Tema 6 – Condiciones y consecuencias económicas y sociales del desarrollo tecnológico

Tema 6 – Condiciones y consecuencias económicas y sociales del desarrollo tecnológico

INDICE

RESUMEN —————————————————————————- 2

INTRODUCCIÓN ——————————————————————– 6

1.- CONDICIONES ECONOMICAS Y SOCIALES

DEL DESARROLLO TECNOLÓGICO.

1.1- LA REVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA —————————– 7

1.2- LA REVOLUCIÓN AGRÍCOLA ———————————— 8

1.3- LOS MEDIOS DE TRANSPORTE

Y LA EXPANSIÓN DEL COMERCIO —————————- 8

1.4- EL SECTOR TEXTIL Y LA INDUSTRIA

SIDERURGICA——————————————————— 9

2.- CONSECUENCIAS ECONÓMICAS.

2.1- LA ORGANIZACIÓN FINANCIERA ———————————- 10

2.2- LA DIVISIÓN DEL TRABAJO —————————————— 11

2.3- EL CAPITALISMO ——————————————————– 12

2.4- EL SOCIALISMO ———————————————————- 15

3.- CONSECUENCIAS SOCIALES.

3.1- AUMENTO DE LA POBLACIÓN ————————————– 17

3.2- LAS MIGRACIONES ULTRAMARINAS —————————- 18

3.3- EL DESARROLLO DE LA CIUDAD ———————————- 19

3.4- LOS ORIGENES DEL PROLETARIADO ————————— 19

3.5- LAS CORRIENTES IDEOLÓGICAS

– EL COMUNISMO ————————————————– 21

– EL MARXISMO —————————————————– 21

– EL ANARQUISMO ————————————————- 22

– LA ACCIÓN SOCIAL CATÓLICA —————————— 23

BIBLIOGRAFÍA. ————————————————————————– 24

CONDICIONES ECONÓMICAS Y SOCIALES.

La Revolución Industrial suponía la aparición de un nuevo tipo de sociedad y de nuevos modos de vida.

Los factores concurrentes que en tres generaciones (1780-1850) hicieron posible la transformación fueron los siguientes:

a.- Los avances tecnológicos y los nuevos métodos de la producción.

b.- La modernización de la agricultura.

c.- La renovación de los transportes.

d.- La disponibilidad de capitales y espíritu empresarial.

e.- El crecimiento de la demanda y la expansión del comercio.

f.- El crecimiento de la población.

El crecimiento de la población durante el siglo XVIII fue espectacular.

En 1740 se inicia un crecimiento sostenido de la población que incluso se acelera en las últimas décadas del siglo.

La desecación de pantanos y de tierras pantanosas para la ampliación de tierras cultivables hizo disminuir los brotes epidémicos. Asimismo, la peste desapareció.

La aminoración del ritmo con que se producían las epidemias quizá haya que relacionarlo también con la aparición de un tipo de alimentación más regularmente distribuido al producirse una serie de cosechas cuyo alcance no sufría los altibajos típicos de las centurias anteriores.

Se denomina revolución agrícola a las transformaciones jurídicas y técnicas del campo inglés en la segunda mitad del siglo XVIII, extendidas después a otros países. La acumulación de las rentas agrarias y la liberación de numerosa mano de obra influyeron decisivamente en la revolución industrial.

El cercado permitió aplicar diversas innovaciones técnicas: rotación de cultivos y supresión de barbechos, generalización de los cultivos americanos (patata y maíz), mecanización de las labores e intensificación de la ganadería.

Las necesidades de abastecimiento de las ciudades, cuyo crecimiento fue espectacular a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, impulsaron el crecimiento de los medios de transporte y comunicación.

En general el auge de estas realizaciones se produjo a partir del último cuarto del siglo XVIII y continuó durante el XIX. En esta centuria se registró la aparición de un medio de transporte fundamental para el posterior desarrollo económico: el ferrocarril.

La industria textil del algodón y la siderúrgica fueron los dos sectores punta de la R.I. No cabe duda de que este espectacular crecimiento económico no se hubieses producido sin la aplicación de máquinas a los procesos productivos.

La expansión de la economía entre 1740 y 1780, que ensanchó las relaciones comerciales, que despertó la atención sobre la mejora de la producción agrícola, y que propició la construcción de canales para mejorar el transporte, alentó una atmósfera de optimismo en la que surgió un tipo social: el empresario.

Con la construcción de la red ferroviaria aparecen las operaciones financieras del tipo actual: el capital acumulado, que los pequeños y mediano ahorradores solían colocar en depósitos bancarios o en deuda pública, era destinado ahora a la compra de acciones de las compañías ferroviarias.

La industrialización significó, ante todo, transformaciones profundas en el proceso de producción.

La industrialización dio origen a un nuevo principio tecnológico: la producción en serie.

CONSECUENCIAS ECONÓMICAS :

Dos acontecimientos propiciaron la aparición del capitalismo moderno; los dos se produjeron durante la segunda mitad del siglo XVIII. El primero fue la aparición en Francia de los fisiócratas desde mediados de este siglo; el segundo fue la publicación de las ideas de Adam Smith obre la teoría y práctica del mercantilismo.

Las ideas de Smith y de los fisiócratas crearon la base ideológica e intelectual que favoreció el inicio de la Revolución industrial, término que sintetiza las transformaciones económicas y sociales que se produjeron durante el siglo XIX. Se considera que el origen de estos cambios se produjo a finales del siglo XVIII en Gran Bretaña.

El desarrollo del capitalismo industrial tuvo importantes coste sociales. Al principio, la industrialización se caracterizó por las inhumanas condiciones de trabajo de la clase trabajadora. Estas condiciones llevaron a que surgieran numerosos críticos del sistema que defendían distintos sistemas de propiedad comunitaria o socializado.

En las democracias industrializadas de Europa y Estados Unidos del siglo XX, la mayor prueba que tuvo que superar el capitalismo se produjo a partir de la década de 1930. La Gran Depresión fue, sin duda, la más dura crisis a la que se enfrentó el capitalismo desde sus inicios en el siglo XVIII. Sin embargo, y a pesar de las predicciones de Marx, los países capitalistas no se vieron envueltos en grandes revoluciones. Por el contrario, al superar el desafío que representó esta crisis, el sistema capitalista mostró una enorme capacidad de adaptación y de supervivencia. No obstante, a partir de ella, los gobiernos democráticos empezaron a intervenir en sus economías para mitigar los inconvenientes y las injusticias que crea el capitalismo.

El socialismo es un término que desde principios del siglo XIX, designa aquellas teorías y acciones políticas que defienden un sistema económico y político basado en la socialización de los sistemas de producción y en el control estatal (parcial o completo) de los sectores económicos, lo que se oponía frontalmente a los principios del capitalismo. Aunque el objetivo final de los socialistas era establecer una sociedad comunista o sin clases, se han centrado cada vez más en reformas sociales realizadas en el seno del capitalismo.

El crecimiento de la población continuo creciendo en el siglo XIX y en el siglo XX se duplicó.

La causa del tremendo crecimiento demográfico fue la disminución de la tasa bruta de mortalidad. Como resultado de la difusión de la tecnología, aplicada a la higiene pública y a la sanidad, a la atención médica, a la producción agraria y a otros sectores, la tasa de mortalidad descendió de forma drástica.

Otro fenómeno demográfico del siglo es la existencia de potentes corrientes migratorias transoceánicas. Entre 1800 y 1900 se calcula que más de 50 millones de personas emigraron desde sus países de origen a ultramar. Este flujo no fue continuo, sino que se acentuó durante las crisis cíclicas del sistema capitalista.

El crecimiento de las ciudades se debió fundamentalmente al saldo migratorio, aunque no exclusivamente, es decir, a la emigración de campesinos que abandonaban el campo en busca de mejores oportunidades en la industria. La relación directa crecimiento industrial – urbanización se hizo patente muy pronto.

Tal vez el aspecto más controvertido del cambio social a que dio origen la revolución industrial ha sido la evolución de las nuevas condiciones de trabajo y del nivel de vida de los trabajadores que se incorporaron a las nacientes industrias.

En sus orígenes, el proletariado se nutrió de los campesinos arrojados de los campos por la racionalización de la agricultura, y de los artesanos empobrecidos por el sistema de concentración fabril. Más tarde, la clase obrera se engrosaría con los hijos de las propias familias proletarias.

Todo esto dio lugar a la aparición de corrientes ideológicas que todavía perduran en nuestra sociedad de principios del siglo XXI: el comunismo, el marxismo, el anarquismo, doctrinas cristianas, etc.

INTRODUCCIÓN.

La industrialización contribuyó de manera decisiva a transformar radicalmente la estructura social.

El cambio acelerado de los cambios sociales ocurridos a lo largo de los dos últimos siglos en la llamada “sociedad occidental”, ha sido consecuencia directa de la aparición de la industria. Ningún otro acontecimiento en la historia social de la humanidad ha marcado huellas tan profundas en la convivencia social de los hombres, desde la “ Revolución Industrial”

Por otra parte, la naturaleza de estas transformaciones sociales fue básicamente la misma en todos los países que se sumaron a ella: crecimiento demográfico, urbanismo, cambios en la organización familiar, burocratización, masificación, ruptura de las jerarquías tradicionales, secularización, etc. La razón es que, en el proceso de producción de los recursos necesarios para la supervivencia, la industrialización se ha asentado sobre bases que, en sí misma, contiene un fuerte potencial de transformación, tales como la utilización de la ciencia y tecnología, la organización racional de la vida económica, la aparición de la empresa como institución económica central separada de la familia, la diversificación social e interdependencia funcional derivada de la división del trabajo, etc.

En este orden de cosas, las formas que adoptó históricamente la industrialización (capitalismo o socialismo), ceden en importancia, al hecho mismo de la industrialización.

En este tema se explicará todos estos puntos, desde sus inicios hasta nuestros días, con el fin de comprender nuestra historia.

1. – CONDICIONES ECONÓMICAS Y SOCIALES DEL DESARROLLO TECNOLÓGICO.

La Revolución Industrial suponía la aparición de un nuevo tipo de sociedad y de nuevos modos de vida.

El proceso económico no quedó reducido a las fronteras británicas sino que se extendió por toda Europa, pero de una forma más lenta.

En algunos momentos se buscó una causa como la desencadenante de la R.I., pero actualmente, la mayoría de los historiadores coinciden en considerar que cada uno de los factores concurrentes fueron a la vez causa y efecto y que, por lo tanto, no cabe un análisis lineal sino que es necesario el estudio de todo el proceso de un modo global.

Los factores concurrentes que en tres generaciones (1780-1850) hicieron posible la transformación fueron los siguientes:

a.- Los avances tecnológicos y los nuevos métodos de la producción.

b.- La modernización de la agricultura.

c.- La renovación de los transportes.

d.- La disponibilidad de capitales y espíritu empresarial.

e.- El crecimiento de la demanda y la expansión del comercio.

f.- El crecimiento de la población.

1.1. – LA REVOLUCIÓN DEMOGRÁFICA.

El crecimiento de la población durante el siglo XVIII fue espectacular.

En 1740 se inicia un crecimiento sostenido de la población que incluso se acelera en las últimas décadas del siglo.

Este crecimiento viene determinado por dos factores fundamentales:

-La disminución drástica del índice de mortalidad después de 1740.

-El elevado número de nacimientos existentes en toda la centuria.

La baja mortalidad se produjo por una mejora del nivel de vida a consecuencia de un incremento en la producción de cereales y una mejora en los medios sanitarios e higiénicos. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, se produjeron profundas transformaciones agrícolas que elevaron considerablemente la producción y, en consecuencia, el se dispuso de una cantidad mayor de alimentos, no solamente derivados de productos cerealistas, sino que también aumentó el número de cabezas de ganado existentes al acrecentarse la cantidad de forrajes disponibles.

La desecación de pantanos y de tierras pantanosas para la ampliación de tierras cultivables hizo disminuir los brotes epidémicos. Asimismo, la peste desapareció.

La aminoración del ritmo con que se producían las epidemias quizá haya que relacionarlo también con la aparición de un tipo de alimentación más regularmente distribuido al producirse una serie de cosechas cuyo alcance no sufría los altibajos típicos de las centurias anteriores.

Este aumento repercutió beneficiosamente en la R.I. por dos razones fundamentales:

-Aumentó el número de brazos disponibles o, lo que es lo mismo, la oferta de trabajo.

-Aumentó el mercado interior de consumo de productos manufacturados; la producción pudo de esta forma acrecentarse.

1.2. – LA REVOLUCIÓN AGRÍCOLA.

Se denomina revolución agrícola a las transformaciones jurídicas y técnicas del campo inglés en la segunda mitad del siglo XVIII, extendidas después a otros países. La acumulación de las rentas agrarias y la liberación de numerosa mano de obra influyeron decisivamente en la revolución industrial.

Las innovaciones agrarias fueron en principio obra de una minoría de agrónomos y propietarios ante las necesidades alimenticias de una población en crecimiento.

Se modificó el sistema de explotación basado en el openfield o campo abierto. En este sistema, cada campesino tenía su parcela, pero los trabajos y cultivos estaban sometidos a unas reglas comunales que impedían toda iniciativa. El Parlamento comenzó a autorizar el cercado de fincas en los campos abiertos. Esta operación costosa sólo estaba al alcance de grandes propietarios que prosperaron a costa de los pequeños, obligados a vender sus fincas. También se vieron perjudicados los campesinos sin tierra que se aprovechaban de los terrenos comunales, ahora vendidos en pública subasta.

El cercado permitió aplicar diversas innovaciones técnicas: rotación de cultivos y supresión de barbechos, generalización de los cultivos americanos (patata y maíz), mecanización de las labores e intensificación de la ganadería.

La difusión de estas innovaciones fue desigual. En Europa occidental el movimiento de cercados no tuvo importancia, pero se extendieron los abonos, las rotaciones y los nuevos cultivos. En Europa oriental y mediterránea, la supervivencia de sistemas arcaicos de propiedad y de la servidumbre retraso la introducción de nuevas técnica.

1.3. – LOS MEDIOS DE TRANSPORTE Y LA EXPANSIÓN DEL COMERCIO.

Las necesidades de abastecimiento de las ciudades, cuyo crecimiento fue espectacular a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, impulsaron el crecimiento de los medios de transporte y comunicación.

Las características fundamentales que presentaron la construcción y utilización de los medios de transporte fueron:

-Tanto los canales fluviales como las carreteras se construyeron por la iniciativa privada.

-Estas construcciones y ampliaciones implicaron la utilización de nuevas técnicas, como las necesitadas para la creación de esclusas que salvaban desniveles en los tramos fluviales navegables o los procedimientos para la construcción de carreteras siguiendo varios métodos muy conocidos, tres de ellos denominados con el nombre del ingeniero que ideó el procedimiento: Telford, Metecalf y Macadam.

En general el auge de estas realizaciones se produjo a partir del último cuarto del siglo XVIII y continuó durante el XIX. En esta centuria se registró la aparición de un medio de transporte fundamental para el posterior desarrollo económico: el ferrocarril.

El comercio internacional se benefició del crecimiento general de la producción agrícola e industrial, de los revolucionarios medios de transporte y del progreso de los medios de comunicación del pensamiento (telégrafo y telefonía). Esta intensificación se desarrolló generalmente dentro de un sistema librecambista, impuesto por la prepotencia política y económica de Inglaterra que poseedora de un extenso imperio pudo funcionar como un organismo autónomo en el que la metrópoli se especializó en la producción de manufacturas y los dominios coloniales en alimentos y materias primas.

1.4. – El SECTOR TEXTIL Y LA INDUSTRIA SIDERURGIA COMO PROPULSOR DEL DESPEGUE INDUSTRIAL.

La industria textil del algodón y la siderúrgica fueron los dos sectores punta de la R.I. No cabe duda de que este espectacular crecimiento económico no se hubieses producido sin la aplicación de máquinas a los procesos productivos.

Respecto al despegue de la industria textil es necesario considerar los siguientes hechos e interpretaciones:

Los inventos mecánicos por sí mismos no presuponen aceleración del ritmo de la producción. Para que ésta exista es necesaria su aplicación práctica.

En el sector textil destacaron:

– Desde la invención de la lanzadera volante de Kay aplicable al tejido, el sector de hilado quedó atrasado, los hiladores no podían abastecer a los tejedores de la forma necesaria porque el ritmo de fabricación de éstos era mucho más rápido. Se hacía necesario acelerar el proceso de hilado para superar este desfase.

– El verdadero despegue del sector se produjo a partir de los años 60 y 70 del siglo XVIII, con la aplicación de la jenny, la water frame y la mule de Crompton al campo de hilado. Cuando esta última máquina empezó a ser movida por vapor puede decirse que la moderna factoría industrial había nacido.

El desarrollo técnico de la metalurgia se efectuó en dos fases. La primera estuvo relacionada con la invención y aplicación de nuevos procedimientos de fundición; y la segunda, con el perfeccionamiento de las técnicas de transformación del hierro en acero. Un momento decisivo de este proceso fue la sustitución del carbón vegetal por carbón de coque (escoria mineral de hulla). La trascendencia de este cambio se comprende fácilmente. Mientras la producción de hierro estuvo asociada al carbón de leña, la distribución geográfica de las factorías tuvo que situarse en torno a regiones boscosas. El agotamiento de los bosques exigía traslados periódicos de las fundiciones, lo que repercutía muy gravemente sobre los costos.

Los inventos mecánicos producidos a partir del último cuarto del siglo XVIII fueron básicos para el auge de la industria siderúrgica, fundamentalmente por la aplicación de la máquina de vapor de Boulton-Watt que introducía aire en el convertidor de Darby y aceleraba la antes lentísima combustión del coque y sobre todo por la introducción del sistema de pudelaje (cort, 1783-1784).

2. – CONSECUENCIAS ECONOMICAS DEL DESARROLLO TECNOLÓGICO

2.1- LA ORGANIZACIÓN FINANCIERA.

Una economía en avance progresivo necesita disponer de medios de pago flexibles e instituciones bancario – financieras suficientes.

En Gran Bretaña, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII ambas necesidades estuvieron cubiertas. El banco de Londres se fundó a fines del siglo XVII. Desde sus inicios sus principales funciones fueron:

– Prestar al Estado dinero que éste necesitaba para realizar su política económica y exterior, dirigir y efectuar todas las operaciones relacionadas con la emisión de Deuda Pública, conceder al Gobierno dinero adelantado que luego reembolsaba cuando el Tesoro efectuaba el cobro de tributos e impuestos; incluso participaba en la dirección de las actividades financieras estatales.

– A cambio podía participar en los negocios de las compañías que poseían determinados monopolios comerciales y que habían sido autorizadas por el propio Estado.

– Igualmente hacía el papel de depositario de reservas monetarias en oro y plata depositadas por empresarios particulares.

Desde la segunda mitad del XVIII, aparte del Banco de Londres, Banco del Estado, existieron otras muchas instituciones bancarias familiares que incluso podían emitir billetes.

Junto a los billetes, el uso del cheque como instrumento de pago, así como la letra de cambio, contribuyeron a permitir que se dispusiera de la liquidez necesaria.

La expansión de la economía entre 1740 y 1780, que ensanchó las relaciones comerciales, que despertó la atención sobre la mejora de la producción agrícola, y que propició la construcción de canales para mejorar el transporte, alentó una atmósfera de optimismo en la que surgió un tipo social: el empresario.

Los industriales británicos financiaron ellos mismos lo esencial en sus inversiones; las relaciones entre banqueros e industriales no fueron muy estrechas, por lo menos hasta bien entrados el siglo XIX.

Se puede afirmar que en la primera etapa de la Revolución Industrial, generaba más capital del que demandaba el sector industrial, gracias a los beneficios de la agricultura, cuyos productos tenían precios altos y la prosperidad del comercio exterior

Con la construcción de la red ferroviaria aparecen las operaciones financieras del tipo actual: el capital acumulado, que los pequeños y mediano ahorradores solían colocar en depósitos bancarios o en deuda pública, era destinado ahora a la compra de acciones de las compañías ferroviarias.

En la década de los cuarenta del siglo XIX las bolsas provinciales se lanzan a la negociación de estos nuevos títulos, con lo que la sociedad anónima anuncia nuevas formas de organización empresarial propias de la llamada Segunda Revolución Industrial.

2.2. – LA DIVISION DEL TRABAJO.

La industrialización significó, ante todo, transformaciones profundas en el proceso de producción.

La aparición de la manufactura supuso el fin de los viejos tiempo de la producción artesanal. Pero, aunque introdujo ya las primeras formas identificables de división del trabajo en el proceso productivo, estamos aún lejos de la división propia de la industria mecanizada.

A lo más, en la división manufacturera del trabajo cada obrero o grupo de obreros se ocupaba de ejecutar una parte parcial del proceso productivo de forma directa y sirviéndose de sus herramientas.

La industrialización dio origen a un nuevo principio tecnológico: la producción en serie.

La consecuencia inmediata fue que el sistema de producción dejó de estar adaptado al trabajador y se plegó cada vez más a las exigencias de la maquinaria.

El concepto de “ puesto de trabajo” sustituyó a la vieja idea del “oficio” artesano. Con la industrialización, la empresa sustituyó al taller como institución económica fundamental.

A pesar de todo, la intuición de Adam Smith sobre la importancia que había de adquirir en el futuro la división del trabajo en el seno de la producción industrial resultó indudablemente exacta. Las teorías del ingeniero norteamericano F.W. Taylor, propuestas ya a comienzos del siglo, resumen cabalmente este “espíritu”. Dichas tesis cristalizaron históricamente en la primera línea de montaje, inaugurada por Ford en 1913 para la fabricación de automóviles.

2.3 – EL CAPITALISMO.

Aunque tiene sus orígenes en la antigüedad, el desarrollo del capitalismo es un fenómeno europeo; fue evolucionando en distintas etapas, hasta considerarse establecido en la segunda mitad del siglo XIX. Desde Europa, y en concreto desde Inglaterra, el sistema capitalista se fue extendiendo a todo el mundo, siendo el sistema socioeconómico casi exclusivo en el ámbito mundial hasta el estallido de la I Guerra Mundial, tras la cual se estableció un nuevo sistema socioeconómico, el comunismo, que se convirtió en el opuesto al capitalismo.

El término kapitalism fue acuñado a mediados del siglo XIX por el economista alemán Karl Marx.

Se puede decir que, de existir un fundador del sistema capitalista, éste es el filósofo escocés Adam Smith, que fue el primero en describir los principios económicos básicos que definen al capitalismo.

Ya antes del inicio de la industrialización había aparecido una de las figuras más características del capitalismo, el empresario, que es, según Schumpeter, el individuo que asume riesgos económicos. Un elemento clave del capitalismo es la iniciación de una actividad con el fin de obtener beneficios en el futuro; puesto que éste es desconocido, tanto la posibilidad de obtener ganancias como el riesgo de incurrir en pérdidas son dos resultados posibles, por lo que el papel del empresario consiste en asumir el riesgo de tener pérdidas.

A lo largo de su historia, pero sobre todo durante su auge en la segunda mitad del siglo XIX, el capitalismo tuvo una serie de características básicas. En primer lugar, los medios de producción – tierra y capital- son de propiedad privada. En este contexto el capital se refiere a los edificios, la maquinaria y otras herramientas utilizadas para producir bienes y servicios destinados al consumo. En segundo lugar, la actividad económica aparece organizada y coordinada por la interacción entre compradores y vendedores (o productores) que se produce en los mercados. En tercer lugar, tanto los propietarios de la tierra y el capital como los trabajadores, son libres y buscan maximizar su bienestar, por lo que intentan sacar el mayor partido posible de sus recursos y del trabajo que utilizan para producir; los consumidores pueden gastar como y cuando quieran sus ingresos para obtener la mayor satisfacción posible. En cuarto lugar, bajo el sistema capitalista el control del sector privado por parte del sector público debe ser mínimo; se considera que si existe competencia para gestionar la defensa nacional, hacer respetar la propiedad privada y garantizar el cumplimiento de los contratos. Esta visión decimonónica del papel del Estado en el sistema capitalista ha cambiado mucho durante el siglo XX.

Dos acontecimientos propiciaron la aparición del capitalismo moderno; los dos se produjeron durante la segunda mitad del siglo XVIII. El primero fue la aparición en Francia de los fisiócratas desde mediados de este siglo; el segundo fue la publicación de las ideas de Adam Smith obre la teoría y práctica del mercantilismo.

Las ideas de Smith y de los fisiócratas crearon la base ideológica e intelectual que favoreció el inicio de la Revolución industrial, término que sintetiza las transformaciones económicas y sociales que se produjeron durante el siglo XIX. Se considera que el origen de estos cambios se produjo a finales del siglo XVIII en Gran Bretaña.

El desarrollo del capitalismo industrial tuvo importantes coste sociales. Al principio, la industrialización se caracterizó por las inhumanas condiciones de trabajo de la clase trabajadora. Estas condiciones llevaron a que surgieran numerosos críticos del sistema que defendían distintos sistemas de propiedad comunitaria o socializado.

Con el capitalismo aparecieron los ciclos económicos: periodos de expansión y prosperidad seguidos de recesiones y depresiones económicas que se caracterizan por la discriminación de la actividad productiva y el aumento del desempleo. Los economistas clásicos que siguieron las ideas de Adam Smith no podían explicar estos altibajos de la actividad económica y consideraban que era el precio inevitable que había que pagar por el progreso que permitía el desarrollo capitalista. Las críticas marxistas y las frecuentes depresiones económicas que se sucedían en los principales países capitalistas ayudaron a la creación de movimientos sindicales que luchaban para lograr aumentos salariales, disminución de la jornada laboral y mejores condiciones laborales.

A finales del siglo XIX, sobre todo en Estados Unidos, empezaron a aparecer grandes corporaciones de responsabilidad limitada que tenían un enorme poder financiero. La tendencia hacia el control corporativo del proceso productivo llevó a la creación de acuerdos entre empresas, monopolios o trusts que permitían el control de toda una industria. Las restricciones al comercio que suponían estas asociaciones entre grandes corporaciones provocó la aparición, por primera vez en Estados Unidos, y más tarde en todos los países capitalistas, de una legislación antitrusts, que intentaba impedir la formación de trusts que formalizaran monopolios e impidieran la competencia en las industrias y en el comercio.

A pesar de estas dificultades iniciales, el capitalismo siguió creciendo y prosperando casi sin restricciones a lo largo del siglo XIX. Logró hacerlo así porque demostró una enorme capacidad para crear riqueza y para mejorar el nivel de vida de casi toda la población. A finales del siglo XIX, el capitalismo era el principal sistema socioeconómico mundial.

En las democracias industrializadas de Europa y Estados Unidos del siglo XX, la mayor prueba que tuvo que superar el capitalismo se produjo a partir de la década de 1930. La Gran Depresión fue, sin duda, la más dura crisis a la que se enfrentó el capitalismo desde sus inicios en el siglo XVIII. Sin embargo, y a pesar de las predicciones de Marx, los países capitalistas no se vieron envueltos en grandes revoluciones. Por el contrario, al superar el desafío que representó esta crisis, el sistema capitalista mostró una enorme capacidad de adaptación y de supervivencia. No obstante, a partir de ella, los gobiernos democráticos empezaron a intervenir en sus economías para mitigar los inconvenientes y las injusticias que crea el capitalismo.

El acontecimiento más importante de la historia reciente del capitalismo fue la publicación de la obra de John Maynard Keynes, La teoría general del empleo, el interés y el dinero (1936). El pensamiento de Keynes modificó en lo más profundo las ideas capitalistas, creándose una nueva escuela de pensamiento económico denominada keynesianismo.

Durante los 25 años posteriores a la II Guerra Mundial, la combinación de las ideas keynesianas con el capitalismo generaron una enorme expansión económica.

Sin embargo a principios de la década de 1960 la inflación y el desempleo empezaron a crecer en todas las economías capitalistas. La inflación de la década de 1970 se redujo a principios de la década de 1980. Las crisis bursátiles de 1987 marcaron el principio de un periodo de inestabilidad financiera. El crecimiento económico se ralentizó y muchos países en los que la deuda pública, la de las empresas y la de los individuos habían alcanzado niveles sin precedente, entraron en una profunda crisis con grandes tasas de desempleo a principios de la década de 1990. La recuperación empezó a mitad de esta década, aunque los niveles de desempleo siguen siendo elevados, pero se mantiene una política de cautela a la vista de los excesos de la década anterior.

El principal objetivo de los países capitalistas consiste en garantizar un alto nivel de empleo al tiempo que se pretende mantener la estabilidad de los precios. Es, sin duda, un objetivo muy ambicioso pero, a la vista de la flexibilidad del sistema capitalista, no sólo resulta razonable sino, también, asequible.

2.4 – EL SOCIALISMO.

El socialismo es un término que desde principios del siglo XIX, designa aquellas teorías y acciones políticas que defienden un sistema económico y político basado en la socialización de los sistemas de producción y en el control estatal (parcial o completo) de los sectores económicos, lo que se oponía frontalmente a los principios del capitalismo. Aunque el objetivo final de los socialistas era establecer una sociedad comunista o sin clases, se han centrado cada vez más en reformas sociales realizadas en el seno del capitalismo.

Si bien sus inicios se remontan a la época de la Revolución Francesa y los discursos de François Nöel Babeuf, el término comenzó a ser utilizado de forma habitual en la primera mitad del siglo XIX por los intelectuales radicales, que se consideraban los verdaderos herederos de la Ilustración tras comprobar los efectos sociales que trajo consigo la Revolución Industrial. Entre sus primeros teóricos se encontraban el conde de Saint-Simon, Charles Fourier y Robert Owen. El socialismo suponía una reacción al extremado valor que el liberalismo concedía a los logros individuales y a los derechos privados, a expensas del bienestar colectivo.

Sin embargo, era también un descendiente directo de los ideales del liberalismo político y económico. Los socialistas compartían con los liberales el compromiso con la idea de progreso y la abolición de los privilegios aristocráticos aunque, a diferencia de ellos, denunciaban al liberalismo por considerarlo una fachada tras la que la avaricia capitalista podía florecer sin obstáculos.

Gracias a Karl Marx y a Friedrich Engels, el socialismo adquirió un soporte teórico y práctico a partir de una concepción materialista de la historia. El marxismo sostenía que el capitalismo era el resultado de un proceso histórico caracterizado por un conflicto continuo entre clases sociales opuestas.

En 1864 se fundó en Londres la Primera Internacional, asociación que pretendía establecer la unión de todos los obreros del mundo y se fijaba como último fin la conquista del poder político por el proletariado. Sin embargo, las diferencias surgidas entre Marx y Bakunin (defensor del anarquismo y contrario a la centralización jerárquica que Marx propugnaba) provocaron su ruptura. Las teorías marxistas fueron adoptadas por mayoría; así, a finales del siglo XIX, el marxismo se había convertido en la ideología de casi todos los partidos que defendían la emancipación de la clase trabajadora, con la única excepción del movimiento laborista y de diversas organizaciones anarquistas.

Los socialistas eran miembros de partidos centralizados o de base nacional organizados de forma precaria bajo el estandarte de la Segunda Internacional Socialista que defendían una forma de marxismo popularizada por Engels, August Bebel y Karl Kautsky. De acuerdo con Marx, los socialistas sostenían que las relaciones capitalistas irían eliminando a los pequeños productores hasta que sólo quedasen dos clases antagónicas enfrentadas, los capitalistas y los obreros. Con el tiempo, una grave crisis económica dejaría paso al socialismo y a la propiedad colectiva de los medios de producción. Mientras tanto, los partidos socialistas, aliados con los sindicatos, lucharían pro conseguir un programa mínimo de reivindicaciones laborales.

La I Guerra Mundial y la Revolución Rusa provocaron la ruptura de la Segunda Internacional entre los partidos del bolchevismo de Lenin y los socialdemócratas reformistas, que habían respaldado en su mayoría a los gobiernos durante la guerra a pesar de las proclamaciones pacifistas de la Internacional. Los primeros fueron conocidos como comunistas y los segundos siguieron siendo el movimiento socialista europeo.

Después de 1945, los partidos socialistas se convirtieron, en la mayor parte de Europa occidental, en la principal alternativa frente a los partidos conservadores y democristianos. Aun manteniendo su antiguo compromiso con el socialismo como “estado final”, es decir, una sociedad en la que se anularan las diferencias sociales, desarrollaron un concepto de socialismo “como proceso”. En la práctica, esto significaba que, mientras sus seguidores más comprometidos se aferraban a la idea de un objetivo final, los partidos socialistas, por estas épocas a menudo en el poder, se concentraban en reformas socioeconómicas factibles dentro del sistema capitalista. Aunque variaban según los países, las reformas socialistas incluían, en primer lugar, la introducción de un sistema de protección social (conocido como Estado de bienestar), y en segundo lugar, la consecución del pleno empleo mediante técnicas de gestión macroeconómicas desarrolladas por Keynes.

En el aspecto internacional, la mayoría de los partidos socialistas se alinearon junto a Occidente durante la Guerra fría, aunque importantes minorías dentro de cada partido intentaran hallar una vía intermedia entre la democracia capitalista y el comunismo soviético, denunciaron la política exterior estadounidense y expresaron su solidaridad con los países en vías de desarrollo.

En lo sustancial, el socialismo ha seguido estando limitado a Europa occidental o a países cuya población es o ha sido de origen europeo.

Hacia el final de la década de 1950, los partidos socialistas de Europa occidental empezaron a descartar el marxismo, aceptaron la economía mixta, relajaron sus vínculos con los sindicatos y abandonaron la idea de un sector nacionalizado en continua expansión. El notable desarrollo económico desde postulados capitalistas durante las décadas de 1950 y 1960 puso fin a la creencia que mantenía que la clase trabajadora sería cada vez más pobre o que la economía sufriría un colapso que favorecería la revolución social. Ya que un sector considerable de la clase trabajadora seguía votando a partidos de centro y de derecha, los partidos socialistas intentaron de forma paulatina captar votantes entre la clase media y abandonaron los símbolos y la retórica del pasado. Este revisionismo de finales de la década de 1950 proclamaba que los nuevos objetivos del socialismo eran ante todo la redistribución de la riqueza de acuerdo con los principios de igualdad y justicia social.

Según se acercaba a su fin el siglo, el socialismo – tal y como se hallaba representado por los partidos socialistas- no sólo había perdido su perspectiva anticapitalista original sino que también empezaba a aceptar, aunque con dolor por su parte, que el capitalismo no podía ser controlado de un modo suficiente, y mucho menos abolido.

Debido a su inmovilidad actual, definir el concepto de socialismo al final del siglo XX presenta numerosos problemas. La mayoría de los partidos socialistas ha llevado a cabo un proceso de renovación programática cuyos contornos no son aún muy claros. Es posible, sin embargo, catalogar algunas de las características definitorias del socialismo europeo según se prepara para hacer cara a los retos del próximo milenio: 1) reconocer que la regulación estatal de las actividades capitalistas debe ir pareja al desarrollo correspondiente de las formas de regulación supranacionales; 2) crear un “espacio social” europeo que sirva de precursor a un Estado de bienestar europeo armonizado; 3) reforzar el poder del consumidor y del ciudadano para compensar el poder de las grandes empresas y del sector público; 4) mejorar el puesto de la mujer en la sociedad para superar la imagen y prácticas del socialismo tradicional, en exceso centradas en el hombre, y enriquecer su antiguo compromiso a favor de la igualdad entre los sexos; 5) descubrir una estrategia destinada a asegurar el crecimiento económico y a aumentar el empleo sin dañar el medio ambiente; 6) organizar un orden mundial orientado a reducir el desequilibrio existente entre las naciones capitalistas desarrolladas y los países en vías de desarrollo.

Esta relación no pretende en absoluto se exhaustiva. Sin embargo, subraya algunos elementos de continuidad con el socialismo tradicional: una visión pesimista de lo que la economía podría lograr si se le permitiera seguir creciendo sin restricciones, y el optimismo en lo que se refiere a la posibilidad de que una sociedad organizada en el orden político pudiera progresar de forma consciente hacia un estado de cosas que podría aliviar el sufrimiento humano.

3. – CONSECUENCIAS SOCIALES DEL DESARROLLO TECNOLÓGICO.

3.1. – AUMENTO DE LA POBLACIÓN.

En todos los países en los que triunfó, la Revolución Industrial vino acompañada de un crecimiento demográfico que, por el ritmo acelerado con que se produjo y la intensidad sin precedentes que alcanzó el fenómeno, puede considerarse con justicia una verdadera revolución demográfica.

El crecimiento de la población continuo creciendo en el siglo XIX y en el siglo XX se duplicó.

La causa del tremendo crecimiento demográfico fue la disminución de la tasa bruta de mortalidad. Como resultado de la difusión de la tecnología, aplicada a la higiene pública y a la sanidad, a la atención médica , a la producción agraria y a otros sectores, la tasa de mortalidad descendió de forma drástica.

Otro factor fundamental que contribuyó a la caída de las tasas generales de mortalidad fue la disminución de la mortalidad infantil ( muerte de niños menores de un año).

Consecuencia importante de la disminución de la tasa de mortalidad fue el espectacular incremento en la duración media de vida.

Progresivamente, todas las sociedades industriales consiguieron hacer desaparecer los “picos recurrentes” del índice de mortalidad, es decir, las mortalidades catastróficas debidas a las epidemias y al hambre.

Hoy en día nos encontramos con el problema del descenso de la fecundidad en los países desarrollados, y es debido a las nuevas condiciones socioeconómicas, la incorporación de la mujer al trabajo, técnicas anticonceptivas, cambios culturales y morales…

Sin embargo en los países subdesarrollados, ocurre todo lo contrario, se produce una fuerte aceleración del ritmo de crecimiento demográfico, como resultado de una fuerte caída de la mortalidad.

El problema actual es con las tasas actuales y con el volumen ya alcanzado, la población tiende a incrementarse en más de 75 millones anuales. En valores absolutos, la población del mundo sigue aumentando como nunca lo había hecho antes, y esto plantea múltiples y graves problemas.

3.2. – LAS MIGRACIONES ULTRAMARINAS.

Otro fenómeno demográfico del siglo es la existencia de potentes corrientes migratorias transoceánicas. Entre 1800 y 1900 se calcula que más de 50 millones de personas emigraron desde sus países de origen a ultramar. Este flujo no fue continuo, sino que se acentuó durante las crisis cíclicas del sistema capitalista.

Los países europeos y los del Extremo Oriente fueron las principales zonas de emigración. Sus causas fueron variadas. En los países industrializados de Europa occidental se debieron al excedente de población originado por la racionalización de los campos y las competencias de los productos ultramarinos. En los países mediterráneos, en la Europa oriental y en el Extremo Oriente, la causa de la emigración será el crecimiento demográfico no compensado por una racionalización de la agricultura o del desarrollo industrial.

Las principales zonas de inmigración serán los países nuevos, a cuya puesta en explotación contribuirán los inmigrantes europeos. Estados Unidos recibirá cerca de 30 millones a lo largo del siglo, principalmente ingleses y alemanes. Argentina y los países hispanoamericanos le seguirán en importancia. Las migraciones afectarán más tardíamente a otros países como Canadá, Sudáfrica y Australia. Las colonias británicas del Africa oriental acogerán trabajadores y comerciantes indios, mientras que por las costas pacíficas de Asia y América se dispersarán varios millones de chinos.

3.3. – EL DESARROLLO DE LA CIUDAD.

En el siglo XIX tuvo lugar la explosión del crecimiento de la vida urbana. Al comienzo de dicho siglo apenas el 3% de la población mundial vivía en las ciudades y a finales lo hacia casi el 50%. El crecimiento urbano en la Europa del siglo XIX se produjo bajo el signo de la industrialización.

El crecimiento de las ciudades se debió fundamentalmente al saldo migratorio, aunque no exclusivamente, es decir, a la emigración de campesinos que abandonaban el campo en busca de mejores oportunidades en la industria. La relación directa crecimiento industrial – urbanización se hizo patente muy pronto.

En nombre de la filosofía del laissez- faire, de la libertad de mercado, todo el proceso de desarrollo urbano se hizo libremente, sin directrices ni controles. El resultado fue un crecimiento dislocado con profunda degradación del medio. La ausencia de planificación urbanística permitió que hicieran su aparición barrios obreros sin servicios sanitarios, sin agua corriente ni alcantarillado. A la miseria material acompañaba la miseria moral. Los relatos literarios de Dickens y el informe sociológico de Engels en “La situación de la clase obrera en Inglaterra” (1845) nos han dado una viva pintura de la ciudad industrial.

La tónica general del siglo XX ha sido el crecimiento constante de las ciudades urbanas a expensas de las zonas rurales. Muchos de estos pueblos hoy en día se encuentran “muertos”, y sus habitantes emigraron a esas grandes ciudades modernas llenas de rascacielos, o en su caso a las ya famosas “ciudades dormitorio”.

3.4. – LOS ORIGENES EL PROLETARIADO.

Antes de comenzar el proceso de industrialización, la mayor parte de la población trabajaba en el campo, y los menos en un taller artesano; en ambos casos se ignoraba la sujeción a un horario y había una gran flexibilidad, además de mayor humanidad en las relaciones laborales.

Tal vez el aspecto más controvertido del cambio social a que dio origen la revolución industrial ha sido la evolución de las nuevas condiciones de trabajo y del nivel de vida de los trabajadores que se incorporaron a las nacientes industrias.

En sus orígenes, el proletariado se nutrió de los campesinos arrojados de los campos por la racionalización de la agricultura, y de los artesanos empobrecidos por el sistema de concentración fabril. Más tarde, la clase obrera se engrosaría con los hijos de las propias familias proletarias.

Desde los comienzos de la revolución industrial, el proletariado se vio sometido a unas duras condiciones. La opinión pública empezó a tener noticia clara de esta situación a partir de 1830, cuando se divulgaron informes de médicos y sociólogos sobre la verdadera situación de los trabajadores.

El trabajo se realizaba en circunstancias muy duras: jornadas superiores a las quince horas de trabajo, fábricas inhóspitas y alejadas de las viviendas obreras, contratación indiscriminada de niños y mujeres. Más grave era la subordinación a la máquina, cuyo automatismo producía trastornos mentales, distracciones y accidentes frecuentes.

Los salarios, sometidos a la ley de la oferta y la demanda, eran bajos e inseguros. Los de mujeres y niños no daban siquiera para su mísera alimentación. El precario equilibrio entre el salario y las necesidades vitales se rompe con frecuencia: una enfermedad, un accidente, un alza de precios, el paro, etc. La inseguridad es total.

Después del trabajo al obrero no le queda mejor horizonte. Unas viviendas insalubres, húmedas y mal iluminadas, donde cada individuo apenas dispone para sí de ocho metros cuadrados.

El resultado de estas terribles condiciones es doble: enfermedades (tuberculosis, raquitismo, etc.). y miseria moral (alcoholismo, delincuencia, mendicidad). La sociedad burguesa deja a la iniciativa individual su solución.

La alta burguesía, fiel a sus principios liberales, considera que la miseria obrera es una fatalidad natural, fruto de las necesarias acomodaciones previas del sistema que acabarán desapareciendo. El remedio es fomentar las virtudes burguesas del ahorro y del trabajo, practicar el celibato o acudir a la caridad y a la filantropía. Por lo demás, entre los burgueses, el proletariado cobra muy pronto el calificativo de clase peligrosa, propensa a los vicios y a la delincuencia, con la que es preciso tener pocos contactos.

El Estado tardará en intervenir. La presión de algunos intelectuales y de los propios movimientos obreros le obligará a publicar las primeras leyes sociales en Inglaterra y Francia a mediados del siglo XIX regulando la duración de la jornada laboral y el trabajo de mujeres y niños. En España, la legislación social se inicia en 1873 con una ley sobre el trabajo infantil.

Pero las actitudes más realistas vendrían de los propios obreros. En los primeros años del siglo, el obrero apenas tiene conciencia de su situación, e incluso no tiene de sí mejor opinión que el propio burgués. Las primeras reacciones ante su situación serán puras explosiones de miseria: destrucción de máquinas, a las que considera culpables de su situación, o huelgas inorgánicas que propenden al motín callejero. Después busca la creación de sociedad mutualista. Pero el asociacionismo obrero se encontrará con la oposición del régimen liberal que considera vulnerado el derecho a la libre contratación, y fuerza al obrero a seguir el esquema de los partidos liberales. En las revoluciones de 1830 y 1848, acaba de tomar conciencia de su fuerza. A partir de ahora contará con una incipiente doctrina social y con un esbozo de organización. El asociacionismo y la huelga serán sus únicas armas para mejorar su condición.

3.5. – LAS CORRIENTES IDEOLÓGICAS.

* EL COMUNISMO.

El concepto comunista de la sociedad ideal tiene lejanos antecedentes, incluyendo “La República” de Platón y las primeras comunidades cristianas. La idea de una sociedad comunista surgió, a principios del siglo XIX, como respuesta al nacimiento y desarrollo del capitalismo moderno. En aquel entonces, el comunismo fue la base de una serie de afirmaciones utópicas; sin embargo, casi todos esto primeros experimentos comunistas fracasaron; realizados a pequeña escala, implicaban la cooperación voluntaria y todos los miembros de las comunidades creadas participaban en el proceso de gobierno.

Posteriormente, el término “comunismo” pasó a describir al socialismo científico, la filosofía establecida por Karl Marx y Friedrich Engels a partir de su “Manifiesto Comunista”. Desde 1917, el término se aplicó a aquellos que consideraban que la Revolución Rusa era el modelo político ideal, refundido el tradicional marxismo ortodoxo con el leninismo, creador de una verdadera praxis revolucionaria. Desde el inicio de aquélla, el centro de gravedad del comunismo mundial se trasladó fuera de Europa central y occidental; desde finales de la década de 1940 hasta la de 1980, los movimientos comunistas han estado frecuentemente vinculados con los intentos de los países del Tercer Mundo de obtener su independencia nacional y otros cambios sociales, en el ámbito del proceso descolonizador.

Los rápidos cambios políticos ocurridos en Europa del Este, la URSS y otros lugares del mundo entre 1989 y 1991 redujeron de forma dramática el número de regímenes comunistas existente. Los gobiernos comunistas que aún perduran siguen leales a las doctrinas de Marx y Lenin, pero difieren nosólo en tamaño y desarrollo industrial, sino también en la interpretación de sus principios, objetivos y forma de gobierno. El comunismo mundial también abarca numerosos movimientos que luchan por el poder y son todavía más heterogéneos que los regímenes comunistas existentes.

· EL MARXISMO.

Es una doctrina y teoría social, económica y política basada en la obra de Karl Marx y sus seguidores, ligada a los movimientos socialistas y comunistas.

Las ramificaciones de la doctrina marxista podemos encontrarlas en ámbitos filosóficos, económicos, históricos, políticos y de la mayoría de las ciencias sociales. Ningún otro teóricos ha sido tan estudiado y tan discutido durante el siglo XX como Marx. La razón de este interés está lejos de ser exclusivamente académica. Ningún otro pensador moderno ha tenido tanta influencia sobre los movimientos políticos y sociales.

La compleja y a veces confusa obra de Marx, permitió que se produjeran interpretaciones dispares. Antes de 1914, la ortodoxia dominante era la promulgada por Karl Kautsky, que defendía la inevitabilidad del colapso del capitalismo. Tras la Revolución Rusa, Lenin añadió a la doctrina marxista una interpretación del imperialismo, una teoría del Estado, y los principios de la organización revolucionaria, constituyendo así la conocida doctrina marxista – leninista. El atractivo del marxismo se debió a que proporciona un poderoso respaldo intelectual a la indignación moral que producían las importantes desigualdades del capitalismo, y a la esperanza de que un sistema condenado a la extinción terminaría por desaparecer. La teoría era lo suficientemente sofisticada para atraer a los intelectuales, al tiempo que podía simplificarse y difundirse entre las masas.

* EL ANARQUISMO.

El anarquismo es una doctrina política que se opone a cualquier clases de jerarquía, tanto si se ha consolidado por la tradición o el consenso como si se ha impuesto de forma coactiva. Los anarquistas creen que el mayor logro de la humanidad es la libertad del individuo para poder expresarse y actuar sin que se lo impida ninguna forma de poder, sea terrena o sobrenatural, por lo que es básico abatir todo tipo de gobierno, luchar contra toda religión s secta organizada, en cuanto que éstas representan el desprecio por la autonomía de los hombres y la esclavitud económica.

Pierre Joseph Proudhon, escritor francés del siglo XIX, ha sido considerado desde una perspectiva histórica el padre del sistema denominado anarquismo filosófico.

Otra escuela del anarquismo, basada en la acción organizada e incluso en actos de terrorismo para conseguir sus propósitos, se escindió del movimiento socialista y apareció hacia finales del siglo XIX.

Es probable que el anarquismo no hubiera pasado de ser una simple especulación teórica de no haber existido una serie de activistas que lo impulsaran creando organizaciones vinculadas al movimiento obrero con la pretensión de destruir la sociedad capitalista y el Estados, y cuya fuerza se manifestó desde la segunda mitad del siglo XIX.

Durante el periodo de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) o I Internacional las posturas anarquistas estuvieron representadas por los seguidores del revolucionario ruso Mijaíl Bakunin. Sin embargo, sus posturas chocaron con las expuestas por los socialistas seguidores de Karl Marx y, tras sucesivas derrotas en varios congresos, en el V Congreso de la AIT celebrado en La Haya en 1872 los anarquistas fueron expulsados de la Internacional. Desde entonces el socialismo y el anarquismo han divergido de un modo frontal, aunque ambas ideologías parten de su radical negación del capitalismo. Los anarquistas filosóficos continúan en desacuerdo con los socialistas por la importancia que le conceden a la libertad del individuo por encima de cualquier limitación, sobre todo, por parte del Estado.

* LA ACCIÓN SOCIAL CATÓLICA.

La marginación creciente del catolicismo y, en general, de los aspectos religiosos en el mundo industrializado, provocó una creciente preocupación en la Iglesia que se vio agravada por la progresiva difusión de las ideologías de clase que, de forma más o menos abiertas, se declaraban antireligiosas.

Ante la nueva situación, que supuso una creciente separación entre la Iglesia y las masas populares, distintos sectores eclesiásticos y algunos laicos comenzaron a elaborar una respuesta que se concretaría en la denominada “doctrina social de la Iglesia”.

Mientras anarquistas y marxistas centraban la mayor parte de sus iniciativas sociales en organismos orientados a la lucha sindicas y de clase, los católicos pusieron en marcha gran número de labores de asistencia y promoción social.

La postura mayoritaria de los historiadores, y de la clase obrera, han considerado que la únicas función que la Iglesia desarrolló fue la de inculcar el conformismo y resignación de los trabajadores al subrayar el carácter secundario de la vida terrenal.

Al margen de los sindicatos aparecieron numerosas organizaciones obreras de inspiración cristiana, mutualidades, oficinas de orientación profesional, cooperativas, etc.

BIBLIOGRAFÍA:

– “Sociedad y Nuevas tecnologías. Perspectivas del desarrollo Industrial”. Sebastián Dormido Bencomo, Julián Morales Navarro y Luis Vicente Abad Márquez. Editorial, TROTTA, 1990.

– “Historia económica mundial. Desde el paleolítico hasta el presente”. Rondo Cameron. Editorial, Alianza.1991.

– “Manual de Historia social del trabajo”. Mikel Aizpuro, Antonio Rivera. Editorial, Siglo Veintiuno . 1994.

– “Historia de las civilizaciones y del arte”. Julio Valdeón, Isidoro González, Mariano Mañero, Domingo J.Sánchez. Editorial, Anaya, S.A. 1979.

– “Ciencia, Tecnología y Sociedad”. Juan J. Abad, Abel Manuel García, José Sangüesa. Editorial, McGraw – Hill. 1997.

– “Enciclopedia Encarta”. 1998.

– “Historia del Mundo Contemporáneo”. Introducción al trabajo universitario. Grupo edetania – ECIR. 1989.