

Los objetos son los correlatos de las representaciones, aquellos “algos” a los que se les puede atribuir existencia, mientras que los objetivos, correlatos de las asunciones[25] y los juicios, poseen subsistencia, no existencia.

Meinong insistió en investigar aquellos objetos que no eran propiamente “reales” y, sobre todo, puso especial interés en determinar a que tipo de ser podían adscribirse los objetos que eran miembros del “universo del discurso”. En la oración “el actual rey de Francia es calvo”, de acuerdo con la ontología de Meinong, el sujeto tendría un significado objetivo, un objeto no existente pero sí subsistente.

b) E.Husserl

Husserl, aplicando el método fenomenológico, llega a la contemplación eidética del significado. La “epojé” fenomenológica nos conduce al “eidos” del significado en tres pasos que van del signo a la expresión y de ésta a la significación (en Investigaciones lógicas).

Con respecto al signo, Husserl distingue entre los signos que indican y los signos que expresan. Las indicaciones son “señal” de otra realidad distinta del signo y no pertenecen a la dimensión de los actos intencionales. A Husserl le interesan laas expresiones, pero dentro de ellas también se diferencian las verbales de las no verbales.

Avanzando más aún en la reducción fenomenológica, Husserl se centra en la expresión verbal. En toda expresión se distinguen el elemento sensible (conjunto de sonidos o de letras según sea el mensaje oral o escrito) y el conjunto de vivencias psíquicas que convierten al signo en expresión de “algo”. Ambos elementos conforman la función notificativa de la expresión que se da en todo acto comunicativo. El que habla otorga a la expresión un sentido que intencionalmente quiere transmitir al que escucha; éste opera como “señal” de las vivencias psíquicas del hablante. El contenido de la función notificativa de la expresión aparece en el tono en el que se habla, en la manera de hacerlo… Todo ello notifica el estado emotivo del sujeto.

Además la notificación ha de ser comprendida y esto supone percibir intuitivamente al que habla como una persona que expresa algo determinado. La función notificativa de la expresión alude a las vivencias psicológicas. Para llegar a la significación hemos de alcanzar la dimensión objetiva de la expresión.

La ascensión reductiva de Husserl llega ahora a la consideración del fenómeno físico de la expresión y los actos de conciencia que le otorgan significación. El signo sensible deja de ser una sucesión de fonemas gracias a su referencia a algo objetivo presente en la conciencia.

En la metafísica husserliana se distinguen el ser real y el ser ideal, lo sensible y lo inteligible. El ser real es el mundo espacio-temporal, el mundo físico que existe fuera de nuestra conciencia. El ser ideal lo constituyen los entes inteligibles como números, figuras geométricas… La significación pertenece a esta dimensión ideal.

La significación se constituye como objeto ideal y esto nos conduce a hablar de la dimensión intencional del significado. Con la “epojé” fenomenológica el ser de lo real se pone entre paréntesis y su “eidos” se convierte en objeto intencional, en contenido de conciencia.

c) G. Frege

Hemos incluido al ya estudiado Frege entre las teorías conceptualistas por su noción de “sentido”. recordemos que éste se identificaba con el pensamiento de una expresión o signo lingüístico, pero además gozaba de total objetividad. El sentido no había de confundirse con la representación mental subjetiva que acompaña al signo. El sentido nos remite al contenido objetivo del pensamiento con independencia del sujeto que piensa.

4.4.4. Teorías funcionales: el significado como uso

a) El segundo Wittgenstein

La segunda etapa filosófica, aquella que permite hablar de un “segundo Wittgenstein”, se polariza en torno a Investigaciones filosóficas y algunas obras o apuntes de obras que las preparan, como Los cuadernos azul y marrón (1933-1935).

En estas obras, Wittgenstein renuncia a la concepción especualr o figurativa del lenguaje. El lenguaje no refleja al mundo ni tiene como único objetivo describir el mundo: no es sino una forma de conducta entre otras, con pluralidad de funciones: ordenar, describir, informar, hacer conjeturas, contar historias, hacer teatro, contar chistes, adivinar enigmas, etc., cada una de las cuales puede describirse como un “juego de lenguaje” (Sprachspiel).

Las proposiciones son significativas no porque sean (solo) “figuras” de la realidad, sino porque son expresiones de estos juegos de lenguaje. Los diversos y variados usos a que sirve el lenguaje que, como sucede en los juegos, manifiestan como característica común un cierto “aire de familia” que los asemeja, a saber, se someten a reglas, pero cada cual a las suyas propias. Por esto, el significado hay que buscarlo, no en la verificabilidad de lo que se dice, sino en el “uso” que se hace de las palabras: “El significado de una palabra es el uso que de la misma se hace en el lenguaje”[26].

En definitiva, es el contexto el que da sentido a las palabras. la mayoría de errores filosóficos provienen de confundir los contextos o de juzgar un contexto por las reglas de otro (como en los juegos las reglas se respetan, cambiarlas es cambiar de juego). Todo el lenguaje consiste en multitud de juegos de lenguaje, y el lenguaje correcto es aquel que observa el recto uso de las reglas. Pero toda palabra tiene sentido, si es empleada en su contexto. El sentido lo dan las reglas que describen sus movimientos. Wittgenstein abandona la posición del Tractatus, que enfoca el lenguaje como representación de la realidad, entendida desde la perspectiva metafísica del atomismo lógico, para explicarlo, en la etapa de las Investigaciones filosóficas, como un producto de la conducta humana, que debe interpretarse gramaticalmente, esto es, desde la pragmática. Como tal producto, los juegos de lenguaje, son parte de una actividad humana o de una “forma de vida”.

Muchos autores piensan que no se rompe en Wittgenstein la continuidad de base entre una y otra etapa. La primera insistiría en la clarificación del lenguaje mediante el análisis de la estructura lógica oculta de las frases del lenguaje ordinario. La segunda, en descubrir y describir cuáles son los juegos de lenguaje, esto es, los contextos que suponen las diversas proposiciones. En ambos casos desaparecen los problemas filosóficos; en el primero como resultado de una actividad terapéutica que consiste en aclarar las proposiciones a través de un lenguaje lógico ideal; en el segundo, aclarando el significado recurriendo al contexto. Desaparecen en el Tractatus porque el metafísico ha de percibir que usa palabras sin sentido determinado; en las Investigaciones, porque se obliga al metafísico a usar sus palabras de acuerdo con los contextos originarios del lenguaje común.

En definitiva, el segundo Wittgenstein apoya el “lenguaje ordinario” o “lenguaje natural”, que es el lenguaje cotidiano, común entre los hablantes y cuyo significado viene dado por el uso que hacemos de las palabras.

Cuando la filosofía analítica sintió el influjo de las teorías del “segundo Wittgenstein”, se abandonó el aprecio por un análisis fundado en la sintaxis lógica, para considerar que el lenguaje ordinario “está bien como está” y que la misión de la filosofía estriba en mostrar los múltiples usos del lenguaje, que Wittgenstein llama “juegos de lenguaje”. En esta segunda fase de la filosofía analítica, el lenguaje se considera, no como representación o figura de la realidad, sino en su perspectiva natural, como un producto de la actividad humana en sociedad. Los problemas del lenguaje se esclarecen entonces, no desde el análisis de sus formas lógicas, sino por el conocimiento de los diversos usos y contextos a que pertenecen las palabras. Ryle, Austin y Searle son los más notables representantes de la filosofía del lenguaje ordinario.

b) La teoría de los “actos de habla” de J.L. Austin y J. Searle

La propuesta del segundo Wittgenstein acerca de que el significado de una expresión se determina por el uso que los hablantes hacen de ella, se convierte en el punto de partida del desarrollo de la concepción del significado conocida como “teoría de los actos de habla”[27]. Esta concepción, inaugurada por Wittgenstein, toma forma en Austin y se desarrolla ampliamente en la propuesta de Searle, que incluye también la teoría pragmática del significado de Grice.

Austin considera al lenguaje como un instrumento para hacer cosas. Lo que uno hace al proferir ciertas expresiones son actos de habla que pueden ser analizados en distintos actos. Para juzgar la conducta verbal debemos contar tanto con el significado de una expresión como con la fuerza ilocutiva que la proferencia posee. Esto impide que tratemos de distintas formas a actos como los enunciados, las preguntas o las promesas, por ejemplo. Se les separó porque sólo a los primeros les concernía el valor de verdad. Pero enunciar algo es tan acto de habla como prometer o preguntar, y por ello pertenecen al mismo plano de actos de habla.

Hablar una lengua, dice además Searle, es tomar parte en una forma de conducta intencional gobernada por reglas que no sólo regulan la conducta, sino que crean o definen nuevas formas de conducta, que no indican lo que se debe, se puede o no se puede hacer, sino que proporcionan definiciones de términos especiales usados en otras reglas. Aprender y dominar un idioma es haber dominado esas reglas y ello hace que el uso de los elementos de ese idioma sea regular y sistemático.

Los actos de habla son las unidades mínimas de comunicación porque para que una oración-ejemplar sea un caso de comunicación hay que suponer que fue producida intencionalmente por un ser semejante a mi y no con cualquier intención.

Se pueden diferenciar dos etapas en la teoría de los actos de habla. En una primera, Austin distingue entre las afirmaciones que realizan un acto y las que describen la realidad; con ello quiere rebatir la opinión de que la función del lenguaje es describir un estado de cosas con lo que sus afirmaciones serán verdaderas o falsas. Esta postura, a la que Austin llama “la ilusión descriptiva”, se elimina al proponer enunciados performartivos (y no sólo constatativos) que son los que realizan actos. Los performativos no son verdaderos o falsos, como los constatativos, sino sólo afortunados o desafortunados según lleguen a realizar y ha ser comprendido el acto de habla. En la segunda etapa, que no es temporal, Austin constata que sostener que un enunciado performativo resulta un éxito si se cumplen determinadas condiciones, equivale a decir que un performativo es un éxito si determinadas afirmaciones son verdaderas, precisamente las que describen estas condiciones. Ante el peligro de indistinción entre performativos y constatativos, Austin propone tres tipos de actos de habla.

Acto locucionario o locutivo: Es el que se realiza por el hecho de decir algo

– Acto fonético: producción de determinados sonidos

– Acto fático: producción de determinados vocablos con una determinada construcción gramatical y entonación

– Acto rético: uso de cierta construcción con un significado determinado

Acto ilocucionario o ilocutivo: Es el que se realiza al decir algo como ordenar, prometer, apostar, etc.

– No es verdadero o falso sino conseguido o fallido

Condiciones de cumplimiento de un acto ilocutivo

– Condiciones preparatorias: derecho o autoridad del que realiza el acto

– Condiciones de sinceridad: la persona que ejecuta el acto debe creer lo que dice o se produce un abuso

– Condiciones esenciales: compromiso del que ejecuta el acto de ciertas creencias o intenciones= comportamiento adecuado

Valores de un acto ilocutivo

– Judicativos: actos jurídicos: condenar, decretar, evaluar…

– Ejercitativos: ejercicio de potestades, derechos: ordenar, instar, aconsejar…

– Compromisivos: obligan a una determinada actitud o acción: prometer, apostar, jurar…

– Comportativos: implican una reacción frente a la situación de los demás: agradecer, pedir disculpas, felicitar…

– Expositivos: ponen de manifiesto el modo como nuestras expresiones encajan en un argumento o exposición: conceder, suponer, postular…

Acto perlocucionario o perlocutivo: Es el que se realiza por el hecho de decir algo

– El efecto perlocucionario de un enunciado es su acción sobre las creencias, actitudes o conducta del destinatario

En síntesis, para la teoría de los actos de habla, ¿cuándo tiene significado una expresión? ¿Cuándo se quiere decir algo? Searle responde apuntándose a la propuesta griceana del significado intencional y a su distinción entre significado de la expresión y significado del hablante. Las propuesta de Grice es útil en cuanto relaciona la noción de significado con la noción de intención y en la medida en que en ella se admite que intentamos comunicarnos algo por medio del reconocimiento de mi intención de comunicar ese algo. El principal defecto de la propuesta de Grice es, según Searle, que no explica que el significado de las expresiones es un asunto de reglas o convenciones. Lo que el hablante quiere decir se explica apelando a la intención del hablante de provocar una creencia en el interlocutor: Se supone también la racionalidad de la conducta verbal de los hablantes. Aceptamos lo que otros nos dicen, puesto que es racional hacerlo así.

c) La teoría pragmática de Grice

H.P. Grice ha expuesto una teoría “causal” y pragmática del significado que se presenta contrapuesta a la teoría del significado como verdad de D.Davidson (que más abajo trataremos).

Grice insiste en analizar la importancia que el significado tiene tanto para el hablante como para el oyente. Cuando un hablante dice algo pretende comunicar algo y también se propone que esa intención comunicativa sea reconocida por quien le escucha, y lo hace merced a algunas características o propiedades de su emisión. Grice parte del presupuesto de que tanto el hablante como el oyente son racionales y tienen ambos una conducta acorde con su racionalidad. El hablante no puede pretender decir lo que le venga en gana y según le venga en gana y del modo que quiera, sino que, si tiene una auténtica intencionalidad comunicativa, debe ceñirse a la estructura racional del lenguaje. De este modo, lo implicado siempre en la comunicación lingüística (las “implicaciones conversacionales”), es uno de los intereses básicos en la propuesta de Grice.

Grice explica, recurriendo a las intenciones del hablante, lo que éste quiere decir con sus palabras en un determinado contexto. Desde esta base se explica el significado de las expresiones utilizadas como el significado que éstas tienen al ser dichas. Afirmar que un hablante pretende decir algo a través de sus proferencias lingüísticas es decir que éste pretende que la pronunciación de sus palabras produzca un cierto efecto en quien le escucha, precisamente cuando el oyente capte la intención que las palabras de aquel tienen. Un hablante (H), quiso decir algo al proferir una expresión (X) es verdad siempre que para un auditorio (A), el hablante (H) profirió la expresión (X) con la intención de que: 1) A produjera una respuesta concreta (R); 2) que A reconociera la intención expresa de H; y 3) y que A produjera su respuesta R precisamente al reconocer esa intención.

El reconocimiento de la intención del hablante se constituye en razón, y no sólo en causa, para producir la respuesta del auditorio. La respuesta o el efecto que el hablante quiere producir con sus palabras consiste, según Grice, si se trata de una oración declarativa, en que el oyente piense que el hablante crea algo; y si se trata de una oración imperativaa, en que el oyente tenga la intención de hacer algo. La respuesta del oyente es, en ambos casos, una actitud proposicional, es decir, o bien atribuir al haablante una creencia, o bien tener la intención de hacer algo.

La propuesta de Grice asume los dos paradigmas de la modernidad y del giro lingüístico: la importancia de la proferencia lingüística frente al mentalismo racional y la importancia de la subjetividad racional interior. Una emisión lingüística sólo tiene sentido si es racional. La racionalidad de la conducta verbal y comunicativa de alguien es la premisa básica de la tesis de Grice. Pero su propuesta no se ciñe sólo a la comunicación lingüística, sino que la extiende a todos los casos de lo que denomina “significado no naturaal”, es decir, los signos convencionales.

d) La gramática transformacional de N. Chomsky

Se habla de “revolución chomskyana” a la hora de analizar la obra de este lingüista. Chomsky se opuso desde un principio a los criterios que imperaban en la lingüística estadounidense de la época, especialmente a los criterios taxonómicos de Bloomfield, afirmando que la lingüística ya había acumulado conocimientos suficientes para empezar a elaborar modelos hipotéticos explícitos de las lenguas y del lenguaje. Formuló por primera vez sus teorías en Estructuras sintácticas (1957), donde defiende que una teoría lingüística debe poder dar cuenta de la aptitud que todo hablante tiene para producir, o para comprender, oraciones que no conoce. Se trata de un estudio de la competencia del emisor, que requiera la construcción de una gramática que sea como un mecanismo generador de las frases de una lengua. Las gramáticas sintagmáticas (de constituyentes inmediatos) son insuficientes y Chomsky añade un componente transformacional, por loq ue toda gramática tendrá tres partes:

a) Reglas sintagmáticas

b) Reglas transformacionales

c) Un componente morfofonológico

Las reglas sintagmáticas producen secuencias de elementos sobre las que operan las transformaciones. Las oraciones así obtenidas, gracias al componente morfonfonológico se convierten en secuencias de fonemas. En Aspectos de la teoría de la sintaxis (1965), Chomsky introduce un componente semántico que, desde la estructura profunda, decide sobre la interpretación de las oraciones.

Chomsky, que ha estudiado la historia de la lingüística, rechaza la concepción “mecanicista” de la adquisición del lenguaje, defendida por el conductismo –especialmente por Skinner-, y afirma que todos los seres humanos poseen una facultad de lenguaje innata, un conocimiento innato de los principios de la gramática universal.

e) La teoría semántica de la verdad de Tarski

Tarski desarrolla esta teoría semántica de la verdad precisando la definición de verdad en un sentido tradicional como correspondencia. estudia también las condiciones formales que ha de cumplir un lenguaje para contener la verdad así entendida.

Para esta teoría, que mantiene la tradición aristotélica y occidental, “verdadero” es una propiedad metalingüística de toda proposición que describa (en un lenguaje objeto) un hecho tal como éste es en el mundo real. Se llama a la teoría “semántica” porque “verdad” o “verdadero” son términos semánticos, cuyo significado sólo puede explicarse mediante un metalenguaje; un metalenguaje puede relacionar expresiones lingüísticas con hechos, mientras que un lenguaje objeto sólo puede hablar de sus propias expresiones lingüísticas o de los hechos, pero no relacionar unas con otros, so pena de caer en antinomias y paradojas. establece (por la llamada “convención T” o “equivalencia T”, de truth, verdad en inglés) que una teoría de la verdad para un lenguaje L ha de poder formular el siguiente teorema:

X es una proposición verdadera en L si y sólo si p; donde p sea reemplazada por cualquier oración del lenguaje a que se refiere la palabra ´verdadero´ y X sea reemplazada por un ´nombre´ de esta oración

El clásico ejemplo de Tarski, “La nieve es blanca”, nos aclara la cuestión. Esta frase es verdadera en castellano si y sólo si la nieve es blanca. Un enunciado como “La nieve es blanca” es verdadero cuando:

– Hay un lenguaje objeto (“La nieve es blanca”) del cual se dice

– en metalenguaje si es o no verdadero y en qué condiciones “es verdadero en castellano si y sólo si la nieve es blanca”

f) Verdad y significado en Donald Davidson

Davidson ha abordado cuestiones relacionadas con la teoría de la decisión, la teoría del significado, la filosofía del lenguaje y la de la acción. A partir de la gramática transformacional de Chomsky, Davidson y otros, intentan construir una semántica formal para los lenguajes naturales sobre bases sistemáticas como la de la sintaxis ya que la semántica generativa de Chomsky sugería que la estructura profunda del lenguaje tenía afinidades con la lógica. Davidson continúa así la tradición de Frege, Russell y Quine de elaborar una semántica formal.

Davidson parte del problema de saber qué clase de competencia lingüística se debe atribuir a un hablante para decidir que conoce la lengua lo que le conduce (como a Strawson) hacia la reflexión de ¿cómo es posible el conocimiento de una lengua? y ¿cómo es posible, mediante ese conocimiento, el conocimiento de la realidad?

Davidson se pregunta no sobre qué es el significado, sino qué condiciones debe satisfacer una teoría general del significado, entendida como teoría lógica. Tal teoría, que debe ser extensional, la encuentra en la teoría semántica de la verdad de Tarski. Para aclarar el concepto de significado se basa en esta teoría de la verdad de Tarski. Davidson afirma que “s es verdadero si p”, donde “s” es el nombre de una frase del lenguaje objeto y “p” es su traducción en el metalenguaje. Con ello va más allá de la teoría de Traski, quien no pensaba que la teoría semántica de la verdad pudiera dar cuenta de la verdad en los lenguajes naturales. Conocer el sentido de una frase es conocer sus condiciones de verdad, para Davidson, la teoría semántica de la verdad de Tarski no es tampoco plenamente suficiente para la completa interpretación de las frases de un lenguaje, pero puede ser ampliada añadiendo a las condiciones formales de esa teoría ciertas condiciones empíricas. En este sentido adoptó también el holismo semántico de Quine: una frase solamente tiene sentido en el contexto de otras frases, y esta concepción holística le permite afirmar que no es posible interpretar las producciones lingüísticas de un hablante más que si se le presta un mínimo de credibilidad racional.

Davidson señala también que debe darse una racionalidad normativa, que es la única que permite la interpretación del lenguaje, del pensamiento y de la acción. El objetivo de la interpretación es el acuerdo, lo cual no sólo es su finalidad, sino también su condición de posibilidad. La unión de estos aspectos conduce a Davidson hacia una síntesis que acerca la teoría del significado con la teoría de la acción, ya que ambas esferas son interdependientes: los enunciados se producen como actos de lenguaje y las acciones se describen lingüísticamente. Esta perspectiva le conduce también hacia una teoría causal de la acción: las razones de una acción son sus causas. Es decir, concibe una acción como un acontecimiento que supone una intención del agente.

Para Davidson entre la razón y la acción se da una relación lógica o cenceptual, distinta de la explicación causal clásica. Así aborda Davidson el estudio filosófico de la irracionalidad. También, la tesis según la cual las razones son causas de la acción le conducen a una concepción plenamente materialista de la mente. Se da un completo monismo, una plena identidad entre lo mental y lo físico: los estados mentales son estados físicos que concebimos desde un marco de descripciones distinto. El llama a esto “monismo anormal”: las generalizaciones psicológicas no son de la misma naturaleza que las leyes físicas porque, si bien todo acontecimiento mental es un acontecimiento físico, no es posible el mero reduccionismo de lo mental a lo meramente físico. Es decir, toda la tradición filosófica anterior de tipo empirista y, más aún, de tipo racionalista, había aceptado implícita o explícitamente un dualismo entre elementos conceptuales y datos sensoriales, dualismo al que añadía un tercer término intermedio: las ideas de Descartes, las impresiones e ideas de Hume, las intuiciones y conceptos de Kant, etc. Davidson se opone a la necesidad de este tercer término o intermediario, ya que previamente ataca la necesidad de postular una separación entre conceptos y material no conceptualizado. Esta es la base del monismo anormal de Davidson y la base de su crítica a la concepción clásica del conocimieento concebido como espejo o representación de la realidad.

4.5. CONCLUSIONES

– El análisis del significado puede llevarse a cabo desde múltiples perspectivas

– Estas perspectivas nacen de diferentes presupuestos ontológicos, gnoseológicos, epistemológicos o funcionales.

– Cada una de las teorías del significado se centra en el aspecto del problema que más le interesa.

– Por ello ninguna de las teoría del significado es perfecta ni completa.

– Teorías referenciales: sólo admiten como lenguaje significativo aquel que se refiere al mundo físico, no se plantean que el lenguaje muchas veces se refiere a otros mundos como el de las entidades abstractas o las fantasías.

– Teorías conceptualistas: admiten un universo platónico de significados y dejan el lenguaje sin capacidad para remitirse directamente al mundo a que se refiere.

– Teorías funcionales: al identificar significado de un término con uso del mismo se limitan a describir, la significatividad del lenguaje necesita una explicación.

Bibliografía

ACERO FERNÁNDEZ, J.J., Filosofía y análisis del lenguaje, Cincel, Madrid 1985.

ACERO FERNANDEZ, J.J., Introducción a la filosofía del lenguaje, Cátedra, Madrid 1985.

AUSTIN, J., Cómo hacer las cosas con palabras, paidós, Barcelona 1982.

AUSTIN, J., Palabras y acciones, Paidós, Buenos Aires 1971.

AYER, A.J., Lenguaje, verdad y lógica, Martínez Roca, Barcelona 1981.

CHOMSKY, N., El lenguaje y el entendimiento, Planeta-Agostini, Barcelona 1992.

DAVIDSON, D., Verdad y significado, en VALDÉS L.M., (ed.), La búsqueda del significado, Tecnos, Madrid 1991.

FREGE, G., Conceptografía, UNAM, México 1972.

FREGE, G., Escritos lógico-semánticos, Tecnos, Madrid 1974.

FREGE, G., Estudios sobre Semántica, Ariel, Barcelona 1971.

GRICE, H.P., Significado, UNAM, México 1977.

HIERRO, S. – PESCADOR, J., Principios de filosofía del lenguaje, Alianza, Madrid 1986.

LAFONT, C., La razón como lenguaje, Visor, Madrid 1993.

MOUNCE, H.O., Introducción al “Tractatus” de Wittgenstein, Tecnos, Madrid 1983.

MUÑIZ RODRÍGUEZ, V., Introducción a la filosofía del lenguaje, Anthropos, Barcelona 1992, 2 vols.

PRADES CELMA, J.L.- SANFÉLIX VIDARTE, V., Wittgenstein: Mundo y lenguaje, Cincel, Madrid 1990.

QUINE, W., Palabra y objeto, Ariel, Barcelona 1960.

SEARLE, J., Actos de habla. Ensayo de filosofía del lenguaje, Cátedra, Madrid 1980.

WINCH, P., Aspectos de la filosofía de Wittgenstein, Eudeba, Buenos Aires 1971.

WITTGENSTEIN, L., Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza, Madrid 1973.

WITTGENSTEIN, L., Investigaciones Filosóficas, Grijalbo, Barcelona 1988.


[1] MUÑIZ RODRÍGUEZ, V., Introducción a la Filosofía del Lenguaje, Anthropos, Barcelona 1992, 2 vols.

[2] “Connotar” significa “hacer relación”, implicar una palabra o idea de otras significaciones, además de la propia. “Denotar” (de-notare) significa indicar, significar o hacer relación al objeto u objetos a los que se aplica el término.

[3] Publicado en Zeitschrift für Philosophie und philosophische, Kritik, Nueva Serie, n.º 100, 1892, p. 25-50.

[4] Publicado en castellano en FREGE,G., Estudios sobre semántica, Ariel, Barcelona 1971. Y también en FREGE,G., Escritos lógico-semánticos, Tecnos, Madrid 1974.

[5] “La igualdad induce a la reflexión a través de preguntas relacionadas con ella y que no son fáciles de contestar. ¿Es la igualdad una relación?, ¿es una relación entre objetos?, ¿o bien entre nombres o signos de objetos? Esto último es lo que supuse en mi ideografía. Las razones que parecen hablar en favor de ello son las siguientes: a = a y a = b son evidentemente enunciados de diferente valor cognoscitivo: a = a vale a priori y, siguiendo a Kant, puede denominarse analítico, mientras que enunciados de la forma a = b contienen frecuentemente ampliaciones muy valiosas de nuestro conocimiento y no siempre pueden justificarse a priori.” (FREGE,G., op.cit.)

[6] “Es natural considerar entonces que a un signo (nombre, unión de palabras, signo escrito), además de lo designado, que podría llamarse la referencia del signo, va unido lo que yo quisiera denominar el sentido del signo, en el cual se halla contenido el modo de darse. “ (FREGE, G., op.cit.)

[7] “se diferencia la representación esencialmente del sentido de un signo, el cual puede ser propiedad común de muchos y que, por tanto, no es parte o modo de la mente individual; pues ciertamente no se podrá negar que la Humanidad tiene un tesoro común de pensamientos, que transmite de una generación a otra” (FREGE, G., op.cit.)

[8] “Las palabras “el cuerpo celeste más alejado de la Tierra’ tienen un sentido; pero que tengan también una referencia, es muy dudoso. La expresión ‘la serie menos convergente” tiene un sentido; pero se demuestra que no tiene referencia, puesto que para cada serie convergente puede encontrarse otra menos convergente, pero que, no obstante, es convergente. Así pues, por el hecho de que se conciba un sentido, no se tiene con seguridad una referencia.” (FREGE, G., op.cit.)

[9] Frege entiende por “objeto” no sólo las realidades físicas sino también las matemáticas, incluso la verdad o falsedad. Frege contrapone los objetos a las funciones. Los primeros constituyen la referencia de los nombres (= expresiones completas con sentido y referencia), mientras que las funciones son designadas por expresiones incompletas. Las funciones incluyen los conceptos y las relaciones.

[10] “nos vemos impulsados a admitir el valor veritativo de un enunciado como su referencia. Por valor veritativo de un enunciado entiendo la circunstancia de que sea verdadero o de que sea falso. No hay más valores veritativos. En aras de la brevedad, al uno lo llamo lo verdadero, al otro lo falso. Cada enunciado asertivo, en el que tenga importancia la referencia de las palabras, debe ser considerado, pues, como un nombre propio, y su referencia, caso de que exista, es o bien lo verdadero o bien lo falso” (FREGE, G., op.cit.)

[11] “distinguimos la referencia habitual de una palabra de su referencia indirecta, y su sentido habitual de su sentido indirecto. La referencia indirecta de una palabra es, pues, su sentido usual. Hay que tener siempre presentes tales excepciones si se quiere concebir correctamente, en cada caso particular, el modo de conexión de signo, sentido y referencia” (FREGE, G., op.cit.)

[12] “El enunciado subordinado, por lo general, no tiene por sentido ningún pensamiento, sino únicamente una parte de alguno y, en consecuencia, no tiene por referencia ningún valor veritativo. La razón consiste, o bien en que, en la subordinada, las palabras tienen su referencia indirecta, de modo que la referencia, y no el sentido de la subordinada, es un pensamiento, o bien en que la subordinada es incompleta debido a que hay en ella un componente que sólo alude indeterminadamente, de modo que únicamente junto con la principal puede expresar un pensamiento, y entonces, sin perjuicio de la verdad del todo, puede ser sustituida por otro enunciado del mismo valor veritativo, siempre y cuando no existan impedimentos gramaticales” (FREGE, G., op.cit.)

[13] “Si, en general, encontramos que el valor cognoscitivo de ‘a = a” y “a = b” es distinto, esto se explica por el hecho de que, para el valor cognoscitivo, el sentido del enunciado, o sea el pensamiento expresado en él, no entra menos en consideración que su referencia, es decir, su valor veritativo. Ahora bien, si a = b, la referencia de “b” es ciertamente la misma que la de “a”, y por lo tanto, también el valor veritativo de “a = b” es el mismo que el de “a = a“. Sin embargo, el sentido de “b” puede ser distinto del sentido de “a”, y con ello también será el pensamiento expresado en “a = b” distinto del expresado en “a = a“; pero entonces los dos enunciados tampoco tienen el mismo valor cognoscitivo. Si, como hemos hecho más arriba, por “juicio” entendemos el paso del pensamiento a su valor veritativo, también diremos entonces que los juicios son distintos” (FREGE, G., op.cit.)

[14] Cf. RORTY, Richard, El giro lingüístico, Paidós, Barcelona 1990.

[15] Teoría especular del lenguaje que sustituye a la teoría especular de la idea del siglo XVII.

[16] Cf. CARNAP, , La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje, 1931

[17] Cf. PUTNAM, H., El significado de “significado”, Tecnos, Madrid 1991, pp. 131-194.

[18] RUSELL, B., Los principios de la matemática, Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1948, p. 82

[19] Cf. RUSSELL, B., Lecciones sobre el atomismo lógico, conferencias de 1918.

[20] RUSSELL, B., La evolución de mi pensamiento filosófico, Madrid, Alianza, 1982, p. 85

[21] RUSELL, B., op. cit., p. 87

[22] PUTNAM, H., , “El significado de ‘significado'”, en VALDÉS, L. M. ,La búsqueda del significado, pp. 131-194.

[23] ibid., p. 152)

[24] Alexius von Meinong (1853-1921), nacido en Lemberg (Galizia), estudió en Viena con Vrentano. Profesor en Graz, fundó allí un laboratorio de psicología experimental que dio lugar a la llamada “escuela de Graz” que se opuso eficazmente a toda especulación filosófica gratuita, al análisis de conceptos, proponiendo la sobriedad en la expresión (Ferrater)

[25] Las “asunciones” son ficciones de carácter psicológico arraigadas en condiciones subjetivas.

[26] WITTGENSTEIN, L., Investigaciones filosóficas, § 43.

[27] La teoría de los actos de habla fue ampliamente desarrollada por AUSTIN, John L., William James Lectures, conferencias pronunciadas en Harvard en 1955 y editadas con el título How to do Things with Words en 1962. John SEARLE también ha desarrollado estas teorías en Actos de habla de 1969.