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Texto I

Hacia 1930, el octavo conde de Sillarés emprendió su colección despojos corporales de personas ilustres. Para ello profanó tumbas, cayó en complicidad con sepultureros, dilapidó parte de su fortuna y fue presa de turbios comentarios.

En Viena, centro de enlace de los diferentes particulares dedicados al coleccionismo de reliquias, casó con Anne Gévaèrt, soprano, de la que enviudó al poco tiempo, previa renuncia de ella a figurar, bajo concepto alguno, en la colección de su marido.

Al conde debemos el haber alentado la revista Urna, especializada en la identificación, valoración y catalogación de reliquias. La publicación se mantuvo de 1932 a 1936, constituyendo hoy sus seis números un lote bibliográfico de cotizada rareza.

En el gabinete que destinó a albergar sus insólita colección, los recipientes acomodados en vitrinas, se identificaban con unas tiras de papel adhesivo en las que el conde, con meticulosos caracteres góticos, fijaba la procedencia de su contenido: Zumalacárregui, Flaubert, Eugenia Montes,… Entre las piezas más curiosas se encontraba un diente de Gutierre de Cetina y un pincel del Giotto elaborado con su propio pelo. En la sección de atribuidos, merecía destacarse una rara gargantilla de la que colgaban, en montura de plata, cinco uñas; se dio en sospechar desde las páginas de Urna que procedía de la mano derecha de Luis XIV, rey de los franceses.

Al cabo de los años, la sala se convirtió en una copiosa galería de escombros ilustres. El conde aliviaba su achacosa vejez con la minuciosa catalogación de las piezas de su colección y con la idea de la fama póstuma, pues su insólito proyecto había de reservarle un lugar de excepción en la historia cultural de la ciudad.

Había dispuesto que se iniciasen las obras en las caballerizas de su casona para adecuarlas a las exigencias del futuro Museo de Reliquias Conde de Sillarés, que abriría sus puertas diariamente, de diez a dos y de seis a ocho, a lo largo de los siglos.

El conde reservó un cofrecillo (distinguido con el número 142, a continuación de P. Baroja) para depósito de su mano una vez momificada.

Murió nuestro hombre en 1969 y su mano acabó, efectivamente, como pieza de museo.

Sus herederos, con asco indisimulado, legaron la colección al Ayuntamiento y de allí, tras unos años de cortés decisión, el contenido de las urnas pasó a un nicho común, previo depósito de la mano del conde en el panteón familiar.

Y es que todos están solos. Nadie es feliz.

Lo remata la cabeza de un cabello encrespado, con su agitada crin y su relincho congelado en la plata.

Perteneció a mi abuelo. Lo tenía sobre la mesa de su despacho y con él abría los sobres de la correspondencia de Urna certeramente, con limpieza de maestro de esgrima: el papel sufría una herida invisible. Cuando hundía la hoja en el sobre, la cabeza de caballo parecía cabalgar como una figura de guiñol.

A la muerte de mi abuelo, el despacho lo ocupó mi padre. El abrecartas no lo utilizaba: una secretaria le presentaba cada mañana la correspondencia ordenada en una carpeta.

A la muerte de mi padre, no pude ocupar su despacho, pero me traje a casa el abrecartas. Yo quisiera utilizarlo tan hábilmente como mi abuelo. Cada día acaricio la cabeza de plata de la bestia.

Desde hace años espero alguna carta para ir practicando.

El texto que vamos a comentar intenta establecer una semblanza biográfica que desemboca en una autobiografía. De cómo el autor actualiza sus intenciones con recursos lingüísticos vamos a tratar en lo que sigue.

En el plano fonemático – fonológico encontramos una escrito redactado en español actual, que introduce, como ampliaremos en el plano léxico, algunos antropónimos extranjeros como Flaubert o Anne de Gévaèrt, lo que nos traza la idea de un emisor culto.

Predominan, ya en el apartado prosodemático, los grupos fónicos amplios, si reparamos en que el grupo fónico medio en español está entre ocho y once sílabas; tales grupos largos buscan desarrollar los detalles de la vida y obra del conde y de la soledad de la propia voz narrativa: Entre las piezas más curiosas se encontraba un diente de Gutierre de Cetina y un pincel del Giotto elaborado con su propio pelo, o Yo quisiera utilizarlo tan hábilmente como mi abuelo. Cada día acaricio la cabeza de plata de la bestia son ejemplos de lo que decimos.

No obstante advertimos que el autor ha establecido una serie de grupos fónicos cortos con la misma intención: especificar los detalles mediante aposiciones e incisos: En la sección de atribuidos, merecía destacarse una rara gargantilla de la que colgaban, en montura de plata, cinco uñas o asó con Anne Gévaèrt, soprano son muestras de ello.

Por lo demás, el emisor emplea una entonación enunciativa, que se asocia a la función referencial y a la modalidad declarativa: ello se ve bien claro en la primera parte, donde el autor da cuenta, como en un informe, de la vida del conde: El conde aliviaba su achacosa vejez con al minuciosa catalogación de las piezas de su colección y con la idea de la fama póstuma . No obstante, la segunda parte alude a la índole solitaria de la propia voz narrativa: la ausencia de entonaciones exclamativas y, especialmente, de la función expresiva genera un fuerte contraste entre el asunto tratado y el tono empleado por el emisor para referirse a él mismo, subrayando su entereza ante la soledad vivida: Desde hace años espero alguna carta para ir practicando. Esta técnica de continuar con la misma entonación desvela en la segunda parte una uniformidad de tratamiento que no se corresponde con los temas tratados: el fragmento autobiográfico, al ser abordado, desde un punto de vista casi aséptico, subraya más aún el hábito a la soledad, la desgana y la apatía que subyace en la voz narrativa. Esta idea de soledad toma un cierto matiz lírico en las dos últimas oraciones, donde el autor otorga un ritmo poético de endecasílabo y heptasílabo -dos si postulamos una dialefa en el segundo- acentuados en la sexta sílaba, como es común en la lírica moderna castellana:

Ca/da/ dí/a a/ca /ri/cio/ la/ ca/be/za = 11 de/ pla/ta/ de/ la/ bes/tia. =7

Des/de ha/ce a/ños/ es/pe/ro al/gu/na/ car/ta =11 pa/ra/ ïr/ prac/ti/can/do.=7

En la misma línea, encontramos en plano morfológico una superioridad de los sustantivos concretos sobre los abstractos (caballerizas, revista, mano, ciudad,…): de este modo el autor aumenta la impresión de asepsia acerca de lo que informa: no reflexiona en exceso sobre la vida del conde ni sobre la suya propia: las ideas de fama y soledad las sugiere, no discerniendo sobre ellas desde un punto de vista teórico, como correspondería a un predominio de los sustantivos abstractos, sino desde la realidad sensible, de la que dan cuenta los sustantivos concretos: fama y soledad son consecuencias que se derivan de experiencias vividas por personas concretas.

Compensa esta ausencia de reflexión explícita con la anteposición de adjetivos, que en español suelen ser valorativos, en nuestro caso ponderan lo singular del proyecto del conde (cotizada rareza, insólita colección, rara gargantilla, copiosa galería, minuciosa catalogación); y las reacciones que provocaron sus reliquias: cortés decisión y turbios comentarios, pero evita explicitar una valoración moral de la trama. Mientras que en la franja autobiográfica, siguiendo esa línea de desapego a las circunstancias propias, este recurso sólo aparece una sola vez y referida al motivo equino del abrecartas: agitada crin.

En lo tocante a la morfología verbal, el cambio de morfema de persona da un giro inesperado a la narración: en la parte donde se reseña la aventura coleccionista del conde aparece un narrador en tercera persona, aparentemente heterodiegético, es decir fuera de la acción principal, y extradiegético, esto es no presente como personaje, véase, por ejemplo, en Sus herederos, con asco indisimulado, legaron la colección al Ayuntamiento y de allí, tras unos años de cortés decisión, el contenido de las urnas pasó a un nicho común, previo depósito de la mano del conde en el panteón familiar.

A continuación, se nos desvela que la voz narrativa es la de un nieto del conde: Yo quisiera utilizarlo tan hábilmente como mi abuelo. Es decir, se pasa al morfema de primera persona, incluso con el pronombre sujeto Yo, enfático en español, de modo que el narrador se muestra como presente en una trama que se hace mayor, la de una pequeña historia familiar. Es decir, pasa a ser homodiegético e infradiegético.

El modo empleado en todo el texto es el indicativo, es decir, el que en español expresa hechos que, o son reales, o verosímiles, como ocurre con la historia del conde y de su nieto: Al cabo de los años, la sala se convirtió en una copiosa galería de escombros ilustres o Desde hace años espero alguna carta para ir practicando, son ejemplos de ello.

Solamente una vez se emplea el subjuntivo, un pretérito imperfecto, Yo quisiera utilizarlo tan hábilmente como mi abuelo, para referir la voz narrativa la esperanza que mantiene en equiparase al entusiasmo de su antepasado, pero, al estar en subjuntivo, se subraya el carácter hipotético e irreal, y, por tanto desesperanzado, de tal deseo. Del mismo modo que el sueño del conde se expresa con un condicional, es decir, en indicativo, para hacer ver el grado de probabilidad real, al referirse al museo, que abriría sus puertas diariamente. Mientras que el conde es todo acción, el nieto se ve reducido al ámbito de la soledad que anhela.

Esta vertiginosa vida del conde se revela en el uso del pretérito indefinido de indicativo, que, por su carácter imperfectivo se usa en la narraciones, como en la nuestra, para hacer avanzar la trama. Aquí se usa repetidamente para hacer ver lo trepidante de la vida del aristócrata: Hacia 1930, el octavo conde de Sillarés emprendió su colección despojos corporales de personas ilustres. Para ello profanó tumbas, cayó en complicidad con sepultureros, dilapidó parte de su fortuna y fue presa de turbios comentarios.

De hecho, el pretérito imperfecto, que por su aspecto inacabado, o imperfectivo, narra las acciones de fondo, no aparece hasta que el conde ve cumplido su sueño: los recipientes acomodados en vitrinas, se identificaban con unas tiras de papel adhesivo en las que el conde, con meticulosos caracteres góticos, fijaba la procedencia de su contenido: de modo que no aparece una acción de fondo hasta que vemos al conde en su colección. Esta subdivisión del texto dedicado al conde en preparativos para la colección y realización y futuro de la misma explica la abundante predominancia de verbos que hay en el texto.

Por el contrario, la franja referida al nieto, viene precedida de un renglón aislado que conecta ambas vidas y sus respectivos subtextos: Y es que todos están solos. Nadie es feliz. Estas dos existencias se conectan mediante un presente gnómico que expresa una verdad universal acerca de la soledad humana, ya sea el aislamiento del narrador, o la ausencia de compañía virtual que no genera la fama procurada del conde. Con todo, de la vida singular de éste le queda al hastío del nieto un abrecartas, al que se aferra todos los días, idea que expresa mediante el uso del presente habitual: Cada día acaricio la cabeza de plata de la bestia.

Un pronombre personal catafórico, lo, que aumenta el desconcierto del lector: no sabemos de qué se trata hasta que vamos descubriendo la identidad del emisor y la del referente del pronombre, el abrecartas, que verdaderamente es, como dijimos, el tenue nexo de unión entre el nieto y su abuelo. Esta necesidad de sentirse unido a un pasado entretenido queda remarcada por el uso del pronombre personal posesivo mi, que aparece al inicio de tres párrafos: Perteneció a mi abuelo; A la muerte de mi abuelo, A la muerte de mi padre.

Los pronombres numerales abundan en el texto por la necesidad de constatar la apretada vida del conde, desde Hacia 1930, cuando se inició la aventura colectora, hasta que Murió nuestro hombre en 1969, pasando por la fecha de publicación de la revista Urna (La publicación se mantuvo de 1932 a 1936). Pero no se nos escapa que tal minuciosidad descriptiva que proporciona el uso de los numerales pretende un aumento de la verosimilitud, apoyada en la exactitud de los datos: se llega a identificar el tarro donde se guardó la mano momificada del conde y hasta el horario de apertura del museo: El conde reservó un cofrecillo (distinguido con el número 142, a continuación de P. Baroja) para depósito de su mano una vez momificada y el futuro Museo de Reliquias Conde de Sillarés, que abriría sus puertas diariamente, de diez a dos y de seis a ocho, a lo largo de los siglos.

En cuanto a la sintaxis, como apuntábamos en el plano prosodemático, son abundantes los incisos y acotaciones, que, como anteriores numerales, pretenden explicar todos los detalles pertinentes de la trama: En Viena, centro de enlace de los diferentes particulares dedicados al coleccionismo de reliquias, casó con Anne Gévaèrt, soprano, de la que enviudó al poco tiempo, previa renuncia de ella a figurar, bajo concepto alguno, en la colección de su marido. Igualmente llama la atención cómo el autor ha dispuesto abundantes complementos circunstanciales de tiempo, especialmente con sintagmas preposicionales, muchos de ellos a inicio de párrafo: Hacia 1930, en 1969, A la muerte de mi padre, A la muerte de mi abuelo, Al cabo de los años, tras unos años de cortés decisión,… para hacer avanzar una trama tan condensada en lo temporal que abarca desde 1930, más o menos, hasta la actualidad. Tampoco faltan las subordinadas adverbiales finales que indican las intenciones del abuelo y del nieto, centros del texto, el museo de reliquias y la salida de la soledad del narrador: Había dispuesto que se iniciasen las obras en las caballerizas de su casona para adecuarlas a las exigencias del futuro Museo de Reliquias Conde de Sillarés; Desde hace años espero alguna carta para ir practicando.

En lo tocante al léxico, el autor demuestra un abundante manejo del mismo, evitando las palabras ómnibus: Lo remata la cabeza de un caballo encrespado, con su agitada crin y su relincho congelado en la plata, es una muestra que ilustra la selección de palabras que realiza el autor, sin caer en una diafasía solemne, sino culta. Ello se demuestra por la aparición de no pocos antropónimos: Flaubert, Zumalacárregui, Eugenia Montes, P. Baroja, Gutierre de Cetina, Giotto, Luis XIV,… como corresponde a las reliquias ilustres del conde. Del mismo modo, la índole culta del narrador se muestra en el uso creativo del lenguaje alguna vez, así, sirva de ejemplo la derivación por adición de prefijo en el neologismo: indisimulado, aprovechando el carácter privativo que tiene en español el prefijo in– para recalcar la falta de escrúpulos de los descendientes directos del conde: Sus herederos, con asco indisimulado, legaron la colección al Ayuntamiento.

En el plano semántico, recrea una serie sinónimos correferenciales, para aludir al campo semántico de las reliquias: despojos, reliquias, escombros, piezas,… pero nótese cómo dos de ellos, despojos y escombros albergan el sema, o rasgo de significado, de desechos, lo que implica un cierto desdén por el objeto de pasión del conde: el narrador admira más a su abuelo por su vida agitada que por el objeto de su colección.

Este hecho subraya la extravagancia del conde, que se ve acentuada por dos campos semánticos cuyos semas comunes son las partes del cuerpo y lo mortuorio, respectivamente: pelo, diente, mano, uñas,…; Urna, nicho, panteón, sepultureros, enviudó, muerte,…

El autor ha planteado al receptor una biografía yuxtapuesta a una autobiografía por medio de una oración que sirve de enlace a ambas: la infeliz condición humana: Y es que todos están solos. Nadie es feliz. La primera presenta la concentración temporal de un tiempo extenso, lleno de avatares, la segunda concentra la acción en varios momentos banales: a dos existencias distintas subyace una misma realidad: las soledad y la infelicidad como pago a la existencia.